El nuevo retrato hablado del Mulato Gil de Castro

Con radiografías y análisis de los pigmentos, un grupo de investigadores estudió cincuenta cuadros del primer retratista de la Independencia sudamericana. El primer fruto de su trabajo es un libro, pero planean seguir con un catálogo razonado y una completa exposición en Lima y Santiago. Aquí, las nuevas pistas del artista limeño.

Por Daniela Silva Astorga

Cuando pisó Chile por primera vez lo hizo como militar. Era 1810 y él quería, además, pintar. Así, José Gil de Castro (1785-1841) se convirtió en el máximo retratista local de autoridades, ricos y militares, cuando aún no estaban demarcadas las fronteras dentro de Sudamérica. Y eso, sumado a sus tránsitos por la región, su compañía al general José San Martín y posterior regreso a Lima, hizo que sus trabajos quedaran dispersos por, al menos, cinco países. Tal como su biografía.

Cuando, en 2008, se cumplieron 167 años de su muerte, Natalia Majluf, directora del Museo de Arte de Lima (Mali), quiso erradicar el desconocimiento. Y emprendió un ambicioso proyecto financiado por la Fundación Getty e integrado por tres países: Perú, Argentina y Chile. Durante cinco años, historiadores del arte, conservadores, científicos y restauradores estudiaron la obra y contexto del autor limeño, entre fines del siglo XVIII e inicios del XIX. Y el primer documento es "Más allá de la imagen. Los estudios técnicos en el proyecto José Gil de Castro", un libro que ya está en Chile, y revela cuatro aspectos cruciales que afinan el "retrato" del artista.

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No fue autodidacta

Si se reuniera a críticos de diversos siglos y estilos, no faltaría quien se refiriera al limeño como un excelente fisonomista, pero de dibujo deficiente y colorido convencional. O, de forma más dura, como un completo autodidacta, un artista primitivo. Dichos que serían acompañados por especulaciones contrarias: que inició su formación en el taller del pintor sevillano José del Pozo. O que perteneció a la academia de pintura y dibujo del virrey Abascal.

Así, con rumores alimentados por siglos de paupérrimos antecedentes biográficos, se ha hablado siempre de Gil de Castro. Sin embargo, este sondeo arrojó un antecedente nuevo: lo más cercano a la realidad es que su sofisticado oficio y pertenencia a la escuela colonial limeña debió ser fruto de una estricta formación, entre 1800 y 1807. Muy probablemente en el taller del insigne maestro Pedro Díaz.

¿Qué lo prueba? La gran similitud técnica entre el trabajo de ambos. La obra "Santa Rosa de Lima" (1810), ejecutada por Díaz, luce un lienzo preparado de forma compleja, con tres capas mayormente grisáceas o rojizas. Y eso siempre ha sido considerado herramienta central de Gil de Castro. Lo reafirman algunos de los retratos suyos de San Martín, también de varias capas.

"La hipótesis de que hubiese aprendido su oficio con Díaz la planteó Luis Eduardo Wuffarden, y se confirmó con los estudios técnicos que establecieron una línea de filiación directa con la tradición de la pintura limeña. Creo que este proyecto nos obligará a ver a este pintor con otros ojos, y a trazar una nueva comprensión de su obra, más allá de la imagen del autor ingenuo, basada en los criterios con que fue rescatado a partir de una mirada moderna", precisa Natalia Majluf, impulsora de la iniciativa. Y el historiador bonaerense Roberto Amigo, experto en el arte decimonónico e integrante del equipo, agrega que "la ubicación certera del Mulato dentro de una tradición limeña lo saca de la insularidad discursiva y lo pone dentro de un contexto latinoamericano que nos hace repensar todas la divisiones territoriales a las que estamos acostumbrados".

En teoría, la exigente formación que recibió el Mulato hizo que, solo con 21 años, y sin suponer que sería "el primer pintor de la Independencia", estuviera en condiciones de crear composiciones propias y recibir encargos, pero no tanto como para rechazar ser ayudante.

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Aquí se lo valora más que en Argentina

No solo porque Gil de Castro haya vivido su etapa más fecunda en Chile, también por lo que su obra significa, no hay dudas de que Santiago fue su hogar casi a la par de Lima. Aquí, es considerado un pionero de la pintura decimonónica. "Y además la mayoría de sus creaciones está en excelente estado. Tanto las que se conservan en los museos de la Dibam, como en manos privadas. Siempre ha sido muy valorado y eso se refleja en que los propietarios se han preocupado", reafirma Carolina Ossa, quien trabajó en el análisis técnico de obras en el Centro Nacional de Conservación y Restauración (CNCR) de la Dibam. El Museo Histórico Nacional (MHN) tiene la mayor cantidad de piezas del país: veinticuatro. Asimismo, hay en los museos de Bellas Artes y en el O'Higginiano de Talca.

Seguramente el limeño también le tuvo bastante aprecio a estas tierras. Aquí, en 1816, fue designado maestro mayor del gremio de pintores, y un año más tarde se casó con María Concepción Martínez. Además, fue íntimo de Bernardo O'Higgins, a quien inmortalizó magistralmente, hasta volver a Lima en 1825.

Buenos Aires también es importante. Allí se conserva la mayor cantidad de sus trabajos, muchos detalladamente estudiados. Pero, a diferencia de Chile, la mayoría está en pésimo estado: agrietados, como si se hubiesen doblado; repintados innumerables veces, rotos y con lienzos deformados. "En Argentina fue un personaje bastante anónimo. Es curioso, porque Gil de Castro unió a los tres países con al arte", dice Diego Matte, director del MHN, que facilitó cuadros para el análisis.

