La tontería nacionalista

La escena de los marinos corriendo por Viña proclamando que matarían argentinos es ridícula, sin duda; pero ¿hay algún significado más profundo en ella?..."

Por Carlos Peña

La cosa más estúpida de esta semana fue ese conjunto de marinos cantando canciones xenófobas que anunciaban el deseo de matar argentinos, peruanos y bolivianos.

¿Hay algo tras esa escena? ¿O es, simplemente, una muestra de la infantilización a la que, a veces, mandos insensatos reducen la formación militar?

Desde luego, la escena expresa, en la forma de una caricatura, lo que se esconde tras todo nacionalismo: la convicción de que el otro (argentino, peruano, boliviano) es la causa inmediata o remota de todas las carencias, reales o imaginadas, y que, por lo mismo, podría merecer la muerte.

>>> Seguir Leyendo... >>>

Zizek conjetura que detrás del nacionalismo se oculta la fantasía de que el otro es poseedor de un objeto de goce del que se carece: si no, ¿por qué esa forma de hablar, de comer, de conducirse? ¿No hay algo que el extranjero oculta y sustrae al comportarse de esa manera? El nacionalismo sería el resultado de esa envidia fantasiosa que, a veces, produce los peores resultados (o el ridículo, como ocurre con la escena de Viña que fue denunciada esta semana).

Y es que los seres humanos perciben la realidad mediada por un complejo entramado simbólico (a veces muy complicado como una teoría física y otras veces elemental como el que revelan las canciones de esos marinos), que confiere sentido a sus acciones y a las de los demás. En el caso del nacionalismo, es la idea de que habría algo distintivo (y valioso) en ser chileno (y no argentino, peruano o boliviano). Por supuesto, el nacionalismo argentino promueve la misma idea, solo que al revés: habría algo intrínsecamente valioso en ser argentino (y no chileno, peruano o boliviano). Lo característico del nacionalismo es ver la propia identidad, por el solo hecho de ser lo que es, mejor que cualquier otra. Lo otro aparece así como una resta, como una sustracción de la mejor identidad posible: la propia.

Lo que ocurre con el nacionalismo -ese mecanismo de aliarse simbólicamente en contra de lo otro- se verifica también con el racismo, el sexismo y todas esas exageraciones que a pesar de la globalización, las comunicaciones y la idea de derechos humanos siguen siendo tan frecuentes.

¿De dónde provendrá ese empeño por construir una "comunidad imaginada"? ¿Qué necesidad se satisface con ella?

La explicación más probable es que los seres humanos necesitan vínculos que les permitan sostener, y a la vez trascender, su mera individualidad. Por eso, el momento más intenso en la construcción de las naciones se produce cuando la modernidad -el surgimiento del capitalismo, la debilidad de la Iglesia, la imprenta- debilita los lazos tradicionales. Esos lazos debieron entonces ser sustituidos por otros. Y la tarea la asumió el Estado, que, ayudado por la historiografía, la escuela y la guerra, principió a esparcir la idea de un origen común, una rara forma de comunidad que no existió nunca, salvo después de que logró ser imaginada.

Ortega y Gasset dijo alguna vez que la nación no era un grupo de personas que tenía un pasado común, sino un puñado de seres que tenía un futuro común. Quizá la fórmula de Ortega habría que completarla diciendo que la nación es siempre retrospectiva, una profecía al revés.

Así, entonces, la escena de esos marinos corriendo por las calles de Viña y proclamando su deseo infantil de matar argentinos, peruanos y bolivianos, no solo es ridícula (¿cómo no va a ser ridículo un grupo de adultos exhibiendo fantasías del tipo que expresan los niños con sus juguetes o los adolescentes cuando juegan PlayStation ?), sino que es un síntoma, por llamarlo así, de una formación fantasiosa que, aunque suene exagerado, está a la base de todo nacionalismo.

El nacionalismo provee abrigo emocional, sentido de comunidad y todas esas cosas que el mercado no da; pero al mismo tiempo provee pretextos para discriminar y derogar la intangibilidad de los demás, siquiera en la forma caricaturesca y tonta de esos marinos de Viña.

Alguna vez Vargas Llosa dijo que las "naciones eran ficciones". Tenía toda la razón; aunque habría que agregar que se trata de ficciones que, a diferencia de las novelas, tienen efectos reales, porque en la vida social, como todo el mundo sabe, no hay nada más importante que los símbolos.


Publicado en el diario El Mercurio el domingo 10 de febrero de 2013.


0 comentarios:

Publicar un comentario