"Piedra de Toque" (Prólogo)

Acabo de publicar en La Mula una reseña de la obra periodística completa de Mario Vargas Llosa (“Piedra de toque”. Barcelona: Círculo de Lectores, 2012, 3 vols.), publicada a mediados del año pasado. La reseña puede ser en apariencia tardía, pero en todo caso no deja de ser oportuna: el domingo, en la última de sus entregas, Vargas Llosa hizo una glosa de la vida y obra de Marc Bloch, el historiador francés fundador de la Escuela de los Annales. Así que para devolver el favor, yo publico aquí el prólogo que escribió nuestro novelista para las casi cinco mil páginas de sus textos periodísticos completos que son una invitación a leer de un modo distinto la historia cultural y política del último medio siglo (JMM).

Piedra de toque - Prólogo

Aunque lo había hecho desde muy joven, esporádicamente, comencé a escribir artículos de manera sistemática solo a partir de 1962, para el diario “Expreso”, de Lima, que me pagaba esas colaboraciones semanales con un par de pasajes de avión que me permitían pasar en el Perú las vacaciones anuales de un mes que tenía en la Radio Televisión Francesa, mi trabajo alimenticio de aquellos años.

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Los escribía en mi día libre, los domingos, en mi minúsculo departamento de la Rue de Tournon. Me costaban un esfuerzo enorme que me mantenía por lo general sentado a la máquina de escribir todo el santo día, con una pequeña pausa para comer un sándwich con una limonada en el bistrot de la esquina. En la noche, si el texto me había salido presentable y estaba con fondos, me premiaba yendo a La Coupole a dar cuenta de un curry de cordero con un vaso de buen vino (allí solía divisar siempre, bebiendo y fumando, al solitario Giacometti). Los días de suerte, ya tenía el tema elegido, pensado y repensado durante la semana, pero, aun así, hacía varios borradores, el primero siempre a mano, antes de teclear el original. Lo bravo era llegar al final de la semana sin saber sobre qué escribiría, tener que buscar afanosamente algún asunto sugerente en la prensa inglesa, pues en Francia, en esa época, no salían diarios los domingos. Muchas veces me dio la medianoche sin haber redondeado del todo las cinco páginas del artículo.

Pero, pese a los muchos dolores de cabeza que me daban, siempre me gustó escribirlos. Era una vacación, un respiro semanal en la tarea de años que me significaban las novelas, y, también, una zambullida en la actualidad cotidiana, un paréntesis de realidad concreta que me distraía de tantas horas sumido en la ficción el resto de la semana. Comentaba libros que leía, exposiciones que visitaba, estrenos de teatro, casas y museos de escritores, asuntos políticos, viajes, y, también, con frecuencia, los debates que suscitaban en Francia los grandes temas de la época: las guerras de Argelia y de Vietnam, la Revolución cubana, el terrorismo de la OAS, el gaullismo y la Quinta República, el testimonio de los disidentes que se filtraban en Occidente a través del telón de acero y el descubrimiento por Europa de la literatura latinoamericana. Esos artículos eran a veces estrictamente informativos pero, también, a menudo, de opinión, pues en ellos me permitía defender o criticar ciertas opciones culturales o políticas con una libertad que era inalcanzable en mi trabajo de redactor de la Agencia France Presse o la Radio Televisión Francesa.

Escribir artículos era –sigue siendo- para mí una operación muy distinta a la de escribir ficciones. En ellos siempre he procurado privilegiar la razón sobre la pasión, aunque, algunas veces, no lo haya conseguido y, guiado por la exaltación del momento, me excediera. Pero, en general, en estos textos hay un esfuerzo constante de racionalidad, de analizar asuntos concretos y opinar sobre ellos con argumentos accesibles a cualquier lector, y una utilización del lenguaje como algo funcional, que rehúye lo llamativo y trata de que las palabras alcancen esa transparencia que las vuelve invisibles. Cuando escribo estos artículos tengo siempre presente la sentencia de Raimundo Lida: “Los adjetivos se han hecho para no usarlos” (mandato que va contra mis impulsos naturales). Ellos me sirven para sentirme viviendo la vida de la calle y de mi época, inmerso en la historia haciéndose que es el reino del periodismo. Descubrí este reino cuando tenía quince años, en el diario “La Crónica”, de Lima, y desde entonces lo he ejercido (y es seguro que lo seguiré ejerciendo mientras pueda) sin interrupción, como redactor, reportero, cabecero, editorialista y columnista. El periodismo ha sido la sombra de mi vocación literaria; la ha seguido, alimentado e impedido alejarse de la realidad viva y actual, en un viaje puramente imaginario.

