Manuel Atanasio Fuentes, el sabio

Por Domingo Tamariz Lúcar
Periodista

Fue un limeño químicamente puro, de esos que ya no existen: polifacético, excéntrico, novelesco o, si se quiere, un fuera de serie, al que, inexplicablemente, no se le ha dado el lugar que se merece. No hay un busto, una calle en el Centro Histórico de la ciudad –por la que tanto bregó– que lo recuerde. Evocarlo en el mes de su nacimiento es gratificante.

Manuel Atanasio Fuentes nació el 2 de mayo de 1820. Vale decir, en un período de cambios, batallas y proclamas que decidieron la independencia del país. En ese ambiente, inició sus primeros estudios y se reveló como alumno precoz. En el Convictorio de San Carlos se graduó de bachiller y, casi al mismo tiempo, asumió la secretaría del Colegio de Medicina, a los 18 años de edad, con una madurez sorprendente.

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Abarcó múltiples actividades, pero su mayor preocupación fue Lima. Y en ese afán se convirtió en un versado urbanista que trató de poner a la ciudad a tono con los tiempos modernos.

A él se le debe el magnificente Palacio de la Exposición inaugurado en 1872, que hasta hoy se mantiene en pie; el puente Balta, el segundo que se levantó en la capital; y, en otro nivel, como asesor del Concejo de Lima, la idea de cambiar la toponimia de las calles de la capital que a partir de 1861 tomaron nombres de provincias y departamentos, mientras la principal vía empezó a llamarse Jirón de la Unión como símbolo de unión de las regiones del país.

Como escritor publicó, entre muchos otros libros, la Estadística General de Lima (1858, 1866), "una obra monumental en la que, además de clasificar cuanta información humana, geográfica y económica podía necesitarse de la ciudad, proporciona la otra historia, burlona y bien enterada, de nuestras instituciones", apunta Guillermo Thorndike en una documentada crónica sobre el pasado de la ciudad.

Nadie como él cultivó la sátira política en el siglo que le tocó vivir. Usó el seudónimo de 'El Murciélago', nombre con el que bautizó en 1855 un periódico satírico que sacó tanta roncha que en más de una ocasión se vio en problemas con los gobiernos de turno.

Su libro Aletazos de El Murciélago reúne sus mejores artículos salpicados con unas caricaturas políticas de antología.

Escribió prácticamente de todo. Sátira y costumbrismo, tratados de derecho, manuales de filosofía, educación, estadísticas, guías comerciales y turísticas. Además, editó una colección titulada Memorias de los virreyes (seis volúmenes), la Biblioteca Peruana de Historia (nueve volúmenes) y el Catecismo de Economía Política. Muchas de estas obras se publicaron en Europa en inglés, francés e italiano.

Fue, además, un agudo costumbrista. Al cultivar ese género, en una Lima entonces pequeña, era imposible que no se conociera con Ricardo Palma. 'El Murciélago' y el tradicionista escribieron en el famoso Juicio de Trigamia, obra colectiva de humorismo que juntó a los más renombrados cultores de su tiempo.

Hace unos siete años prologué un libro titulado El genio de El Murciélago, en el que su autor, Andrés Herrera –un pintor que ganado por el amor a la ciudad ha compilado el más grande archivo gráfico de la Lima de 1800–, destapa algunos aspectos ignorados de este personaje sin par: creativo, talentoso y, para variar, excéntrico.

No solo usó el seudónimo de 'El Murciélago': se disfrazó de ese espantoso quiróptero. Más aún: se retrató, envuelto en ese disfraz, en el estudio de su amigo Courret.

Esa es una de las pocas fotografías que existen de Manuel Atanasio Fuentes, médico, abogado, historiador, catedrático, urbanista, escritor, periodista, parlamentario, fiscal de la Corte Suprema, decano del Colegio de Abogados, editor y autor de más de 50 libros.

Herrera reproduce del libro emblemático de Fuentes más de cien grabados, impecablemente impresos, que muestran a la ciudad cómo era hace 150 años.

Desfilan así la Catedral de Lima, la Calle del Teatro, el Paseo de Aguas, el malecón de Chorrillos; el antiguo calasín y personajes populares, como la mixturera del portal, el bizcochero, la negra tamalera. Imágenes que fueron impresas en 1867 por litógrafos franceses usando negativos de fotografías tomadas por Courret.

Como se verá, fue un peruano excepcional que los cronistas limeños estamos obligados a sacar de las sombras del olvido; no solo como ejemplo de genialidad, sabiduría, cultura, sino también de amor a la ciudad que lo vio nacer. Amor que hoy más que nunca reclama la Ciudad de los Reyes de sus viejos como nuevos moradores.


Fuente: Diario El Peruano (11/5/2013)


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