Apuntes de historia: Entrevista a Miguel Maticorena

Profesor emérito de San Marcos, el historiador Miguel Maticorena reflexiona sobre la compleja relación entre pasado y futuro, consciente de que la independencia es un proceso aún en deuda con los peruanos.

Por César Chaman

En la habitación donde se recupera de un accidente, en el hospital San Isidro Labrador de Santa Anita, Miguel Maticorena aprovecha el tiempo para familiarizarse con los secretos del internet. Observa sorprendido que a su provincia natal, Castilla, Piura, le han dedicado varias páginas en un portal de construcción libre, donde se consignan datos sobre su población, actividad económica, patrimonio natural y demás características sociales y culturales. Historiador cuajado en las técnicas de la investigación documental –pasó un par de años sumergido en el monumental Archivo General de Indias, en Sevilla–, al profesor emérito de San Marcos le llama la atención que haya tal cantidad de datos circulando en la Red sin restricciones. “¡Esto es una maravilla, oiga!”.

Nacido en 1926, en su etapa estudiantil Maticorena fue discípulo de uno de los grandes pensadores. A fines de la década de 1940, los alumnos de Letras de la universidad decana de América se sumaban a clanes académicos en torno a los catedráticos más destacados. “En ese período había tres ‘panacas’ sólidas: la de Ella Dunbar Temple, la de Raúl Porras Barrenechea y la de Jorge Basadre. Yo pertenecí a la del maestro Porras”, relata con todo el orgullo juvenil que puede transmitir la sonrisa de un hombre de 87 años.

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“La historia es futuro –opina el profesor Maticorena, al explicar que la perspectiva histórica no consiste en retornar al pasado para reconstruirlo y contarlo, sino en volver a él para entender el presente y moldear el porvenir–. Por ejemplo, enseñar en la escuela que Pizarro llegó a caballo y fundó Lima ya pasó de moda; la historia debe hablar también de la Lima actual y sus posibilidades”.

DON DE MAESTRO

¿Hay espacio para la historia en la mentalidad de la juventud digital? El maestro se acomoda sobre la almohada para responder en su estilo paternal y pausado. “Se ha perdido mucho el interés por la historia, sencillamente porque no da renta; nadie se ha hecho rico con la historia”. ¿No será que faltan maestros que estimulen, como Porras o como usted mismo? “Quizá, pero yo soy un segundón no más”.

El hombre humilde que reposa en el cuarto 257 es responsable de la exitosa organización de los Coloquios de Historia de San Marcos, un importante foro académico que desde 1992 –año a año– reúne a destacados maestros, estudiantes, intelectuales e investigadores interesados en la reflexión en torno al Estado, la nación, la democracia y el destino de la patria.

Precisamente, la cercanía del Bicentenario de la Independencia del Perú es una de las preocupaciones actuales de Maticorena. “Ya se está elaborando el programa de celebración, pero hay un peligro que aún puede salvarse: quieren excluir a Túpac Amaru como precursor de la independencia y eso sería mutilar la historia”.

“La versión corriente es que la independencia comienza en 1808, con la invasión de Napoleón a España y la formación de las juntas en América. La otra lectura es que la emancipación se enciende con la rebelión de Túpac Amaru, en 1780. Hay quienes afirman que ese fue un movimiento antifiscal, pero historiadores como Porras y Macera le dan un carácter independentista”.

En un país que aún no consigue soldar las fracturas causadas por el racismo y el centralismo, reconocer que la gesta emancipadora fue iniciada por un indígena tiene un valor inmenso. “Ese aporte le da al proceso un carácter nacional no solo criollo y llegado de afuera. De modo que un bicentenario sin Túpac Amaru sería como un cuerpo sin brazos”.

PROCESO EN DEUDA

Fiel a su deontología de historiador, el maestro entiende como una obligación el pensar en las repercusiones de un hecho y, así, salta del levantamiento de Tinta al presente. ¿Cuáles son los retos de la nación peruana? “Para responder a esa pregunta, miremos primero qué propósito tuvo la independencia –acota–. La independencia se convirtió en un hecho militar que se selló en Ayacucho, pero en ella participaron también los civiles”.

“El pueblo colaboró con soldados y eso se da hasta hoy. ¿Quiénes forman el Ejército? Los soldaditos, pues. Y la mayoría de ellos son como nosotros, mestizos, cholos. Aquí, en este hospital, los médicos son todos blancos; solo los que les siguen en la escala, los técnicos, son cholos como nosotros. Y los pobres que barren son más tostaditos todavía”.

“De modo que si el objetivo de la independencia era igualar a los peruanos, ese objetivo no se cumplió”, sentencia Maticorena, quien pronto saldrá de alta, cuando la herida que se resiste a cerrar en su pierna izquierda lo deje tranquilo. “Es mi talón de Aquiles, caray”, bromea, mezclando historia, medicina y mitología.

“La Constitución afirma que somos una nación y democrática, aun cuando Cartas anteriores decían que éramos una asociación de provincias. ¿Qué quiere decir esto? Que vamos a hacer la igualdad en democracia. ¿Sobre qué elementos? El mestizaje es una posibilidad y una esperanza”.

La hora de visita se acerca a su fin. Mónica, la sobrina del profesor que desde hace un mes pasa todas sus tardes en este hospital, acomoda los recortes y libros que su tío ha traído para no perder ritmo académico. “Tienes que hacer tu tesis –recomienda el maestro–; el diario El Peruano es un buen tema para investigar”. Ensayo mi última pregunta, antes de estrecharle la mano: “Así como la independencia no logró el objetivo de igualar a los peruanos, ¿la democracia ha fallado?”. Vital, Maticorena sonríe una vez más: “Pero hay que mantenerla”.

* Publicado en el suplemento Variedades, del diario El Peruano, N° 325, el 31 de mayo de 2013.


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