Publican nueva historia republicana de Chile, que busca volver a las fuentes

Una nueva historia del Chile republicano, que abarca desde 1808 hasta 1973, lanza un grupo de destacados historiadores. En esta buscan dejar plasmadas las novedades en el conocimiento de nuestro pasado que se han acumulado producto del ingente trabajo de numerosas investigaciones, a la vez que lo quieren hacer libres de cualquier exceso ideológico.

Por Daniel Swinburn

Los movió el afán de volver sobre hechos conocidos por el público ilustrado, pero que en los últimos años han sido objeto de una excesiva ideologización por algunos trabajos históricos que no los satisfacen. Han querido volver a poner el énfasis en los individuos, luego de una moda historiográfica que ha durado ya largos años y que pone el acento en las estructuras. El proyecto de esta Historia de la República de Chile -que en este primer volumen que ve la luz abarca desde el fin de la monarquía a los orígenes de la república, 1826- surgió en 2005, teniendo en vista el Bicentenario. Aunque originalmente fue un proyecto de la Academia de la Historia, más adelante dejó de serlo, y están participando historiadores que no pertenecen a ella. Colaboran en este primer volumen Teresa Pereira, Isabel Cruz, Lucrecia Enríquez, Isidoro Vázquez de Acuña, Carlos Aldunate, Ricardo Couyoumdjian, y los editores de la obra, Juan Eduardo Vargas y Fernando Silva. Con algún retraso en la partida, los editores mantienen la esperanza de que en 2018, "cuando en rigor deberá celebrarse el segundo centenario de la independencia de Chile, la obra se haya logrado completar. Ya estamos preparando el segundo volumen, del período 1826-1881".

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Los editores de la obra -Vargas y Silva- responden estas preguntas que no buscan interpretar necesariamente a todos los autores de este trabajo colectivo.

-Se dice en la presentación que se requería de una puesta al día de la producción historiográfica reciente. ¿Cuáles son los algunos de los aportes temáticos más novedosos de esta nueva producción?

J.E.V.: "Aprovechamos de incorporar nuevos materiales que, si bien no constituyen novedades muy llamativas, contribuyen a una mejor comprensión del período. Hay, por ejemplo, dos series de fuentes impresas de gran utilidad y poco empleadas, como los archivos de O'Higgins y de Carrera, además de numerosas monografías, algunas importantes, que abren otras perspectivas, subrayan la actuación de diferentes actores y, tal vez, contribuyen a matizar ciertas afirmaciones. Y, por cierto, hemos aprovechado la existencia de algunas tesis universitarias de valor, como una relativa a los secuestros de los bienes de los enemigos, mecanismo aplicado primero por Osorio y Marcó, y, más tarde, por O'Higgins. Hemos buscado, además, poner énfasis, en la medida de lo posible, en el desarrollo de los procesos en Concepción, La Serena y Valparaíso, puesto que la emancipación no fue un proceso exclusivo de Santiago. Por último, hemos pretendido narrar la independencia chilena en estrecha relación con lo que estaba ocurriendo contemporáneamente en España, en el Río de la Plata y en el Perú. Nos parece imposible entender lo sucedido en Chile, con sus llamativos vaivenes, sus ambigüedades y sus contradicciones, si no se considera que la fragmentación del imperio fue un fenómeno generalizado, en el cual las influencias entre los actores de los diversos territorios son extraordinariamente marcadas. Por ejemplo, buena parte del ideario liberal procede, como es sabido, de la propia España, y se traslada a Chile por la vía de Buenos Aires. Nos ha ayudado mucho en nuestra obra la aparición de numerosos trabajos, algunos de gran calidad, sobre la crisis de la monarquía, sobre la emancipación en el Perú, sobre las respuestas de la península ante los movimientos independentistas en América, y pensamos que todos ellos permiten aclarar ciertas incógnitas".

-Han querido prescindir de los llamados criterios conceptuales y de los marcos teóricos, pues a menudo se abusa de ellos. ¿Hasta dónde se puede prescindir de ellos para diseñar un relato histórico sin caer en un mero recuento o reseña?

J.E.V.: "La historia es una narración de actuaciones de los hombres y un ejercicio de comprensión del pasado. Ese ejercicio supone elaborar ciertas hipótesis que permitan orientar el trabajo en las fuentes. Si el producto de mi investigación no satisface mi hipótesis, con el dolor de mi alma lo debo desechar. Es lo que ocurre con cualquier investigación. Los llamados marcos teóricos son hipótesis convertidas en axiomas. Y sabemos que los axiomas no admiten demostración. Lo que encuentre en las fuentes, si no encaja en mi marco teórico, lo desecho. Y si encuentro algo que lo confirme, la investigación quedó concluida. Pero lo que resulta de ahí no es historia. No veo por qué lo que es metodológicamente inadmisible para el más elemental raciocinio deba admitirse en la historia, cuando bien sabemos que lo que resulta de ese artilugio intelectual es solo una petición de principios".

