José Carlos Chiaramonte: “Todo historiador es revisionista”

Los usos incorrectos de categorías históricas llevaron a Chiaramonte a volver al siglo XIX, relevar malentendidos y volcarlos en su libro nuevo. Advierte que faltan profesionales que hagan divulgación del pasado.

La relación entre Historia y Política ha sido intensa y no siempre armónica. Para el historiador José Carlos Chiaramonte esa relación adquirió diversas formas en nuestra región de las cuales va a destacar, por un lado, la referida al uso de los conceptos de clase social y lucha de clases. Y, por otro lado, la forma que hace centro en los conceptos de nación, nacionalidad y cuestiones afines. De ello habla en su libro "Usos políticos de la historia# (Ed. Sudamericana) y de ello conversó en esta entrevista en la que sirvió un café intenso. Como lo es el origen de aquello que hoy llamamos Argentina.

Marx no pudo terminar su gran obra “El capital” y dejó inconclusa su definición sobre clases sociales. ¿Alguien pudo completar esa tarea?

>>> Seguir Leyendo... >>>

- Todos los esfuerzos que se han hecho parten de una base falsa. Si alguien dice voy a definir qué es una clase social, está suponiendo que es un objeto existente, que falta definir bien. Yo veo dos grandes formas de concebir las clases sociales. Una, como categoría estadística de clasificación social y otra como actor histórico, como protagonista de los sucesos. El primer capítulo de mi libro aclara que los conceptos de clase y lucha de clases no son originarios de Marx sino que, como él mismo explicaba, los tomó de los que denominaba historiadores y economistas burgueses. Y, a continuación, este capítulo explica porqué las dos inconciliables nociones de clase social que manejaba Marx –clase como clasificador y clase como actor histórico–le habrían impedido concluir el último capítulo de El capital sobre las clases sociales. Los esfuerzos de definir la clase como un clasificador de los seres humanos ha dado resultados diversos, porque todo depende del criterio con el que se pretenda clasificar. Nivel de ingreso, prestigio social, autoconciencia, etcétera, una cantidad de ítems que da resultados muy distintos. Se pretende reunir todo para dar la imagen de algo que está allí, que es un sujeto histórico llamado clase. Lo otro es el problema de la clase concebida como protagonista, como actor histórico.

Conciencia de clase, lucha de clases, ¿son categorías que los historiadores todavía utilizan y le dan valor en la coyuntura?

- Alguien me preguntó ¿quién se ocupa ahora de las clases sociales? ¿Los historiadores? Sí lo usaba Eric Hobsbawm, pero nunca se propuso aclarar el sentido de la expresión clase social, lo cual no impide que haya hecho trabajos históricos de gran valor. En nuestro país hay historiadores que siguen trabajando con el concepto de lucha de clases. Mis intentos para convencerlos del error no han dado frutos. No conozco ninguna investigación histórica buena que se centre sobre la “lucha de clases”. Entre otras cosas porque se es cada vez más consciente que hay cantidad de conflictos, que no se encuadran en esa expresión. José Ingenieros decía que los conflictos del siglo XIX no pueden considerarse como lucha de clases. ¿Por qué? Porque peleaban entre caudillos o entre provincias. No era un gran historiador pero su intuición era acertada.

Usted menciona algunas palabras que no suelen ser utilizadas correctamente como caudillo, confederación, federalismo...

- Los historiadores corren el riesgo de incurrir en prejuicios, por efecto de su condición de ciudadanos y su inmersión en la identidad nacional. Al respecto, uno de los ejemplos más curiosos es el uso de la palabra federalismo en la primera mitad del XIX. No era tal cosa, eran uniones confederales. Las confederaciones son sociedades de estados independientes y soberanos. Las llamadas provincias se consideraban a sí mismas de este modo. Como la palabra Estado es muy fuerte y algunas de esas provincias eran muy débiles, preferí usar en algunos trabajos la expresión soberanías independientes, que refleja la misma circunstancia. Y así estoy aludiendo a la existencia de actores, grupos políticos independientes, con ejercicio de la soberanía, que aquí eran llamadas provincias. ¿Cuál es el problema del historiador como ciudadano? Que siente que su sentimiento nacional se resiente si no admite que la nación argentina existe desde 1810. De ese modo, no puede tener una visión correcta de lo ocurrido en el siglo XIX. Es un proceso de luchas, en el cual la nación es el producto final y no el comienzo del proceso. La identidad predominante en 1810 en todo Hispanoamérica era la identidad de americano; argentino era sinónimo de porteño.

