Rostworowski y su pasión por la historia

Por Domingo Tamariz Lúcar

Acaba de cumplir 98 años de edad. La ocasión no puede ser más propicia, pues, para hablar de esta singular mujer.

Hasta hace unos años, yo pensaba que María Rostworowski de Diez Canseco era polaca. Y me rebanaba los sesos pensando cómo una mujer de un país tan distinto y lejano pudo haberse prendado de nuestro recóndito pasado.

En una visita que hice, a fines de la década de 1990, al Instituto de Estudios Peruanos (IEP), del que fue una de sus fundadores y donde trabajó como investigadora hasta los 94 años de edad 1990, me percaté de que era peruana.

Su nombre y su rostro aparecen poco en los medios de comunicación, de ahí que la mayoría de los peruanos ignoren su extraordinaria labor, que la ha llevado –a través de 60 años de investigación– a desentrañar hechos y misterios de nuestra prehistoria.

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Doña María nació en Barranco el 8 de agosto de 1915. Es hija de padre polaco, el agrónomo Jan Rostworowski, y de madre puneña, Rita Tovar del Valle. A propósito diría alguna vez: “He sido concebida en los Andes, en Puno, y pienso que para mí eso es importante, porque creo que de ahí viene ese profundo sentimiento andino que tengo”.

Cuando cumplió 5 años de edad su familia se trasladó a Polonia, donde cursó sus primeros estudios, que luego prosiguió en colegios de Suiza, Inglaterra y Bélgica.

Retornó al Perú en 1935, dejando atrás un matrimonio del que siempre rehusó hablar y tan pronto llegó a Lima cortó formalmente.

Residió entonces en Huánuco, donde su padre había comprado una hacienda: “Yo estudié fuera, pero regresé porque necesitaba recoger mis raíces”, confesó años después.

Su interés por el pasado tuvo un gran aliado en Raúl Porras Barrenechea, quien la aceptó como alumna libre en sus cursos en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Porras la orientó en sus lecturas y le enseñó técnicas metodológicas: “Me dijo que tirara los cuadernos –recordó más de una vez–, cómo fichar y cómo hacerlo bien desde un principio”. Por esos años contrajo segundas nupcias con Alejandro Diez Canseco, quien alentó en todo momento su interés por la investigación histórica.

Sus primeros trabajos los volcó en el libro titulado Pachacute Inca Yupanqui (1953), en el que demostró el papel que había cumplido este inca en el logro de la grandeza del Tahuantisuyo.

A partir de entonces sus investigaciones fueron más intensas. En su Peugeot 404 recorrió todos los caminos del país que pudieran conducirla a descubrir la verdad. Hurgó en los archivos y confrontó documentos sin importarle las horas invertidas en esta labor.

Y llevada por esa pasión no tardó en publicar su segunda obra: Perú prehispánico (1960). Todos sus deseos iban viento en popa hasta que, en marzo de 1961, sufrió la súbita muerte de su esposo.

“Después de eso, fue un reto muy duro seguir viviendo. Ya tenía 46 años y me había forjado una carrera investigando... De un momento a otro tuve que dejar de lado la investigación y me vi obligada a ganarme los porotos; tenía dos padres ancianos que mantener, los problemas abundaban”, confesó sin ambages a la revista Debate en el 2000. Dos años después fue como misionera a un leprosorio de Loreto, donde permaneció dos meses. A su regreso obtuvo una beca para aprender quechua en la Universidad Cornell de Nueva York, y luego fue nombrada agregada cultural de la Embajada del Perú en Madrid.

De vuelta al país, en 1968, trabajó en el diario Correo como secretaria de Roberto Ramírez del Villar, y cinco años después fue nombrada directora del Museo Nacional de la Historia. Al concluir su gestión inició una colaboración estable con el IEP. Luego fue incorporada a la Academia Nacional de la Historia, a la par que siguió publicando libros que hurgaban en un pasado fantástico y marcaron hitos en el estudio de nuestros orígenes. Sus logros le han valido una multitud de reconocimientos y homenajes. Ha recibido las Palmas Magisteriales en el Grado de Amauta, la Medalla y Diploma de la Ciudad de Lima, el Premio Sigillo D’Oro de Palermo (Italia), el Premio Southern Perú y la medalla José de la Riva-Agüero y Osma, y es doctora honoris causa por varias universidades.

Ha escrito una veintena de libros, entre ellos algunos reveladores, como Doña Francisca Pizarro y la Historia del Tahuantinsuyo, su obra preferida. Y en esa ventura, esta excepcional mujer se acerca a los 100 años de edad rodeada del cariño de su hija única, Krisia, tres nietos y nueve bisnietos. Dios quiera que llegue al siglo saludable y, sobre todo, lúcida como hasta hoy.


Fuente: Diario El Peruano (18/8/2013)


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