F.S.V.: "Además, no hay que olvidar que la historia es muy pretenciosa: quiere entender el comportamiento de seres humanos de hace 100 o 200 años, y esto sobre la base de las leves huellas que dejaron, o que debiendo dejar, no dejaron. Si apenas comprendemos a nuestros contemporáneos, se advertirá cuán difícil es la tarea del historiador. Este debe tratar de interpretar esas huellas, lo cual supone un trabajo intelectual bien diferente a un recuento. Sin perjuicio de lo anterior, en ocasiones lo único que permiten las fuentes es elaborar un recuento...".

-Habría una "creciente ideologización en el estudio de nuestro pasado, especialmente a finales del siglo XX", se lee en la presentación. ¿Cuáles son los efectos de esta ideologización?

F.S.V.: "Hacer de la historia del período una caricatura. ¿Le parece poco? Los buenos serán en algún momento los integrantes del bajo pueblo, los aborígenes, los grupos medios; los malos, los comerciantes, los terratenientes, los pelucones. En otro momento, y según la coyuntura, tendremos cambios, pero siempre la historia será la lucha de los buenos, la gran mayoría, contra los malos, siempre unos pocos. Es un maniqueísmo llevado a la puerilidad. Y no me refiero únicamente a los viejos historiadores marxistas, como Jobet o Ramírez Necochea, sino a los pertenecientes a las generaciones más jóvenes. Este es, por cierto, un fenómeno generalizado que se puede ver en los departamentos de Historia de todas las universidades del mundo, con la correspondiente respuesta, igualmente ideologizada, de los historiadores liberales, conservadores, progresistas y un largo etcétera. Pero lo que me produce más desazón es que las tendencias ideológicas ponen a la historia al servicio de los partidos. Y no es un misterio para nadie que la historia, en manos de ellos, es una herramienta de extraordinario poder. La convierten en ciencia, inventan leyes rigurosas como las de la física y después elaboran explicaciones inamovibles que permiten enjuiciar a los enemigos ideológicos y hacer la hagiografía de los amigos. A este respecto conviene tener presente los efectos de los programas oficiales de historia en nuestro país y en muchos otros de América y de Europa".

J.E.V.: "Para el período que hemos tratado se percibe este sesgo ideológico en la valoración de algunos de los actores de la emancipación: se deprime a unos y se ensalza a otros por la actitud exhibida, por ejemplo, respecto de las libertades públicas, como ocurre con la contraposición entre O'Higgins y Freire. Y para ilustrar la actitud represiva del primero se acude, por ejemplo, a la cita de ciertas normas elementales de higiene y de convivencia en las calles, que son calificadas, como cabía esperar, como prácticas de "disciplinamiento" del bajo pueblo". La historia es más compleja que eso.

-¿Existe hoy una subutilización de las fuentes para escribir la historia de Chile?

J.E.V.: "Se aprecia, efectivamente, una tendencia a prescindir de las fuentes o a usarlas con inquietante moderación. Esto, que es perfectamente legítimo en un ensayo, no lo es en un trabajo histórico. Me parece que existe una deficiencia en la formación de los historiadores que los aleja de las fuentes. Las escuelas de Historia deberían ser especialmente cuidadosas en asegurar a los estudiantes una especial capacidad para manejarlas, criticarlas y utilizarlas bien".

F.S.V.: "Siempre la tesis para optar al grado de Licenciado en Historia fue en las universidades la verdadera valla que debía superarse para mostrar las capacidades del estudiante. El director de la tesis percibía habitualmente los vacíos que presentaba: incapacidad para elaborar una hipótesis de trabajo, enormes dificultades para sacarle partido a los documentos y falta de manejo del idioma para redactar. El remedio fue admirable: en muchas escuelas se eliminó la tesis. Se han multiplicado los doctorados, para los cuales la tesis sigue rigiendo. Hoy, estas no son mejores que las antiguas tesis de Licenciatura. Todos los años debo revisar varias tesis de diversas universidades y, en general, son deplorables. No entiendo cómo, después de varios años en la universidad, y de, supongo, muchas lecturas, los estudiantes no hayan adquirido la capacidad de sacar provecho a las fuentes".

-¿Reivindican ustedes cierto retorno a las bondades del positivismo para escribir historia?

