Especial Mandela: Un santo en vida

Tras pasar 27 años en prisión, Nelson Mandela fue liberado el 11 de febrero de 1990. Para entonces, ya era un símbolo mundial de la lucha no solo contra el cruel sistema del 'Apartheid', sino contra cualquier forma de dominación o abuso desde el poder contra el más débil. Cuando a ingresó a la prisión acusado de terrorista tenia 46 años; cuando recuperó su libertad, con casi 72 años, ya era una personalidad mundial. Desde entonces, su figura no hizo sino crecer hasta convertirse en lo que ha sido hasta el último día de una existencia que se apaga, en medio de disputas familiares, en una clínica de Pretoria: un santo en vida.

Su muerte, ineluctable, sumirá a todos, en especial a los blancos y negros de Sudáfrica, en la más profunda congoja y en la más inquietante preocupación. ¿Qué pasará ahora que Mandela, el espíritu y símbolo de la reconciliación nacional, ha desaparecido? ¿Volverá el país a sumirse en los conflictos raciales? ¿Se mantendrá el partido que fundó Mandela, el Congreso Nacional Africano, en el poder? ¿Volverán los blancos a gobernar? ¿Qué le espera a Sudáfrica tras la muerte de Mandela?

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El ‘abuelo venerable”

Líder de la lucha contra la segregación racial, primer presidente negro de Sudáfrica y Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela nació el 18 de julio de 1918 en el pueblo de Mvezo, una pequeña aldea de Cabo Oriental (sureste de Sudáfrica). Su padre era el jefe del clan de los Madiba, de la etnia xhosa, lo que le permitió asistir a la universidad de Fort Hare, en esa época el único centro de enseñanza superior del país para negros.

Fue en la universidad donde adquirió conciencia política y de lucha contra el régimen del ‘apartheid’ que, desde 1948, imperaba en Sudáfrica tras la victoria electoral del ultraderechista Partido Nacional de Hendrik Verwoerd. La filosofía que lo inspiraba estaba tan arraigada en la mentalidad de la minoría blanca sudafricana (la ‘tribu blanca’ de África, como se hacían llamar) que creían que hasta la mismísima Biblia (en el famoso episodio de la Torre de Babel) lo justificaba.

Luego de abrir el primer despacho de abogados negros en Johannesburgo, apoyó la estrategia de resistencia pacífica que preconizaba Gandhi como forma de lucha contra las leyes opresivas del apartheid. Pero la matanza de Shaperville, en 1960, le hizo cambiar de parecer y abrazar la lucha armada. Arrestado en 1962, fue condenado a cadena perpetua en 1964.

Mientras Mandela soportó su dura reclusión, Sudáfrica, un país inmensamente rico en recursos naturales, sufrió el boicot internacional contra sus productos y un aislamiento internacional que asfixiaba su economía. Hasta tal punto llego este rechazo comercial a todo lo que recordara el apartheid, que muchos productos que el país exportaba tenían que hacerlo con etiquetas de la vecina Mozambique para poder ser comercializadas. Cuando la Guerra Fría llegó a su fin y la Unión Soviética desapareció del escenario mundial, Sudáfrica (que hasta entonces había sido utilizado por EE.UU. como un muro de contención contra el comunismo en el extremo sur del continente africano, razón por la que muchas potencias de Occidente se hicieron de la vista gorda ante un régimen como el sudafricano), comprendió que el apartheid era insostenible. Entonces recurrieron a la única persona que podía detener los estallidos sociales cada vez más violentos y que amenazaban con sumir al país en la guerra civil. Recurrieron al preso N° 466/64 internado en Robben Island, la tenebrosa isla para delincuentes de alto calibre y presos políticos. Sí, recurrieron al antiguo enemigo, a Mandela.

Los más de 27 años que Mandela pasó en prisión sirvieron para hacerle adoptar una posición más conciliadora respecto al futuro de Sudáfrica. Cuando salió de prisión sorprendió a todos, a propios y extraños, con sus palabras armonizadoras y en busca de concordia, llenas de esperanza: "Os saludo a todos en nombre de la paz, la democracia y la justicia universal", proclamó ante miles de personas desde el balcón del Ayuntamiento de Ciudad del Cabo. No se le oyó pronunciar una sola palabra de reproche o venganza contra quienes lo habían encarcelado. Fue esa actitud la que permitió la transición de una Sudáfrica blanca a una Sudáfrica multirracial. Una labor de reconciliación que emprendió con el entonces presidente Frederik De Klerk, y que le valió a ambos el premio Nobel de la Paz en 1993.

Retirado de la escena pública desde el 2004 (“No me llamen, yo los llamaré”, dijo al despedirse), las apariciones de ‘Madiba’, que es como llaman todos a Mandela en su país, fueron cada vez más ocasionales. La última aparición oficial que hizo fue durante la inauguración del Mundial de Fútbol en Sudáfrica el 2010. Poco antes de ingresar por última vez al hospital, unas imágenes de televisión lo mostraron débil y desorientado, muy cerca del final del trayecto que se trazó. El obispo Desmond Tutu, compañero de las épocas de lucha contra el apartheid, dijo: "Mi preocupación es que, como nación, no estamos preparado para el momento en que llegue lo inevitable". Y el momento llegó.

La herencia de Mandela

Pero ya antes de su desaparición, la Sudáfrica de Mandela había mostrado que el sueño de la Nación del Arco Iris no existía o estaba muy lejos de ser más que eso, un sueño. Desde que Mandela accedió a la presidencia en 1994 hasta abril de 2010, fecha en que murió asesinado Eugene Terreblanche, líder del ultraderechista Movimiento de Resistencia Afrikaner (que es como se conocen a los descendientes de los primeros colonos europeos y defensores de la supremacía blanca en el país), cerca de 3.000 granjeros blancos fueron asesinados por sus trabajadores negros. Una cifra que constituye un recordatorio de que en esas miles de granjas el espíritu que animó el apartheid nunca desapareció del todo.

Como tampoco desapreció del todo la desigualdad y la pobreza en un país con uno de los índices de crecimiento económico más altos del planeta. Cuando el Congreso Nacional Africano se convirtió en el todopoderoso partido que marcaría el destino de la Sudáfrica contemporánea, su documento fundacional, la “Freedom Charter” (que inspiraría a muchas generaciones de negros a resistir durante el doloroso periodo del apartheid), proclamaba que las enormes riquezas del país se redistribuirían entre todos cuando el pueblo llegara al poder.

Por supuesto, como todos saben, la transición política ocurrió y fue celebrada por el mundo entero como un ejemplo a seguir de reconciliación nacional, pero la transformación económica quedó postergada. Olvidada. Hoy, los cinturones de pobreza, los enormes guetos que rodean a las grandes ciudades sudafricanas son otro recordatorio de que las cifras siempre son el paraíso, y la justificación, para políticos y economistas.

Hoy, el racismo, el miedo y la pobreza siguen dividiendo al país. Y el sida cercándolo cada vez más (el 10,6% de la población es seropositiva). Y Mandela ya no estará más para resolver los problemas y calmar los ánimos, siempre en efervescencia, de blancos y negros. Siempre a punto de estallar.


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