La justicia y los jueces en la literatura

Por Carlos Ramos Núñez (*)

César Vallejo, en su «novela proletaria» El Tungsteno, publicada en Madrid en 1931 pero ambientada en la sierra norte del Perú hacia 1917, delinea con vivos caracteres a los «Marino Hermanos», comerciantes y enganchadores, genuflexos ante los empresarios, pero terribles para reclutar peones indígenas para las minas de Quivilca, regentada por una empresa norteamericana. Vallejo convirtió el papel de los enganchadores y sus oscuras relaciones con los empresarios y las autoridades políticas, policiales y militares en uno de los hilos de la narración. Los jueces formaban parte también de este sistema de explotación de los aborígenes. La novela de Vallejo culminaría tumultuosamente con un alzamiento popular dirigido por un líder comunista. Curiosamente el poeta liberteño pensó en algún momento titular a su novela Código civil. Una pena: habría sido el mejor título.

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José Eustaquio Rivera, escritor colombiano, publicaría en la editorial Cromos, hacia 1924, su única novela, La vorágine, para presentar en blanco y negro las insufribles angustias de colonos y nativos en ese territorio de nadie que era la frontera del Putumayo. En realidad, una interpelación moral en orden. Dado que la explotación del caucho había sido un acontecimiento reciente, Rivera contaba con información testimonial de primera mano para redactar esta obra de denuncia social, que, fácilmente, escapaba a la ficción, no obstante el carácter del título empleado. El poeta Arturo Cova y su amante, la bella Alicia, huyen hacia los llanos de las convenciones de la sociedad bogotana, pero ellos y otros personajes se deslizan en algo aún peor: la fiebre del caucho. Clemente Silva, quien sale de la ciudad andina de Pasto en busca de su hijo, conocerá de cerca las indecibles condiciones de vida que apareja la extracción del caucho y las padecerá él mismo.

Dos décadas más tarde, Vicki Baum, escritora austríaca de origen judío que hiciera una carrera periodística primero en Alemania y luego en EE.UU., el equivalente germano de lo que sería en lengua española la hacedora de best sellers románticos, Corin Tellado, escribiría El bosque que llora, que aparecería en Norteamérica en dos volúmenes, hacia 1944, cuando concluía la Segunda Guerra Mundial. Eran no solo los hombres, sino también la naturaleza que padecían con los horrores que convocaba el caucho.

Mario Vargas Llosa, en El sueño del celta, insiste en el tema y ciertamente no será el último (1). El Premio Nobel narra los atroces sufrimientos de los nativos amazónicos en manos de los empresarios caucheros y de sus terribles secuaces. El diplomático irlandés Roger Casament, quien había conocido de hechos similares en el Congo belga, propiedad personal de Leopoldo II, habría de dar un conmovedor testimonio de los desmanes que ocurrían en el trapecio amazónico, en la región del Putumayo, entonces bajo el gobierno y la jurisdicción del Perú. Si para el Congo había publicado en 1903 el Libro blanco, para la experiencia peruana escribiría, el Libro azul. Joseph Conrad, el gran novelista polaco, gracias a los testimonios del diplomático irlandés, escribió una de sus mejores obras, Heart of Darkness o El corazón de las tinieblas, pequeña novela que apareció en formato de libro en 1902. La novela de Vargas Llosa tiene tres escenarios: Irlanda, el Congo belga y la Amazonía peruana. La mejor reconstrucción de los hechos y la parte más lograda de la novela se sitúa precisamente en esta última región.

MAGISTRADOS

Varios han sido los jueces que han desfilado a través de la narrativa de Mario Vargas Llosa. Uno de estos jueces que llamaríamos eclesiástico (aún cuando más de facto de iure), no obstante que invadía el fuero común, era el párroco levantisco Severino Huanca Leyva, personaje de La tía Julia y el escribidor, en el peligroso barrio de Mendocita, quien dispuso que doña Angélica, abortera del lugar, practicara su oficio en la persona de la lavandera, Negra Teresita, embarazada de un noveno hijo (2). En otra ocasión, el juez canónico al sorprender a una pareja que ejercitaba el amor en el bosque de Matamula, sentenció su azotamiento y su posterior matrimonio forzoso, bajo el axioma «la pureza, como el abedecedario, con sangre entra» (3). La propia prédica del sacerdote, claro está, contrariaba las posturas de la iglesia, cuando anunció como probable tesis de su doctorado canónico en Roma el siguiente título, «Del vicio solitario como ciudadela de la castidad eclesiástica» (4). La audaz tentativa, sin duda, quedaría solo como tal, pues el osado clérigo no saldría más del barrio de Mendocita.

