El fantasma de las clases medias

Por Edgardo Rodríguez Gómez (*)

Hace un mes exactamente, el diario de negocios The Wall Street Journal publicó un ensayo de Francis Fukuyama que llevaba por título “The Middle-Class Revolution” (p. C1); allí, el académico de Stanford tras repasar las recientes revueltas protagonizadas en países emergentes –como Brasil y Turquía– por jóvenes instruidos, usuarios asiduos de las redes sociales de internet y sin clara pertenencia a lo que suele llamarse los estratos populares alertaba del riesgo de propagación de esta nueva ola de agitación política.

Nuevos rebeldes, acuñados bajo las promesas del crecimiento económico y las perspectivas ilimitadas que dan las nuevas tecnologías adoptaban actitudes de protesta y rechazo a ciertas medidas y prácticas de sus gobiernos, desencadenando choques violentos con las fuerzas del orden público, nerviosismo en las cúpulas en el poder y atención a la distancia en una opinión pública global que ha dejado de sentirse totalmente ajena a lo que ocurre en las antípodas del planeta.

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Olas de indignación espontánea han ganado su pulso a las autoridades o han sido reprimidas sin clemencia por éstas, pero, en definitiva, han puesto su marca a una época en que las mejoras económicas podrían estar exacerbando expectativas que los estados emergentes, aún ineficientes, corruptos y opacos, son incapaces de satisfacer.

En América Latina, por ejemplo, habrían dejado de ser noticia y factor de temor de los agoreros, así como de los diarios de negocios locales y globales, las movilizaciones de indígenas que en las últimas décadas pusieron o depusieron presidentes tanto en Ecuador como en Bolivia, para hacer subir a la palestra los disturbios de estudiantes chilenos que exigen más de su sistema educativo, uno de los mejores de Sudamérica, o el rechazo a la celebración del campeonato mundial de fútbol en Brasil, el país con más galardones en esta competición deportiva.

Los recientes incidentes protagonizados en Perú por jóvenes de clase media limeña poniendo en apuros a sectores políticos impresentables, que han tenido que pasar vergüenza e inspirar burla ante la opinión pública internacional por su falta de seriedad y responsabilidad al momento de elegir magistrados constitucionales y defensor del pueblo, forman parte de esta ola global de revueltas que deberían alejar otros fantasmas terribles de tiempos no tan lejanos, a los que el profesor sanmarquino Dennis Chávez de Paz retrataba así en su estudio sobre “Juventud y Terrorismo”, elaborado a inicios de los años ochenta:

“La información empírica examinada permite afirmar que las provincias de donde proceden los sentenciados por terrorismo (…) pertenecen principalmente a las regiones económicas y sociales más empobrecidas del país. Así, el 58% del total de sentenciados proceden de las provincias que alcanzan los más bajos niveles de desarrollo socio-económico; es decir, de mayor pobreza relativa en el país (…). A su vez, el 60% del total de sentenciados que nacieron en capitales de provincias, diferentes a Lima y Callao, pertenecen a estas provincias más empobrecidas.”

Menos pobres y más partícipes de la globalización, los movilizados y las movilizadas de la capital peruana parecen evocar más a Alexis de Tocqueville que a su contemporáneo Karl Marx. Sin afán por recrearse como el “fantasma” del Manifiesto Comunista que recorrería el globo y no sólo Europa, se diría que “aman el cambio, pero temen las revoluciones” a que aludía el entonces joven aristócrata francés, en “La democracia en América”.

¿Exagera Fukuyama una vez más como cuando volvía a anunciar, aquella vez con un libro de hace más de dos décadas y fiel a su hegelianismo, “El fin de la historia y el último hombre” tras la caída del mundo bipolar? ¿Estamos frente a movilizaciones de reforma antes que de revolución?

Quizá no se exceda tanto esta vez. Como varios investigadores de las primeras décadas del siglo XXI, el economista y ensayista político estadounidense ha detectado la causa de la “revolución” en el auge de las protestas de las clases medias en los sucesos que darían lugar a la –hoy vista como inacabada, incluso en regresión– primavera árabe, donde “las manifestaciones a favor de un cambio de régimen fueron llevadas a cabo por decenas de millares de jóvenes relativamente instruidos”, instalados en “regímenes clásicos de capitalismo de connivencia” que favorecieron las titulaciones superiores a gran escala para nuevas generaciones con escasas salidas laborales a causa del clientelismo y las relaciones con el poder político, sumándose a esto un crecimiento económico endeble.

Una realidad de latente tensión que no fue completamente ajena a la peruana de los años ochenta, como recuerda la CVR en “Hatun Willakuy” hace casi una década: “El trabajo político de acumulación de fuerzas desarrollado por el PCP-SL lo llevó a reclutar a sus militantes y simpatizantes entre la juventud de origen campesino, principalmente en Ayacucho. Muchos de estos jóvenes se habían beneficiado entre los años 1960 y 1980 de un proceso de expansión de la educación secundaria y superior que aumentó sus expectativas de ascenso social. Sin embargo, las escasas oportunidades de desarrollo económico en sus localidades de origen hicieron que muchas de estas expectativas se vieran frustradas” (p. 46).

Pero no es el clandestino y brutal caso peruano iniciado hace treinta años el que admite comparaciones frente a estas renovadas “revoluciones” de tendencia global. Se trataría, en todo caso, de buscar sus antecedentes en otras coordenadas históricas. Pensar en la Revolución francesa de 1789, la rusa de 1917 o incluso la iraní que aspiraban a crear el “hombre nuevo” y el inicio del fin de los tiempos, a los que se refería también Fukuyama, no resultan en absoluto asimilables a las experiencias revolucionarias actuales. Tampoco se trata ya de aquellas revoluciones “desde arriba” donde iluminados militares buscaban encauzar procesos políticos de cambio como los que marcaron, para bien y para mal, las derivas poco democráticas de Turquía o Perú en la segunda parte del siglo XX.

Se trata más bien, como lo advertía Henry Laurens, profesor del Collège de France, en una entrevista publicada en 2011 en L’Express, de “revoluciones democráticas” que siguen la senda de una clásica y sugestiva revuelta que marcó la historia mundial, la revolución de 1848. Precisamente aquella donde estudiantes y trabajadores clamarían por el sufragio universal y los derechos sociales. Acogido irrestrictamente el primero y sometidos a limitaciones los segundos.

Dispuestas a poner en vigencia las características plenas de un régimen democrático, las revueltas populares breves y sin clara guía que caracterizan este tipo de revoluciones, con minúsculas, constituyen hoy el patrimonio de estados del norte de África, Asia y América Latina. Y son, en muchos casos, como el reciente logro peruano frente a la arbitrariedad parlamentaria, un ejemplo de actuación popular internacional. “Sería un grave error –concluía su ensayo Fukuyama– creer que algo así no podría suceder aquí”; en este cada vez menos modélico y confundido primer mundo.

(*) Edgardo Rodríguez Gómez es Máster en Historia de las Ideas Políticas. Investigador de la Universidad de Coimbra y la Universidad Carlos III de Madrid.


Fuente: Los Andes, Puno (28/7/2013)


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