Usted dice que el siglo XIX presenta obstáculos para el trabajo del historiador. ¿Esas dificultades se superaron?

- Sí, en la medida en que se ha hecho más fácil abordar este problema de los mitos. Muchos historiadores han aceptado que en 1810 no hay nación y que la historia del XIX es un proceso de luchas políticas para intentar construir una nación, cosa que recién se logra en 1853. Cuando se pregunta, ¿es la nación que construye el Estado, o el Estado que construye la nación? se olvida que en esa época eran sinónimos, que construir una nación era hacer un Estado. La legitimidad política no se fundaba en el concepto de nacionalidad, como va a ocurrir con la difusión del principio de las nacionalidades en tiempos del romanticismo.

Hoy hablamos de Estados-Nación...

- Pero igualmente se los consideran conceptos distintos. Como lo definió el abate Sieyès en la Revolución Francesa: una nación es un conjunto de hombres que viven bajo un mismo gobierno y unas mismas leyes. Esa definición se repitió en La Gaceta de Buenos Aires en 1815. No hay en ella ninguna nota étnica de nacionalidad. A partir de la difusión del principio de las nacionalidades, se impone un supuesto ideológico, una nación se supone producto de un grupo humano étnicamente homogéneo, que necesita darse una vida como Estado independiente.

¿Y la palabra caudillo? ¿Cómo sobrevivió en el tiempo?

- La palabra caudillo se sigue usando para referirse a cualquier personaje que encontremos a la vuelta de la esquina. Es una expresión que se le aplica a gente que tiene un gran poder de atracción sobre otros y que maneja asuntos públicos según su conveniencia. Esos caudillos existen aquí, en Europa, en todas partes. Pero, con respecto al siglo XIX, la palabra caudillo se usaba para designar a los gobernadores que eran hombres de armas y que de acuerdo a una primera construcción mítica del pasado, manejaban a su antojo la provincia. Lo que yo pretendo mostrar es que las llamadas provincias argentinas no eran un campo de arbitrariedad, de ilegalidad, sino que tenían normas de vida política provenientes de algo que en la época se llamaba la antigua constitución. Nosotros tenemos una constitución en 1853, ¿pero antes qué teníamos? La gente no vivía en un reino de anarquía, se guiaba por un conjunto de normas que provenían de un conglomerado diverso: textos escritos, costumbres, fallos judiciales, etcétera. Lo que existía en el Río de la Plata, en la primera mitad del siglo XIX, fue la vigencia de una antigua constitución que en su mayor parte provenía de España. Los llamados caudillos tenían un poder no arbitrario. Suelo preguntar a los alumnos, ¿quién era Alejandro Heredia?, famoso “caudillo” tucumano, un hombre de armas que asistió al Congreso de Tucumán. Bueno, pues se olvidan que era doctor en teología y docente. ¿Quién era Pascual Echagüe? El lugar teniente de Urquiza y de Rosas, era santafecino y fue gobernador en Entre Ríos; era doctor en teología por la Universidad de Córdoba y también fue docente. ¿Quién era el general Paz? Un militar, sí, pero estuvo a punto de graduarse en derecho. Con esto no quiero decir que eran intelectuales sino que tenían en la cabeza el derecho natural y el canónico, las dos fuentes del derecho político de la época. Entonces, las facultades extraordinarias que asumían los caudillos eran una institución legítima, legal. Mientras el tirano es el enemigo del pueblo, el dictador es un personaje a quien la comunidad política, mediante el órgano de representación –en este caso en Buenos Aires es la Junta de Representantes–, decide ungir al gobernador con las facultades extraordinarias por un período delimitado y por instancia de ejecución delimitada.

La palabra caudillo que aún sobrevive, ¿es un anacronismo?

- Es una palabra metafórica, es el caudillo de un barrio, el que tiene mucho poder.

Bueno, pero Menem ha sido un caudillo...