Otro juez en la narrativa de Vargas Llosa asoma en La tía Julia y el escribidor. Se trata del juez instructor de Lima, Pedro Barreda y Zaldívar. Según el caso, el secretario Zelaya anuncia que el expediente de turno encierra una denuncia de «estupro de menor con agravante de violencia mental» (sic) violación en contra del vecino de La Victoria, Gumersindo Tello, y en agravio de una niña de 13 años, Sarita Huanca Salavarria, alumna de la Gran Unidad Escolar Mercedes Cabello de Carbonera. El denunciado Tello, un afiebrado Testigo de Jehová, era señalado por el parte policial como presunto responsable. De las grotescas profecías: «Me gustaría exprimir los limones de tu huerta», o «un día de estos te ordeñaré», había pasado a las obras; primero por tocamientos a la púber cuando regresaba del colegio o cuando salía para cumplir mandados, y después –aprovechando la ausencia de sus padres y con el pretexto de tomar prestado un poco de kerosene– por penetración forzada antecedida de amenazas con cuchillo y golpes de puño, tal como certificaba el informe del médico legista. No obstante que el doctor Barreda y Zaldívar se rozaba diariamente con el delito, sus sentimientos no se habían encallecido. Tuvo lástima por la pequeña. Sin embargo, se trataba (el texto es literal) «de un delito sin misterio, prototípico, milimétricamente encuadrado en el Código Penal, en las figuras de violaciones de premeditación, violencia de hecho y de dicho, y crueldad mental» (5).

Como narra Vargas Llosa, a través de la radionovela producida por Pedro Camacho (en una visión que es frecuente, en los casos de violación, entre los humildes, sobre todo en los Andes), los padres de la víctima solo querían que el denunciado despose a su hija Sarita.

El magistrado, con sumo tacto, procedió a tomar la declaración preventiva a la menor ofendida, pero grande sería la sorpresa para el funcionario y su secretario cuando la niña con gestos y palabras obscenos narraba en forma explícita y descarnada su desfloración. Que la tocó aquí y allá, que le hizo esto y aquello, provocando en el juez y en el secretario, Zelaya, mutismo e inquietud. En un momento, ante la reconstrucción explícita de la historia, pensó el juez que la majestad del recinto judicial se convertiría en un club nocturno.

Según La tía Julia y el escribidor, el denunciado Gumersindo Tello, no obstante el contenido del atestado policial, negaba los cargos. El magistrado le espetó al procesado que era un profeta impostor, un falso Testigo de Jehová, conminándolo a decir la verdad. Tello respondía contrito que cuanto decía era cierto y estaba seguro de que la causa penal que se seguía en su contra no era otra cosa que una prueba que Dios colocaba en su camino. Después de ver y escuchar el relato de la agraviada, el juez instructor estaba lejos de aceptar la versión que presentaba el encausado Tello en su instructiva. Entre la templanza de su cargo y el ofuscamiento por no poderle extraer una confesión sincera al presunto estuprador.

El retrato del magistrado Barreda y Zaldívar en La tía Julia y el escribidor es proverbial, «alma de poeta», «atildado y puntual», tanto que el lúcido profesor puertorriqueño, Carmelo Delgado Cintron ha incluido al personaje en una lista de jueces y abogados paradigmáticos (6).

En las páginas de Pantaleón y las visitadoras salta a la vista el papel judicial de militares y capellanes en la selva peruana. En efecto, antes que el diligente capitán del Ejército Peruano Pantaleón Pantoja organice su célebre columna de prostitutas que acuden, para calmar los ímpetus de la tropa, hasta los confines más alejados de la selva peruana, las violaciones de mujeres se realizan con escandalosa frecuencia. Como exclamaba, el Tigre Collazos, un general de la cúpula limeña: «¿Hay violaciones a granel y los tribunales no se dan abasto para juzgar a tanto pendejón. Toda la Amazonía está alborotada. Nos bombardean a diario con partes y denuncias –se pellizca la barbilla el general Victoria–. Y hasta vienen comisiones de protesta de los pueblitos más perdidos (7).

