La intemperie legal de las huacas

Por Mirko Lauer

¿Qué piensan los destructores de huacas? Por lo general las ven tan desprotegidas y abandonadas que las consideran tierra de nadie, disponible para la rapiña inmobiliaria. Esto se agrava cuando las huacas están en zonas urbanas muy codiciables y los límites de la zona arqueológica que ocupan no están claramente delimitados.

Además a los inescrupulosos destructores no se les escapa que en el pasado, no siempre remoto, muchas urbanizaciones han arrasado con este tipo de monumentos. Las aerofotografías históricas de Lima, por ejemplo, son elocuentes en este sentido. En todo eso ha sido siempre clave la colaboración, activa o pasiva, de las autoridades municipales.

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Otra idea que impulsa a los destructores es la abundancia de huacas en el país. Como el Estado central y los gobiernos locales no tienen la capacidad de cuidarlas, muchos llegan a la fácil conclusión de que nos sobran huacas, que solo importan las de los centros arqueológicos más prestigiosos y vinculados al negocio turístico.

Es así que mientras de un lado se descubre tumbas espectaculares con gran satisfacción de todos, de otro se destruye tumbas en medio de un clima que mezcla ignorancia con indiferencia. No siempre se trata de depredadores comerciales. También están algunas urgidas invasiones populares desde barriadas contiguas, por lo general disimuladas y paulatinas.

No todas las huacas nacen iguales. Que una tumba no sea un gran depósito de joyas y otras reliquias del poder no quiere decir que carezca de valor. La importancia arqueológica no siempre va de la mano con el brillo estético o el lustre histórico. Las huacas pueden ser consideradas tesoros en sí mismas, más allá de lo que contengan.

Una huaca bien protegida, cuidada y puesta en valor es además un activo urbanístico importante para cualquier distrito. Un caso es el que las poquísimas huacas que han sobrevivido en San Isidro y Miraflores funcionan para todo fin práctico como parques que valorizan el hábitat de las más variadas formas.

Esas, como muchas otras, son huacas que se han salvado por un pelo en otros tiempos. La célebre huaca Pucllana (también conocida como huaca Juliana) estuvo a punto de ser convertida en una ladrillera por hacendados-urbanizadores en los primeros decenios del siglo pasado. La acción decidida de las autoridades culturales de entonces pudo salvarla.

Todo esto lo deberían saber bien los dueños de las inmobiliarias Alisol y Provelanz que están, precisamente, en el negocio urbanístico. Salvo que se trate realmente de invasores de tierras coludidos con las autoridades que los han multado con la irrisoria suma de S/.7.000 por su fechoría. El juicio penal del Ministerio de Cultura debe seguir.


Fuente: La república (5/7/2013)


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