¡Por favor, lea a un historiador!

"La sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método"
Azorín

Escribir no es fácil y escribir bien, mucho menos. Es un arte tan difícil de alcanzar que llegar a dominarlo toma su tiempo. Yo, que tengo ya mis buenos años metido en esto del periodismo, no lo domino del todo y es muy probable que nunca llegue a presumir, alguna vez, de haberlo logrado (como es mi secreta ambición).

No es por un prurito de humildad que lo digo, sino porque sinceramente lo creo y porque estoy convencido que escribir bien tiene que ver más con hacer pensar un poco a la gente en lo que acaba de leer, que con escribir bonito. Esto último sí que es más fácil. De eso están saturadas las páginas de los diarios y los estantes de las librerías. Y lo que es peor aún, las mentes de nuestros jóvenes. Siento una tremenda conmiseración por aquellos que leen, por ejemplo, a Coelho antes que a Azorín o a Ciro Alegría (por citar dos de mis autores de cabecera), que hay veces que deseo tener un libro de ellos en mis bolsillos para obsequiárselos cada vez que me topo con un desventurado lector de cursilerías.

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Columnistas hay que escriben tan bonito (o rebuscado, lo cual es todavía más infame e incomprensible) que creen que están exentos de aportar una idea, por ligera o insignificante que esta sea. Están tan convencidos de su posición de columnista de moda, que confunden lo suyo con escribir bien, lo cual es una descomunal equivocación. Más aún, escriben de una manera tan bonita y falsa a la vez que debería existir en nuestro código penal alguna disposición o artículo que sancione el fraude intelectual que perpetran a diario en las páginas que los acogen. Sus columnas y artículos son simples juegos de artificio verbal sin fundamento alguno, carentes de ideas y sin un atisbo de lo que Pascal recomendaba: contribuir al mejoramiento de la persona que nos ha dispensado con su tiempo al leernos. (Aunque a algunos de ellos hay que reconocerles cierta audacia y habilidad, como pontificar sobre los valores de una película que aún no se ha visto).

Por suerte, como he contado en alguna ocasión, yo, que estudié en un colegio fiscal y que tuve por pupitre una pila de ladrillos, tuve la suerte de tener a una profesora de Lengua y Literatura de lujo que me acercó a los autores que, andando el tiempo, se convirtieron en mis maestros (ya les hablaré de ella un día de estos). Escritores y libros a los que vuelvo constantemente y a los que nunca dejó de leer, leer y leer. Y entre los cuales se cuentan algunos historiadores. De uno de ellos quisiera hablarles hoy, en que he quedado poco menos que aturdido y descorazonado luego de leer varios blogs de algunos colegas historiadores en los que las ideas abundan, pero no tienen la menor idea de cómo estas pasan a mejor vida cuando escriben de manera tan confusa o rebuscada innecesariamente.

Entre nuestros historiadores, el gran maestro de estilo al escribir columnas fue, sin la menor duda, Alberto Flores Galindo. Leer sus artículos, reseñas de libros, ensayos o simples comentarios (recopilados, para ventura nuestra, en dos de los volúmenes de sus Obras Completas) son la mejor lección de estilística y buen gusto que todo historiador (y aspirante a periodista, por cierto) debería aprender si pretende escribir una columna, comentario o, más aún, un libro.

Con Flores Galindo lo primero que se aprende es que se escribe cuando hay algo que decir; y lo que se dice, se dice fundamentado en ideas, conceptos y enunciados bien definidos y perfectamente expuestos. Con él la frase bien escrita nunca resulta superficial. Tiene una finalidad esclarecedora: hacer comprensible una idea u opinión por compleja que esta sea. Por supuesto, que hay muchos historiadores que escriben de este modo pero Flores Galindo fue el maestro por excelencia en ese sentido. Hoy se le lee tan solo como el historiador eminentísimo que fue, pero se olvidan que fue el dueño de la prosa más vigorosa de las ciencias sociales en el último cuarto del siglo pasado. Casi un clásico contemporáneo.

Así, si ponemos un poco de empeño en mejorar el estilo, en revisar y pulir concienzudamente nuestros textos antes de publicarlos, y en someterlos (humildemente) a la crítica de terceros, lograremos que los profesores de redacción en las escuelas de periodismo tengan por norma e imperativo a sus alumnos, lo siguiente:

¡Por favor, lea a un historiador!


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