LOS PERCANCES

La lista de «percances», como eufemísticamente se llamaba al estupro, se tornaba incontable. Así, oficiales y capellanes idearon o, mejor dicho, perfeccionaron (mientras que se implementaba el servicio de visitadoras) una suerte de mecanismo alternativo de justicia: la conciliación por medio del matrimonio. El coronel Augusto Valdés, que se pasea en medio de un grupo de reclutas acusados de violación, pregunta enérgico: «¿Ahora indíqueme con cuál de estas personitas quiere casarse, señorita Dolores. Y el capellán los casa en este instante. Elija, elija, ¿cuál prefiere como papá de su futuro hijito?» (8). Por supuesto, este tipo de alianzas compulsivas no acababan con el problema: constituían únicamente un paliativo. Como explica el Tigre Collazos con franqueza marcial: «¿Fíjese en esta lista. Cuarenta y tres embarazadas en menos de un año. Los capellanes del cura Beltrán casaron a unas veinte, pero, claro, el mal exige medidas más radicales que los matrimonios a la fuerza» (9).

Pero no todos los jueces de Mario Vargas Llosa guardaban el tino y la corrección de Pedro Barreda y Zaldívar de La tía Julia y el escribidor. El escritor arequipeño debió lidiar con un juez de carne y hueso, con un magistrado de las mismas del entrañas del Perú, Hermenegildo Ventura Huayhua, el tremendo juez de Huamanga. Huayhua acusó al gobierno de Belaunde y a la comisión (de la que formaba parte el novelista) creada para investigar los sucesos de Ucchuracay, donde perdieron la vida ocho periodistas, al parecer a manos de comuneros iquichanos (partidarios de la monarquía española en plena república) que los confundieron con terroristas, de esconder la verdad y hasta de haber tramado el asesinato de los hombres de prensa.

Hacia fines de 1984, un año después de ocurridos los hechos, Vargas Llosa fue citado a declarar, lo que hizo a puerta cerrada en dos sesiones (ocho y cinco horas, respectivamente), durante dos días en los que permaneció prácticamente bajo arresto policial en la habitación de su hotel (10). Huayhua, no se sabe si por maldad, pero era claro que por afán de fama instantánea y por ignorancia legal, pretendía sentar en el banquillo de los acusados a Mario Vargas Llosa acusándolo, entre otros cargos absurdos, de cobrar por su actividad literaria y de ser (al parecer no estaba enterado del significado del término) hedonista (11).

Los magistrados de Loreto en El sueño del celta, en su mayoría se asemejan a los letrados que desfilan en El paraíso en la otra esquina, otra de las grandes novelas de Vargas Llosa. Este el rasgo común: no hacen justicia (12). En dicha obra aparece la siguiente escena. El terrible marido de Flora Tristán y padre de sus niños, André Chazal, después de una persecución encarnizada había descubierto en París el paradero de la libertaria socialista, denunciándola ante los tribunales, bajo el cargo de esposa y madre desnaturalizada. Chazal reclamaba la custodia de los dos hijos sobrevivientes (el mayor, Alexandre, ya había fallecido).

ACUSACIONES

No obstante que Flora se defendió de las acusaciones y logró junto a su generoso abogado alargar el proceso, dada la animadversión de las leyes contra las mujeres que desertaban del hogar, la sentencia le sería desfavorable. No deja de ser indignante, sin embargo, la insensibilidad y el legalismo literalista de los estudiantes de derecho de La Sorbona, pero hábil y descarnada también la reacción de la propia Madame La Colére.

