Retratos impresos: El viejito de los mostachos

El viejito de aquí al lado es Don Ricardo Palma, aunque resulte innecesario decirlo. Porque todos, sin excepción, fuimos amamantados desde la más temprana edad con la leche materna de sus “Tradiciones Peruanas”, nos siguieron alimentando con ella buena parte de nuestra época escolar y la seguimos bebiendo, casi ya avinagrada, en la universidad. Eso explica porque algunos mitos de nuestra historia los tengamos por ciertos y porque los escolares los siguen repitiendo y aprendiendo como al catecismo cristiano. Y también porque para nadie resulta un extraño el viejito de los mostachos. Su imagen nos resulta tan familiar como la de un tío, un padre o un abuelo que no conocimos pero sabemos de quién se trata. La mirada de viejo socarrón no es gratuita. La majadería que destilan sus 453 tradiciones hizo una vez a un obispo, amigo de mi padre, llamarle la atención a mi madre por mencionar su nombre en la mesa, justo después de la bendición de rigor. “No ha habido hombre que haya calumniado más a las curas y a las monjas que Palma. ¡Ese hombre fue un demonio!”, sentenció el cura herido en su sensibilidad (lo que me hace sospechar que a este ensotanado señor no le fueron ajenas las “Tradiciones en salsa verde”, que el propio Palma pidió expurgar de su bibliografía azorado de su audacia cuando las escribió). Aunque inventó un género, la ‘tradición’, y escribió como un poseso, Palma, que acabó sus días convertido en el Patriarca indiscutible de las letras nacionales, tiene otro mérito que muy pocos mencionan por puro pudor o simple desconocimiento: El autor de las “Tradiciones Peruanas” es el primer escritor afrodescendiente de nuestras letras. Y eso es, habida cuenta de la época de prejuicios en que le tocó vivir y del enorme prestigio del que gozó aquí y afuera, su más grande logro y mérito. La verdadera razón por la que es un gigante. ¡Grande, Palma!


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