El libro póstumo de Eric Hobsbawm

Por William Chislett

Pocos historiadores han recibido tantos elogios en gran parte del mundo, incluso de sus adversarios políticos, como Eric Hobsbawm al morir el octubre pasado a la edad de 95 años. De nacionalidad británica, nació en Alejandría, Egipto, en el seno de una familia judía.

Hobsbawm se crió en Berlín y Viena y con 16 años, con el avance del nazismo, se trasladó a Londres. Brillante alumno en la Universidad de Cambridge, Hobsbawm, como otros historiadores de su generación, cultivó una concepción de la historiografía de cuño marxista y, además, fue miembro del partido comunista británico hasta bien entrados los años 60. A diferencia de algunos colegas suyas, no abandonó el partido después de la invasión soviética de Hungría en 1956.

Muchos de sus obras están en español, como los cuatro tomos sobre el mundo capitalista entre 1789 y 1991 (con los títulos “La era de …) y su autobiografía “Tiempos interesantes”. Acaba de salir en el Reino Unido su libro póstumo "Fractured Times: Culture and Society in the 20th Century" (“Tiempos fragmentados”, publicado por Little, Brown), una colección de ensayos sobre la cultura y la sociedad del siglo XX, muchos de los cuales son publicados por la primera vez, al menos en ingles.

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El libro indaga sobre las artes y la cultura de la sociedad burguesa después de que esa sociedad desapareció tras la primera guerra mundial. Nacido en 1917, el año de la revolución rusa, Hobsbawm fue testigo de algunos de los mayores acontecimientos del siglo pasado. En sus palabras, el libro “trata de una época desorientada de la historia, que en los primeros años del nuevo milenio mira hacia delante con la más preocupada perplejidad que yo recuerdo en el curso de mi larga vida, sin guía y mapa, a un futuro irreconocible.”

Dividido en cuatro secciones (el apuro de la alta cultura hoy; la cultura del mundo burgués; las incertidumbres, ciencia y religión; y desde el arte a los mitos), Hobsbawm muestra con su brillantez habitual un dominio de los detalles — desde el fútbol hasta los cowboys americanos — y un poder de síntesis extraordinario y envidiable.

En su fascinante ensayo sobre el por qué del mito duradero de los cowboys (muchos de los spaghetti western fueron rodados en España en las décadas de los años 60 y 70), Hobsbawm cita a Henry Kissinger, el secretario de Estado durante los mandatos de Richard Nixon y Gerald Ford. “Siempre actué en solitario como el cowboy… el cowboy entrando un pueblo o ciudad solo con su caballo. El cowboy actúa, nada más.”

En otro ensayo, sobre los judíos y Alemania, intenta explicar porque esa pequeña comunidad en todo el mundo — en su pico demográfico representó menos del 1% de la población global antes del holocausto — alcanzó una extraordinaria importancia en la vida cultural, intelectual y pública del siglo XX, particularmente en Alemania. En parte se debe a la extensión/alcance del alemán como idioma de la cultura en el imperio delos Habsburgo y en la Rusia zarista, y la preminencia de la comunidad alemana-judía en otras juderías y su mayor grado de integración y emancipación en la sociedad alemana que otras comunidades de judíos en sus respectivas sociedades.

Hay unas referencias en el libro a España (en los capítulos sobre patrimonio y arte y poder). Hablando del Museo Guggenheim en Bilbao, creado a propuesta del Gobierno Vasco por el arquitecto Frank Gehry para convertir la ciudad en “un centro turístico global”, Hobsbawm no resiste la tentación de decir que el Museo del Prado y de Thyssen-Bornemisza, con colecciones permanente de importancia global, “aún no necesitan depender de acrobacias arquitectónicas.” Comete un error al decir que el cuadro “Guernica” de Picasso iba a ser transferido al Guggenheim, aunque a la hora de escribir sobre el asunto tal idea estaba en el aire.

Se echa de menos la voz y la sabiduría de Hobsbawm en estos tiempos de tanta incertidumbre.


Fuente: El Imparcial (27/4/2013)


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