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No trabajaba solo

Hoy, solamente contando a Chile, existen dos versiones de la figura del general Luis de la Cruz y Goyeneche (1768-1828). Una está en el Museo Histórico Nacional. Otra, en el O' Higginiano. Parecen iguales, pero no lo son. A pesar de que los rayos X demostraron que la gama de colores es similar, otros estudios revelaron diferencias cruciales, como el distinto sentido del trazo con el que se pintaron las charreteras. En un cuadro la pincelada va hacia la izquierda; en el otro, al revés.

"Esto nos hace especular que Gil de Castro las pintó de forma mecánica, sin pensar en el sentido. Pero también nos preguntamos si quizá no fue él quien coloreó todo el segundo cuadro, al contar con ayudantes para las labores menores. ¿Por qué no pensarlo si tenía gran demanda de retratos que tardaban mucho? Además, su procedencia de talleres limeños nos hace especular que aquí continuaría esa práctica. Es muy posible que haya trabajado con un taller", dice Carolina Ossa.

Las innumerables versiones del general José de San Martín y de Simón Bolívar reafirman la teoría de que el pintor limeño tuvo como base fórmulas y formatos reiterados. Especialmente en su período más prolífico: entre 1817, cuando entró victorioso el Ejército de Los Andes a Santiago, y 1825, cuando el autor volvió a Lima. En ese lapso, creó 200 obras. 80 están en Chile.

Pero si su prolífica producción hace pensar en procedimientos de rápida factura -que le habrían permitido abreviar procesos-, el análisis de las capas de sus cuadros demuestra que jamás creó sin dedicación. "No hay duda -reafirma Ossa-. No pintaba a la rápida. Debe haberles dedicado más tiempo a detalles y rostros".

Además, las radiografías y refracción infrarroja que implementó el CNRC revelaron que Gil de Castro era un indeciso. A veces, mientras pintaba, cambiaba la nariz o la boca. Corregía, parchaba y, para mitigar eso, el estudio propone que el artista usó calco.

El gran retrato de O' Higgins que conserva el MHN reafirma esa teoría, porque las medidas entre las medallas reales y las pintadas es casi exacta.

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Amaba los lienzos muy lisos

Cuando el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires examinó el retrato de Pedro Botet y Gros, hecho en 1814, decidió no atribuírselo a Gil de Castro, a pesar de que estaba firmado y fechado. Sus brutos repintes y su marco más moderno hacían que pareciera una copia del original hecha a fines del siglo XIX. Sin embargo, al estudiar las capas de composición del cuadro, otra vez se encontró una base de tres estratos, mayormente de gris y azul. El panorama de autoría dio un giro de 180 grados y, más allá de eso, quedó claro que la forma en que el limeño preparaba sus lienzos constituye un sello inigualable. Su idea era eliminar todo rastro de trama en la tela, para tener superficies muy lisas. "Así, según confirmaron nuestros estudios, de esa forma lograba un efecto muy particular", dice Ossa. Y ese es el efecto de presencia que conseguía al pintar, sobre una base uniforme, detalles y elementos escenográficos casi en relieve, para enaltecer a los retratados."Más allá de la imagen..." también plantea que el artista preparó sus lienzos de diferentes formas. Al inicio, eran comunes las bases con un primer estrato ocre-rojizo, cubierto por tonos azules o grises; después, se simplificó y puso más blanco. Pero, fiel a la tradición de su época, siempre recicló. Este estudio lo prueba, con el hallazgo, bajo el retrato del patriota Francisco Calderón Zumelzú, de la figura del rey Fernando VII de España. "Constituye -dice Majluf- un ejemplo dramático de la práctica de reutilizar la tela, y revela un cambio simbólico radical en la transición republicana". En tanto, Ossa enfatiza la relevancia del descubrimiento: "Estar al tanto de su técnica es como tener el ADN de su pintura, lo que nos lleva a otro aspecto clave: saber cómo se pintaba en esa época, cuáles eran los materiales usados y de qué forma". El misterio -y el trabajo- continuará.

El proyecto seguirá con catálogo razonado y exposición

"No hay que olvidar que Gil de Castro pintó a los principales líderes de la gesta de la Independencia. Por citar solo algunos: Simón Bolívar, San Martín y O'Higgins, entre tantas figuras que definieron la guerra con España y la fundación de las nuevas repúblicas. Es el pintor que, casi por sí solo, dio forma visual a las guerras. Es indispensable recuperarlo", enfatiza Natalia Majluf. Y, por eso, el proyecto que ella impulsó continuará.

El equipo ya está terminando las entradas de un catálogo razonado, que debiera estar listo a fines del próximo año. Y Majluf también está a cargo de una gran retrospectiva. En septiembre de 2014 se presentará en el Mali, y a inicios de 2015 llegaría al Museo de Bellas Artes. "Hemos tenido conversaciones con Diego Matte, director del MHN, y con Roberto Farriol, del Bellas Artes. La idea es hacer un trabajo conjunto. Y sería ideal que Argentina se sumara a la itinerancia. O que, al menos, accediera al préstamo de algunas obras que conservan sus museos", cierra Majluf.

Publicado en El Mercurio de chile, el domingo 21 de abril de 2013.


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