Un altar para Monseñor Romero

Ayer una noticia inundó los muros de Facebook y las cuentas de Twitter de medio mundo: El papa Francisco había ordenado desbloquear el proceso de beatificación de monseñor Óscar Arnulfo Romero, el asesinado obispo salvadoreño. Condenado a dormir el sueño de los justos por el mismo papa que ahora aspira a la condición de santo, aunque haya encubierto descaradamente a decenas de pedófilos (y posteriormente por quien le sucedió en la silla pontificia, y que recibió como premio por abandonar el cargo la condición de Emérito), todo parece indicar que Juan Pablo II alcanzará antes que Romero los altares. Pero no importa, igual sigue siendo una noticia que hasta los no creyentes, como el suscrito, celebramos vivamente. Óscar Arnulfo Romero se caracterizó por defender a los más pobres y desprotegidos, a la gente ‘sin voz’ de su país. Fue asesinado de un disparo en el pecho por un comando de ultraderecha cuando oficiaba misa en la capilla de un hospital para enfermos de cáncer de San Salvador el 24 de marzo de 1980. Semanas después, estalló la guerra civil que se prolongó hasta 1992 y que dejó miles de víctimas. Paradójicamente, cuando Monseñor Romero accedió al arzobispado fue mal recibido por casi todos por provenir de los sectores más conservadores de la Iglesia salvadoreña. La transformación que sufrió Monseñor Romero ante la matanza impune y masiva de civiles y campesinos y la ardorosa defensa que hizo de estos en sus homilías dominicales es uno de los pocos capítulos dignos que la Iglesia Católica tiene en el siglo XX (que diferencia de otro arzobispo que utiliza el púlpito y su cargo para defender a un violador de derechos humanos). Y el más indigno, su crimen que la propia Iglesia y El Vaticano pudieron evitar pero prefirieron mirar hacia otro lado para no importunar a nadie. Quien mejor lo cuenta es Eduardo Galeano, otro no creyente, en uno de sus últimos libros, “Espejos”. Lo que demuestra que San Romero de América sí hace milagros. Como el de lograr que dos inveterados descreídos se inclinen ante él (JMM).


Monseñor Romero y Juan Pablo II
Por Eduardo Galeano

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En la primavera de 1979, el arzobispo de El Salvador, Óscar Arnulfo

Romero, viajó al Vaticano. Pidió, rogó, mendigó una audiencia con el papa Juan Pablo II:

—Espere su turno.

—No se sabe.

—Vuelva mañana.

Por fin, poniéndose en la fila de los fieles que esperaban la bendición, uno más entre todos, Romero sorprendió a Su Santidad y pudo robarle unos minutos.

Intentó entregarle un voluminoso informe, fotos, testimonios, pero el Papa

se lo devolvió:

—¡Yo no tengo tiempo para leer tanta cosa!

Y Romero balbuceó que miles de salvadoreños habían sido torturados y asesinados por el poder militar, entre ellos muchos católicos y cinco sacerdotes, y que ayer nomás, en vísperas de esta audiencia, el ejército había acribillado a veinticinco ante las puertas de la catedral.

El jefe de la Iglesia lo paró en seco:

—¡No exagere, señor arzobispo!

Poco más duró el encuentro.

El heredero de san Pedro exigió, mandó, ordenó:

—¡Ustedes deben entenderse con el gobierno! ¡Un buen cristiano no crea problemas a la autoridad! ¡La Iglesia quiere paz y armonía!

Diez meses después, el arzobispo Romero cayó fulminado en una parroquia de San Salvador. La bala lo volteó en plena misa, cuando estaba alzando la hostia.

Desde Roma, el Sumo Pontífice condenó el crimen.

Se olvidó de condenar a los criminales.

Años después, en el parque Cuscatlán, un muro infinitamente largo recuerda a las víctimas civiles de la guerra. Son miles y miles de nombres grabados, en blanco, sobre mármol negro. El nombre del arzobispo Romero es el único que está gastadito.

Gastadito por los dedos de la gente.

Del libro "Espejos"


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