- Bueno, un segundito, se dejó las patillas y al día siguiente de la elección se las cortó y se arregló el pelo. Entonces, ese es uno de los grandes ejemplos de cómo el nacionalismo historiográfico juega malas pasadas. La Guerra de Malvinas es otra, ¿quién se atreve a oponerse a una lucha contra los ingleses? Lo que critico es que muchos historiadores, aún importantes, como no tienen una idea clara de qué eran las provincias, o los estados en el caso de México, usan la expresión de un régimen de caudillos, caudillismo y es una expresión falsa, una confesión de una imposibilidad de entender lo que estaba pasando en América Latina donde se suponía que había dos campos: la constitución y el reino de la ilegalidad. No es así, había intentos reformistas de nuevo cuño y vigencia de la antigua constitución, que no era un factor de anarquía ni de ilegalidad.

Usted ha sostenido que todo historiador es revisionista...

- La palabra revisionismo fue usada por primera vez por historiadores profesionales, antes de los llamados revisionistas. Los principales argumentos del revisionismo los habían dado historiadores profesionales, primero algunos historiadores de provincias, como Martínez en Entre Ríos o Cervera en Santa Fe, a comienzos del siglo XX. Y también Ravignani, Levene, Juan Agustín García, Juan Alvarez y otros. Ravignani fue un permanente propulsor de los estudios sobre federalismo. Ravignani le cuenta a un corresponsal del interior el trabajo que le cuesta convencer en Buenos Aires a la gente de que Artigas no es un bandido. Incluso, todavía en 1939, dio una conferencia sobre Artigas y el federalismo del litoral.

¿Le sorprendió la creación del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego?

- Es una cosa inadmisible en un mundo de libertad de opinión la consagración estatal de una línea de interpretación de la historia. Además, en los considerandos del decreto, se califica al resto de los historiadores que no están en el revisionismo, como liberales extranjerizantes. Los decretos de la creación del Instituto aluden al olvido y maltrato de próceres como Artigas. Bien, el instituto Ravignani, sobre todo el grupo bajo mi dirección, ha hecho trabajos muy importantes sobre el federalismo, donde ha puesto en relieve la importancia de Artigas. En el año 2000 la universidad de la República, de Montevideo, decidió homenajear a Artigas en el 150° aniversario de la muerte. Hubo un solo acto, un solo orador invitado, estaban todas las autoridades de la universidad y de miembros del parlamento uruguayo. El disertante fui yo cuando era director del Instituto Ravignani.

En los últimos años la historia está en debate. El historiador aparece en los medios. ¿Por qué cree que tiene más presencia?

- Siempre ha regido la idea de que la historia es una enseñanza para el presente y para el futuro. La idea de la historia como maestra de la vida ha estado siempre presente. Digo esto a raíz de la celebración del aniversario de la independencia, la noción clásica de cómo se creó la bandera, el himno, por ejemplo, no refleja los avances de la investigación histórica. Por otro lado, desde la misma esfera del poder se ha puesto a la historia en el tapete, al crearse el instituto de revisionismo. Falta algo que es muy difícil de lograr, que es una mayor presencia de historiadores profesionales en el terreno de la divulgación histórica, porque de lo contrario la divulgación se deja en manos de propulsores de nuevos mitos. Es más fácil decir que Belgrano eligió los colores celeste y blanco mirando al cielo, que explicar que pudo haber elegido los colores de la casa de Borbón, enfrentada a los gobiernos momentáneos españoles. Es más fácil sumarse a una visión nacionalista del pasado, que crea héroes inexistentes, que deforma los hechos ocurridos en el pasado, que explicar cómo ocurrieron realmente las cosas. Pero no hay otro camino si queremos librar a la Historia de falsas interpretaciones y librar a la política de sus lamentables consecuencias.

Chiaramonte básico
Es profesor en Filosofía por la Universidad del Litoral, profesor honorario de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y doctor honoris causa por la Universidad Nacional del Centro y por la Universidad Nacional de Salta. También es investigador superior del Conicet y fue director del Instituto de Historia Argentina y Americana “Doctor Emilio Ravignani”, de la UBA. Actualmente dirige la colección de Historia Argentina de Editorial Sudamericana. Entre otros trabajos, ha publicado: “Nacionalismo y liberalismo económicos en Argentina, 1860-1880”; “Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica”; “Mercaderes del Litoral”; “Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la nación argentina”;. Fue distinguido con el Premio Bernardo Houssay a la Trayectoria Científica.


Fuente: Revista Ñ del diario Clarín (14/6/2013)


0 comentarios:

Publicar un comentario