Muy distinto ha sido siempre mi uso del lenguaje cuando escribo literatura, donde las palabras no pueden ser jamás, como en el periodismo, solo un intermediario, sino también, al mismo tiempo, un fin en sí mismo, una manera de expresarse que determina la personalidad de una historia, ese sutil elemento que la libera de ser una mera representación objetiva de la vida y le imprime soberanía, una vida propia y distinta de la real. A la hora de escribir historias, el lenguaje no expresa una realidad que lo precede, que existe antes y fuera de él; el lenguaje va creando otra realidad, dotándola de una existencia que resulta tanto de las ideas como del ritmo, la entonación y la música de las palabras que la nombran. Cuando escribo un artículo suelo tener una seguridad en el empleo del lenguaje que no tengo jamás cuando escribo una historia, experiencia en la que muchas veces me domina la sensación de no saber lo que quiero decir hasta encontrar la manera de decirlo, en otras palabras, de ser yo mismo un instrumento a través del cual la historia que quisiera contar se expresa a sí misma gracias a la escritura.

Aunque el periodismo y la literatura tienen muchas cosas en común, son esencialmente diferentes, precisamente porque en ambos géneros la relación del que escribe con el lenguaje es muy distinta y también lo es la realidad que cada género comunica. El periodismo forma parte de la realidad en la que nacemos, morimos y vivimos y la literatura es una realidad aparte, creada por la imaginación y las palabras, con la que suplantamos a la realidad real, para escapar de ella o tratar de entenderla, o para encontrarle un orden y un sentido, un artificio que enriquece la vida y le da mayor intensidad y sutileza. Vivir la realidad es hermoso y exaltante y sin la literatura la vida sería más pobre y mediocre de lo que es; pero, sin el periodismo, esa brújula que nos permite encontrar caminos y direcciones en el laberinto en el que nos sume la historia cotidiana, seríamos infinitamente más vulnerables e indefensos frente a la adversidad, menos capaces de ser protagonistas y responsables de las aventuras y desventuras que configuran nuestro destino.

Muchas de las historias que he inventado nacieron de experiencias que viví gracias al periodismo, como se puede advertir en los artículos aquí reunidos. Ellos dan cuenta a veces de esas etapas en las que se fue gestando el embrión de una historia en mi vida personal sin que yo lo advirtiera. Gracias a aquella profesión, pude conocer ambientes, lugares, personas, problemas, que ensancharon enormemente mi horizonte vital y muchas veces me despertaron curiosidades y me llevaron a explorar temas y personajes de los que resultaron luego novelas u obras de teatro. Por eso, el periodismo no ha sido jamás para mí uno de esos trabajos que se padecen como una servidumbre; fue, siempre, también, un compromiso, una aventura y una fuente inagotable de conocimientos.

Desde niño me fascinó la idea de esa “piedra de toque” que, según el diccionario, sirve para medir el valor de los metales, una piedra que nunca vi, que todavía no sé si es real o fantástica. El nombre se me impuso de inmediato a la hora de bautizar mi columna periodística. Una columna en la que, desde hace más de cuarenta años, un domingo sí y otro no, me esfuerzo por comentar algún suceso de actualidad que me entusiasme, irrite o preocupe, sometiéndolo a la criba de la razón y cotejándolo con mis convicciones, dudas y confusiones. Una columna que me obliga a ver claro en la tumultuosa actualidad y que me gustaría ayudara a mis presuntos lectores a tomar posición sobre lo que ocurre a su alrededor.

Esta es la historia de “Piedra de toque”, estos tres volúmenes de textos periodísticos que ha rescatado, anotado y editado con una paciencia y un rigor que no tengo palabras suficientes para agradecerle, mi amigo Toni Munné. Hojeando la imponente colección de pruebas listas para la impresión, descubro que el periodismo ha ocupado mi vida casi tanto tiempo como la literatura, que ha sido su reverso y complemento, y que en esos textos para revistas y periódicos he ido trazando a lo largo de los años, sin pretenderlo ni siquiera saberlo, una autobiografía intelectual. Todo está allí, documentado semanal o quincenalmente, lo que hacía, veía y oía, los viajes y los libros, los amigos y los enemigos, las manías, las fobias, las simpatías y las diferencias, las ilusiones y desilusiones políticas, mis opiniones y rectificaciones, mis aciertos y mis errores, mis encantos y desencantos literarios, y también, y acaso sobre todo, constante y voraz, una pasión infantil por vivir todo mi tiempo hasta los tuétanos.

Sartre escribió que las palabras eran armas y que debían usarse para defender las mejores opciones (algo que no siempre hizo él mismo). En el mundo de la lengua española nadie practicó mejor esta tesis que José Ortega y Gasset, un pensador de alto rango capaz de hacer periodismo de opinión sin banalizar las ideas ni sacrificar el estilo. Creo que a la hora de escribir mis artículos ambos autores me sirvieron siempre de paradigma y es de justicia citarlos.

Mario Vargas Llosa
Madrid, julio de 2012


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