Los jueces de Iquitos, que debían juzgar los crímenes y torturas del Putuyamo, ya sea en la realidad, ya en el plano narrativo de El sueño del celta, eran incapaces de procesar y condenar a Julio César Arana y sus cómplices. Fiscales y magistrados, más bien, adoptaron durante los años de explotación del caucho el papel de defensores antes que el de denunciantes o acusadores. ¿Cómo se explicaba esa complicidad y parálisis? Sencillamente dependían, hasta en lo concerniente a sus salarios, a la casa Arana, pero también veían en el empresario cauchero un civilizador, todo un emprendedor en el sentido moderno de la palabra. Lo que hiciera él o sus secuaces era inevitable.

Era el precio de la civilización. Cínicamente pensaban que para hacer tortillas los huevos tienen que romperse. Las tortillas sería la civilización y los huevos rotos, el sufrimiento de los indios.

Los indígenas y la doctrina

La triste condición de los trabajadores indígenas no pasó por alto para la doctrina jurídica. En 1911, un joven estudiante de derecho, Pelayo Samanamud, denunciaba en su tesis doctoral que los operarios enganchados en el Oriente, vale decir, la selva amazónica del Perú, «son los que en realidad están en peor condición, pues no solo sufren de las enfermedades que constantemente se desarrollan en esas insalubres regiones sino que... los patrones dan a esa gente un trato inhumano y cruel». A su vez, Felipe de Lucio, en su monografía sobre la provincia de Pataz, suscrita a 18 de febrero de 1905, se refiere también al régimen de «semiesclavitud» en que laboran los peones del caucho en la cuenca del Huallaga, regentadas por brasileños. Eran los rigores del enganche, un contrato servil y en el que participaban como explotadores brasileños, peruanos, colombianos. Para los indígenas la nacionalidad era un simple accidente.

La inluencia en el cine

El cine también se interesó en el tema del caucho. El cinesta alemán Werner Herzog, con el apoyo de su actor fetiche Klaus Kinsky (Mick Jagger de los Rollings Stones grabó algunas escenas, pero fue reemplazado) y la hermosa Claudia Cardinale, reconstruyeron, hacia 1982, la atormentada vida (como también lo sería la de su propio actor alemán) de otro cauchero peruano, el ucayalino (que muchos dan equívocadamente por brasileño) Carlos Fermín Fitzcarrald, hijo de un marino norteamericano, descendiente a su vez de irlandeses. Fanático del bel canto en una época en la que se edificaba con el capital de siringueros el teatro de la ópera en Manaos (con materiales traidos del Viejo Continente), donde se presentaban las mejores compañías europeas; para acceder debía recorrer cerca de 1,610 kilómetros en sentido contrario al cauce del río Amazonas. Fitzcarrald pretende hacer algo semejante con una barcaza, la Contamana, de treinte toneladas de peso, que fue remontada cuesta arriba –con el trabajo indígena claro está– para sortear un itsmo e instalarlo en un río navegable.

* Carlos Ramos Núñez es jurista e historiador peruano. Miembro de Número de la Academia Peruana del Derecho y de la Academia Nacional de Historia. Catedrático de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

NOTAS:
[1] Vargas Llosa, Mario. El sueño del celta. Barcelona, Buenos Aires, México D.F.: Alfaguara, 2010.
[2] Vargas Llosa, Mario. La tía Julia y el escribidor. Lima: Alfaguara, 2004, p. 303.
[3] Ib., p. 307.
[4] Ib., p. 309.
[5] Ib, capítulo VI, pp. 133 - 155.
[6] DELGADO CINTRÓN, César. «Derecho y literatura. Una visión literaria del Derecho», Revista Jurídica de la universidad de Puerto Rico, 70, 2001, 1127 (70 RFUPR 1127).
[7] VARGAS LLOSA, Mario. Pantaleón y las visitadoras. Lima: Alfaguara, [1973], 2004, p. 18.
[8] Ib., pp. 19 - 20.
[9] Ib., p. 21.
[10] Vargas Llosa, Mario. «Las bravatas del juez», Contra viento y marea. Tomo 3, Lima: Peisa, 1990, pp. 195 - 200.
[11] Véase el diario El Comercio de 29 de noviembre de 1984.
[12] Vid. Ramos Núñez, Carlos. La pluma y la ley. Abogados y jueces en la narrativa peruana. Lima: Fondo editorial de la Universidad de Lima, 2007.

Publicado en el suplemento Jurídica, del diario El Peruano, N° 453, el 23 de abril de 2013.


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