Carlín, filósofo del desencanto

Siempre he creído que Carlos Tóvar, el genial Carlín, es un sabio disfrazado de caricaturista. O un humorista con dotes de filósofo que nos enfrenta, con apenas unos trazos, a las miserias y grandezas de esta vida y la de los hombres. Con una capacidad de observación y síntesis que ya quisieran poseer algunos periodistas y políticos (que además de poco observadores y elocuentes, son ciegos, sordos y mudos al clamor popular como lo prueba el último escándalo que han provocado). Cada una de sus caricaturas no solo nos hace doblarnos de risa la primera vez que las vemos, sino también nos revelan, cuando las volvemos a mirar tras la pausa para la reflexión a la que todas ellas nos invitan, que algo muy malo, pero muy malo, debe estar sucediendo entre nosotros para que tragedias o absurdos como el que se grafica más abajo sean motivo de risa cuando debiera ser de lástima, horror y pena. Así que, aunque suene feo decirlo, Carlín ha terminado por convertirse, por culpa de los políticos (y para el caso, también de algunos periodistas) en el filósofo del desencanto, que es en lo que se convierten en este país las personas pensantes y brillantes que como él están verdaderamente preocupados por su destino.


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