F.S.V.: "Nunca deja de sorprenderme que en Chile se califique de positivista a quien, para un trabajo de historia, usa fuentes documentales. ¿Se pretenderá, tal vez, dar curso libre a la imaginación, usar técnicas propias de la sociología o volcarse a la psicología para reconstruir el pasado? Eso se puede hacer, y hay ejemplos exitosos y bien conocidos de esa práctica. Pero el resultado se llama novela -o novela histórica, si se prefiere-, pero no es historia. Porque la historia es una narración, pero no es una novela".

-¿No hay un uso excesivo de la Historia General de Chile de Diego Barros Arana, como fuente, en el libro? ¿Se justifica su uso profuso?

J.E.V.: "De los 16 tomos de la obra de Barros Arana en su primera edición, que cubren desde el descubrimiento y conquista de Chile hasta la constitución de 1833, siete -desde el VIII hasta el XIV- están destinados a tratar el período 1808-1826, que es el que comprende el tomo I de nuestra obra. Casi la mitad de la Historia General de Barros Arana cubre los 18 años de la emancipación. Este desequilibrio tiene una explicación: el padre del historiador fue contemporáneo y actor secundario de ese proceso, como lo fueron los parientes y amigos de aquel, y esa circunstancia motivó a don Diego a tratar de conocerlo en profundidad, para lo cual logró reunir una cantidad impresionante de material sobre él. Además, el conocimiento personal de muchos de los protagonistas le permitió recoger de ellos versiones sobre los hechos en que participaron, contrastarlas y compararlas con las informaciones oficiales, por lo cual su exposición acerca del período es de una riqueza y de una precisión asombrosas. Por tal motivo, para nosotros, y para cualquiera que estudie la independencia, Barros Arana sigue siendo absolutamente indispensable como fuente. Se puede observar que utilizamos frecuentemente las informaciones que da en las notas, que son de un valor extraordinario. Pero, en verdad, más que el detalle de los hechos, que en Barros Arana es exhaustivo, nos interesa su interpretación. Y allí no siempre coincidimos...".

-Han querido recuperar la importancia de la historia política en los hechos históricos, para poner el acento en la importancia de la libertad individual. ¿Podría explicar mejor el motivo de esta opción?

J.E.V.: "La historia la hacen los hombres. No la hacen las estructuras, no la hacen los sistemas, no la hacen las instituciones. Las estructuras, los sistemas y las instituciones están formados por personas. Y el deber del historiador es centrar su investigación en ellas. La Real Audiencia, por ejemplo, no fue una entelequia que funcionaba de manera automática dando a cada uno lo suyo en sus sentencias. Fue un tribunal que estuvo formada por hombres, algunos de gran calidad intelectual y humana, y otros notoriamente incompetentes, sin que faltaran los rufianes. Con la difusión, desde el siglo XVII, de la venalidad, se hizo común la adquisición de plazas por beneficio, es decir, por compra. Esto suponía recuperar la inversión, y los oidores no dudaron en emplear toda suerte de prácticas corruptas con tal propósito y, sobre todo, con el fin de acumular fondos y seguir progresando, siempre por la vía venal, en sus carreras. Además, no faltaron oidores que, por su personalidad, supieron imponerse sobre los demás, lo que los capacitaba para arrastrar a la mayoría del tribunal en favor de una sentencia en la que estaban personalmente interesados. El historiador, si quiere entender cómo funcionaba realmente ese organismo, habrá, pues, de examinar el comportamiento de sus integrantes. Y si historiamos el siglo XIX chileno, la comprensión de la forma en que actuaban los parlamentarios nos permitirá comprender el papel desempeñado por el Congreso y, yendo más lejos, apreciar que la construcción de la República fue obra de los políticos y de la política".

-Se avanza poco en la vida personal de muchos de los protagonistas y su perfil íntimo, personalidad, rasgos psicológicos, etcétera. ¿Falta investigación al respecto o las fuentes no dicen más que lo que ya se sabe?

F.S.V.: "Efectivamente, faltan biografías modernas sobre los protagonistas de la independencia. Hay varias del siglo XIX, como las de Vicuña Mackenna, que, aunque siguen siendo útiles, están sobrepasadas. Y algunas de las recientes no son satisfactorias. Por otra parte, este libro es una síntesis dirigida a un lector culto y no podía abundar en la vida personal de los prohombres del período. Supusimos que muchos de esos aspectos, como, por ejemplo, la vida sentimental de O'Higgins, además de ser conocidos, no aportaban a nuestro propósito de hacer más inteligible este período. Lo que sí nos pareció interesante fue intentar barruntar de qué manera los actores principales -Carrera, por ejemplo- lograron vencer las dificultades, o sucumbieron a ellas, en un escenario que es muy propio de la historia política y en el que emerge la pugna, no siempre consciente, entre la tradición y la modernidad política".


Publicado en la sección Artes y Letras del diario El Mercurio (8/9/2013)


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