Estúpidos con título profesional

"A veces, quedarse callado equivale a mentir"
Miguel de Unamuno

No sé si se han dado cuenta, pero desde hace un bien tiempo vengo desplegando una cruzada personal para que mis colegas de la tribu de Clío escriban cada vez no solo mejor, sino que escriban para un público más amplio que los que integran los cenáculos académicos y universitarios a los que pertenecen. O sea, que escriban para todos y no solo para ellos mismos.

En apariencia parece una cruzada inútil porque los historiadores (en realidad, cualquier profesional y trabajador de oficio) se sienten seguros y mejor comprendidos entre los suyos. Pero es una verdad inapelable que los historiadores, sociólogos, artistas, etc., deberíamos tomar las calles y cuanta tribuna esté a nuestro alcance y mostrar que los frutos de una educación (más aún si esta es pública, como es mi caso), desde la infancia hasta la universidad, han sido bien aprovechados y mejor utilizados de lo que la gente usualmente cree. De ese modo se evitarían una serie de inexactitudes o errores comunes como pensar, por ejemplo, que toda persona con una educación medianamente aceptable es poco menos que un peligro o un guerrillero en potencia. Pero peor que eso es ser, como sabemos ahora, un estúpido con título profesional.

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La última de estas inexactitudes ha sido la que, muy seguro de sí mismo, expresó el abogado Alfredo Bullard en el último CADE por la Educación que, irónicamente, tenía por nombre "Educación, la respuesta privada" y en el que sostuvo que demasiada de esta es peligrosa porque, en esencia, forma gente de izquierda. Tal como lo lee. Y que los intelectuales critican el sistema porque no han tenido el éxito de los que ostentan mejor posición económica (si no me cree lo que digo, puede hacer click en el vídeo de al lado y comprobarlo usted mismo). Así las cosas, el grito de guerra de un mutilado como lo fue el general fascista Millán Astray (“¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”), bien podría ser reivindicado por este teórico de nuestra educación de un modo ligeramente distinto, pero animado por el mismo espíritu de aquel: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la plata!”, lo que en buena cuenta significa que hay mutilaciones del alma que son peores que las del cuerpo.

Desde su perspectiva, para Bullard, supongo, una película como “¡Asu mare!” es el non plus ultra de la cultura y el fin último de la educación que para él serían ideales: no exige el mayor esfuerzo para comprenderla, no hay ninguna abstracción, tesis o idea que subvierta el mensaje de la misma que no es otro que provocar risa en el espectador con cualquier frase o imagen por elemental que esta sea, y, lo que es más trágico todavía, explota una idea del exitismo y la autocomplacencia en el logro personal que un propagandista del mercado como él seguramente aplaudiría de pie.

Este es el tipo de cultura y entretenimiento que Bullard espera que el país entero consuma en exceso para seguir asegurando la existencia del mercado; para impedir que aparezcan subversivos del orden liberal enfundados en ideas; y, más peligroso todavía, armados hasta los dientes de cuestionamientos.

Cuando escucho, o leo, a teóricos como Bullard hablar de la Educación que este país necesita, es cuando más siento una enorme satisfacción de haber hecho bien mi trabajo. Como padre, se entiende.

Mi hijo, que es lo más lejano que puede estar un joven de su edad de las ideas de izquierda, defiende el mercado tanto o más que Bullard, pero contrariamente cree que una buena educación (como la que yo me esforcé en brindarle) es la mejor manera de asegurar que este no solo siga existiendo como tal, sino que no exista a expensas de otro, porque entonces eso ya no es mercado sino explotación a secas, embrutecimiento de la masa como premisa y corolario de buenas ganancias. Así, nada de lo expresado por Bullard tiene que ver con educación, valores o mercado. Sí mucho con un desprecio total por lo intelectual, las ideas y la auténtica educación. Y la intolerancia, por supuesto. Con quien piensa distinto. Una intelectualidad, por cierto, de la que él mismo es parte.

Columnista, blogger, abogado exitoso, maestro universitario. Bullard debería ser el primero en dar un brinco de espanto por planteamientos como las que él mismo expuso. Si no lo hace es por una sola razón. No es la educación la que le preocupa. Menos una generación de peruanos bien educados la que asome por el horizonte. Lo que a Bullard le espanta es una educación, buena o mala, poca o en exceso, que le abra los ojos a cualquiera. Hasta a gente como él. Para su pesar.


1 comentario:

  1. Justo hablaba con mi esposa y le decía que un colega periodista se sabía el nombre de todos los que iban a transmitir la Liga de Campeones pero no sabe quién es Max Planck. El colega gana más que yo pero yo prefiero saber de física cuántica. Que viva el saber, el conocer, el transmitir, el discutir, el argumentar. Nada de eso está en un billete

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