¡Feliz cumpleaños, hijo!

Nada hay más doloroso, inevitable y satisfactorio que ver a los hijos crecer. Hoy Rodrigo cumple 17 años y apenas si lo he visto 15 minutos. Está en su primer año de universidad y quiero pensar que las escasas horas del día que por esa razón pasa en la casa se deben a que resultó tan chancón como su padre. Pero yo, que también tuve 17 años y estudié en el San Marcos de los ‘80, sé que la mitad del tiempo la pasa en interminables discusiones con amigos, debatiendo alrededor de un café si tal o cual novela es mejor que la otra o si el profesor de turno merece o no estar en la cátedra (aunque conociendo a mi hijo, sus discusiones y las de sus amigos serán sobre películas, películas y más películas –y tal vez uno que otro profesor). Nada hay más aleccionador a esa edad que las charlas de cachimbo. Se conocen a los amigos que te durarán el resto de tu vida o, en su defecto, a los que sabes que jamás lo serán. Lees los libros que nunca te abandonarán y a los que volverás en los momentos más dramáticos para levantar el ánimo porque tiene el espíritu de la juventud perdida. Con un poco de suerte, como ocurrió conmigo, tal vez conozca a la mujer que será la madre de sus hijos (pero esa es una lotería que muy pocos afortunados nos sacamos en este mundo. Pero, quién sabe ¿no?).

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Nada hay más doloroso, les decía, porque extraño a mi hijo. Ha sido el mejor amigo y el mejor compañero que se puede tener para cometer mataperradas a costa de su madre. Me rompí la cabeza organizándole un campeonato de fútbol-mesa, con copa incluida, para que se entretuviera todo un verano. Nos vestimos de pantalón corto y zapatillas con el pretexto de ir a jugar fútbol para escaparnos al cine a ver una película que su madre le había prohibido, mientras en la sala yo me pelaba de frío. Nos sacamos la mugre a espadazo limpio con los sables de Star Wars y la música de la película a todo volumen mientras desbaratábamos la casa. Dos veranos hicimos maratones completas con las series que más nos gustaban y que nos dejaban los ojos enrojecidos. Cuando tenía cinco años, estuve a punto de provocarme un infarto cuando me deslice por un enorme tobogán con él porque no quería hacerlo solo. Pero nada extraño tanto como las historias (con dramatización incluida) de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra del Pacífico que le contaba para hacerlo dormir (hasta donde sé, Rodrigo debe ser uno de los pocos niños saludables que conozco que jamás oyó hablar de pequeño de Caperucita Roja y el lobo feroz).

Acaba de llamar para avisar que llegará un poco más tarde de lo usual porque sus amigos lo quieren homenajear, así que la cena especial en el restaurante especial tendrá que esperar para cuando él tenga tiempo para nosotros. Lo cual está bien. Porque así mi mujer y yo tendremos más libertad y tiempo para discutir a quién le toca pagar las facturas mañana, quién recoge las cosas de la lavandería y, sobre todo, qué haremos ahora qué tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros luego de haber tenido toda la juventud para nosotros.

Cuánta razón tenía quién dijo que nada hay más ajeno que un hijo propio. Pero me consuela pensar que algún día vendrán los nietos y a ellos sí que los voy a poder malcriar y engreír, algo que no pude hacer con Rodrigo porque lo crié con disciplina espartana de respeto al deber y la responsabilidad. Que se encargue él de corregirlos. Después de todo, serán sus hijos. No los míos.


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