Con clave de misterio

En los primeros años del cristianismo, los jefes de la Iglesia Católica eran elegidos por aclamación y unanimidad. Con el transcurrir de los siglos, el sistema fue variando para adecuarlo a los nuevos tiempos. Los cardenales ahora están prohibidos de llevar al cónclave aparatos tecnológicos.

Por Jorge Moreno Matos

La elección del jefe del Estado más diminuto de la tierra –El Vaticano– es, probablemente, la que mayor atención concita de todas las que se realizan en el mundo contemporáneo. Más aun, es el centro del interés de personas –no solo católicas sino también de otras confesiones–y de gobiernos de todos los países. De tal modo que cada cónclave, cada elección de un nuevo Papa, propicia también un recordatorio de las contradicciones, cismas, guerras, desacuerdos y sorpresas suscitadas en la historia del papado a lo largo de casi dos siglos.

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La decisión de renunciar de Benedicto XVI, anunciada el pasado 11 de febrero, abre otro capítulo de esa historia, uno completamente inédito para todos los que, creyentes o no, estaremos pendientes de la próxima ‘fumata’ blanca: la que anuncia a un Papa que ejercerá el cargo con su inmediato antecesor aún vivo, algo inusual en la larga lista de ocupantes del trono de San Pedro. ¿Fueron siempre los cardenales los que elegían al nuevo Papa? ¿Cuál ha sido la historia de los cónclaves?

Proclamación por aclamación

En los primeros años del cristianismo, la elección de un Papa (o la del obispo de Roma) era mucho más sencilla: al igual que ocurría con el resto de obispos o cabezas de las demás sedes cristianas, el de Roma era elegido por aclamación de la asamblea de los fieles.

Aunque el sistema era bastante expeditivo y en apariencia democrático, pronto empezó a resultar insuficiente cuando las comunidades cristianas empezaron a crecer y los intereses particulares a abrirse paso. Algunos historiadores de la Iglesia señalan que, durante la época de las catacumbas y hasta poco antes de la oficialización del cristianismo por el emperador Constantino en el año 312, la falta de reglas claras y precisas hizo que la elección de los primeros Papas en asambleas derivara en protestas y divisiones al interior de la Iglesia. Es el caso de lo ocurrido en el año 251, tras la elección de Cornelio. El perdedor, Novaciano, lo tomó muy mal y se separó de Roma para fundar una nueva iglesia, que ha llegado hasta nosotros con el nombre de ‘cátaros’ (los puros).

Durante este primer milenio, al menos treinta ‘antipapas’ fueron proclamados y reconocidos por facciones rivales del Papa elegido y proclamado en Roma. Más aun, en la última centuria del año mil, 12 papas fueron expulsados del cargo, cinco tuvieron que partir al exilio e igual número fueron asesinados. Hasta que la Iglesia entendió que había llegado la hora de tomar las riendas de su destino.

Se inician los cónclaves

En el año 1059 Nicolás II decretó que fuera el Sacro Colegio Cardenalicio el encargado de elegir al pontífice, con cargo a ser reconocido por el clero y el pueblo antes de ser coronado. Esta costumbre duraría muy poco.

En 1139 Inocencio II eliminó esa aprobación como requisito para asumir la cátedra de Pedro. Así, la elección del Papa pasó de la asamblea de fieles y el bajo clero exclusivamente a manos de los cardenales. Posteriormente, en 1179, el papa Alejandro III impondría la regla de la elección pontificia por una mayoría calificada de dos tercios, una regla que permanece hasta nuestros días.

Este último dato no es nimio. Hasta entonces, la elección del Papa había sido por unanimidad, que era la forma de afirmar que había sido por inspiración divina. De este modo, la adopción por parte de la Iglesia de la mayoría calificada ponía de manifiesto su deseo y necesidad de acomodarse a los tiempos que venían.

Ya para el año 1271 se expedirían las primeras reglas que normarán los cónclaves en adelante: se realizarán a puerta cerrada, se limitaban los privilegios de los cardenales hasta que eligieran al nuevo Papa y se prohibían los pactos explícitos, el soborno o la coerción entre los cardenales, quienes serían excomulgados de incurrir en estas faltas, además de anular la elección. Es también la primera vez que se establece que el anuncio de un nuevo pontífice se hará a través de una ‘fumata’ de humo blanco.

Era el final de una secular lucha entre el poder político –de reyes, nobles y emperadores–y la Iglesia, pues los primeros siempre habían impuesto (desde Constantino) la elección del Papa. Una lucha que se manifestó también en la Guerra de las Investiduras en el siglo XI por la autoridad en los nombramientos de la Iglesia por el poder eclesiástico o civil; en el juego de intereses en pugna que produjo el Gran Cisma de Occidente del siglo XIV; el movimiento reformista y la respuesta del papado al mismo en el Concilio de Trento en el siglo XVI; o la relación de la Iglesia con los estados liberales del siglo XIX.

Todos ellos problemas políticos antes que religiosos. Problemas decisivos en la elección de cada nuevo Papa. Y que marcaron el pontificado de los elegidos.



Las nuevas normas de Juan Pablo II

La promulgación en 1996 de la constitución “Universi Dominici Gregis” por Juan Pablo II estipuló la última de las reformas que el sistema de elección del Papa, el cónclave, sufría desde 1975. Desde su implantación en 1059 para elegir al Vicario de Cristo, esta institución vaticana ha sufrido una serie de modificaciones que han pretendido tanto mejorar como facilitar la elección de cada nuevo pontífice.

A la muerte de Clemente IV en 1268, los cardenales tardaron tres años en nombrar a su sucesor. Aleccionado por la experiencia, Gregorio X estableció en 1271 nuevas y estrictas reglas para los cónclaves. La más explícita era que los cardenales dejaban de percibir sus rentas eclesiásticas mientras duraba la elección.

La norma estuvo vigente apenas cinco años, pero fue revalidada en 1294 luego de que, otra vez, la sede vacante se extendiera por dos años. Tanto Gregorio XV como Pío X, Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI introdujeron modificaciones.

Las modificaciones que introdujo Juan Pablo II tienen que ver más con los tiempos en que nos ha tocado vivir. Así, los cardenales electores están prohibidos de ingresar al cónclave con teléfonos celulares, radios o computadoras portátiles que permitan una comunicación con el exterior.

De igual modo, estipula dos sedes para su realización: además de la tradicional Capilla Sixtina, está la casa de Santa Marta, que servirá de alojamiento para los cardenales.



LA CIFRA
110 cónclaves
Se han realizado desde la adopción, en 1059, de la elección del pontífice a través del Colegio Cardenalicio.

116 cardenales
Se reunirán en marzo en el Vaticano para elegir al sucesor de Benedicto XVI.



El papa Nicolás II inició los cónclaves en 1059

Nicolás II inició la tradición de los cónclaves en 1059 con la promulgación del decreto “In Nomine Domini”, que delega la elección de los Papas a los cardenales. Pero en sentido estricto, el primer cónclave de la historia fue el de 1216, que eligió a Honorio III. Durante este cónclave (‘cum clave’, con llave), los habitantes de Perugia, donde se realizó, mantuvieron a los cardenales en verdadero aislamiento y bajo condiciones draconianas: a partir del noveno día, su alimento se limitaba a pan, agua y vino.


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