¿Tiene sentido la profesión u oficio de historiar?

Por Pedro Salmerón Sanginés

1. Imagine usted que un médico reconocido en su gremio por sus publicaciones en, digamos, la lucha contra el cáncer —llamémoslo especialista A—, denuncia públicamente como charlatán a un médico aficionado que anuncia un novedoso tratamiento contra el cáncer de riñón. Los seguidores del médico aficionado reaccionan con agresiva virulencia. El médico aficionado responde con descalificaciones personales, asegurando que el especialista A obedece a los oscuros intereses de las farmacéuticas y del gobierno (y de oscuras conspiraciones), a lo que añade que la medicina que se enseña en las universidades, no sirve.

De inmediato tercia en la discusión uno de los cinco o diez especialistas en cáncer de riñón más connotados del país (el especialista B, que en varias ocasiones ha tenido diferencias públicas y notorias con el especialista A), quien demuestra que el tratamiento sugerido por el médico aficionado carece de bases científicas. Arrecia la virulencia de los seguidores del médico aficionado. Llega al especialista A una noticia anónima de que el médico aficionado fue expulsado de una escuela de medicina en una importante universidad de provincias, sin que puedan establecerse las razones de su expulsión. El especialista B explica que, si bien no hay unanimidades ni certezas en el tratamiento del cáncer, ni en la naturaleza de la enfermedad, sí hay acuerdos entre los especialistas sobre el método científico de su estudio y las posibilidades viables de su tratamiento. Arrecia la virulencia de los seguidores del médico aficionado.

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El especialista A somete uno de los escritos del médico aficionado (justamente el denunciado por el especialista B) a la opinión de otros especialistas, los que ese día encontró en las redes sociales. Las respuestas son unánimes en la condena del texto de quien los demás llaman también, charlatán o embaucador. Sin embargo, en las redes sociales la respuesta pasa inadvertida y se sigue considerando al médico aficionado como un notable científico, un innovador, un crítico genial… aunque nadie de testimonio ninguno de curación efectiva mediante su tratamiento. Un corolario lógico que sigue la argumentación del médico aficionado: la medicina que se enseña en las universidades, no funciona, o responde a oscuros intereses.

2. Pues bien, bajemos la explicación a la historiografía. Un académico formado en la principal universidad pública del país (un servidor de ustedes) denunció como falsificador a un historiador aficionado en distintos foros y en particular en este espacio.

Un ejemplo de las respuestas del historiador no académico y de sus seguidores, pueden leerse ahí mismo, pero no es ese el tema, sino la tardía respuesta dada a un comentario de Alfredo Ávila, quien el 19 de enero escribió en tuiter:

“Gracias a @salme_villista me enteré de la existencia de Enrique Sada Sandoval ¡Quedé horrorizado con sus sandeces!” Sandeces, en efecto. Ávila aludía a este texto del señor Sada Sandoval en Milenio.

La respuesta a la que aludo llegó el 6 de marzo, de la cuenta tuitera de “Carolina Sada”: “Vergüenza dan las sandeces de Pedro Salmerón y más que usted avala.”

Fue entonces que decidí hacer una rápida encuesta entre los historiadores de mis redes sociales, a los que envié el artículo de Sada con una pregunta: “¿qué opina de esto, colega?” La unanimidad es abrumadora. Ni una respuesta suave con el señor Sada Sandoval. Sin embargo, las previsibles respuestas que darán sus seguidores y las respuestas a un segundo sondeo que haré con este texto, me permitirán reflexionar sobre las preguntas: ¿Por qué a numerosos lectores interesados en historia les tiene absolutamente sin cuidado lo que hacen y lo que opinan los historiadores profesionales?, ¿Qué hemos hecho los profesionales para conseguir ese desdén? Es decir, ¿tiene sentido la profesión u oficio de historiar?

Publicado en "El Presente del Pasado", el 17 de marzo de 2013.


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