Porras y Roncagliolo

La historia es conocida. No hay aspirante a historiador o a diplomático, o estos mismos, que no la conozca. Me gustaría decir que la gran mayoría de la población peruana también la conoce, pero sería falso, en todo caso exagerado, afirmarlo (no olvidemos que hace unos meses, muchos de nuestros jóvenes identificaron una fotografía de Abimael Guzmán con la de un director de cine). Si no recuerdan o conocen lo ocurrido los últimos 25 ó 30 años, menos aún lo acontecido hace más de cincuenta.

Es 1960 y Raúl Porras Barrenechea es canciller de la república durante el gobierno de Manuel Prado Ugarteche. En su calidad de tal, debía acudir a la reunión de Cancilleres en San José, Costa Rica, en la que se pretendía decidir el aislamiento político y diplomático de la isla a consecuencia del triunfo de la revolución en ella un año antes, aislamiento que recién se concretaría en 1962 cuando fue finalmente expulsada de la OEA. Desoyendo las instrucciones del gobierno de Prado y siguiendo sus principios liberales, se negó a votar a favor de la expulsión de Cuba del sistema interamericano. Justificó su decisión ante la asamblea con un vibrante discurso que hoy nadie recuerda y mucho menos predican, pero que es uno de los capítulos más dignos, sino el más digno, de toda nuestra historia diplomática. A su regreso a Lima, fue maltratado por el gobierno y la prensa adicta al régimen. Nadie en el aeropuerto lo recibió y en el parlamento se oyeron voces destempladas que pedían su cabeza por actuar de acuerdo a sus principios y fiel a la tradición americanista del Perú. Renunció al cargo y semanas después falleció. Su entierro fue otra ocasión para que sus enemigos descargaran toda su furia contra quien ya no podía defenderse.

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Por ejemplo, en un sentido texto que forma parte del Libro Homenaje que San Marcos publicó por su centenario, Ismael Pinto recuerda que la noche que velaban los restos de Porras en la Torre Tagle, los empleados retiraban una y otra vez la corona de flores que la embajada de Cuba había enviado para honrar al diplomático que la defendió, y que los pocos discípulos que lo acompañaban volvían a colocar tercamente junto al féretro.

He recordado hoy este episodio mientras leo en la prensa el impase suscitado con Venezuela por las declaraciones de nuestro actual Canciller, Rafael Roncagliolo, reclamando más tolerancia y diálogo al gobierno de Nicolás Maduro. La reacción de este no ha podido ser más desproporcionada. Y estúpida, por aquello de que “Venezuela es la patria de Bolívar que llevó la Independencia al Perú”. Esto no solo no es exacto y desproporcionado, sino además es igual de majadero que el reclamo de ese historiador chileno que afirma que el “Perú la debe su independencia a Chile”.

¿Hasta qué punto las declaraciones de Roncagliolo guardan semejanza o parentesco con el digno comportamiento de Porras en Costa Rica? ¿Ha actuado desobedeciendo al presidente Humala, que avaló y fue más que solicito en reconocer raudamente el triunfo en las urnas del Delfín de Chávez? ¿Tomará Humala represalias contra su canciller, como lo hizo Prado contra Porras, por llamar a las cosas por su nombre?

Humala, para su desgracia, ha caído en una espiral de la que solo podrá zafarse herido y contuso.

Si respalda a su Canciller, Maduro y toda la órbita de presidentes de la Unasur que reconocieron su triunfo demasiado pronto, saldrán al frente para pararle los machos (ya imagino la carga de invectivas que soltarán contra él y nuestro país). Si lo desautoriza (o ‘aclara’ como ya es costumbre en Palacio, lo que es más probable), habrá dado el último paso para despintar y desprestigiar su imagen de demócrata, independiente y el que lleva las riendas, que ya bastante deslucida se encuentra. Con un poco de suerte y tal vez la señora Nadine lo salve del apuro.

En todo caso, Roncagliolo no es Porras y Costa Rica no es Lima (aunque suene más que evidente decirlo). Pero tampoco el jefe de nuestra diplomacia es un tonto, está senil o es un boquiflojo al que haya que traducir el sentido de sus afirmaciones. Y si lo es, pues solo se le escapó lo que todo el mundo piensa y sabe, y con lo que habrá puesto a buen recaudo su nombre después de todas las tonterías que ha tenido que cometer por este gobierno, que vaya que ha perpetrado muchas.

No he podido revisar toda la prensa, pero me he llevado una pequeña desilusión con la poca que he leído al comprobar que nadie recordó este capítulo de nuestra historia diplomática, que de algún modo se le asemeja. Y lo he lamentado porque es una de las escasas ocasiones en que un humilde historiador (aunque se trate de la figura gigante de Porras) se enfrentó al poder político de turno y sufrió las consecuencias. Digna y calladamente. Como lo hacen los grandes. Y me alegra tanto pensar que fue un historiador, que me hace sentir orgulloso y más orgulloso todavía por los amigos historiadores que conozco y que realizan su trabajo de igual forma: digna y silenciosamente.

Hoy, en que los poderosos menosprecian tanto el trabajo de ellos y a la historia misma, es todo un mérito.


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