En recuerdo de Jorge Puccinelli

El Instituto Raúl Porras de San Marcos le rendirá homenaje este viernes 18 de octubre en su local de Miraflores

Hace un año, cuando falleció Jorge Puccinelli, mi maestro y yo estábamos distanciados. La insidia de algunas personas y la mala fe de otras había logrado alejarnos de un modo en el que ninguno de los dos fue capaz de dar el primer paso para restablecer una amistad de larguísimos años, que transitó siempre entre libros y su memoria prodigiosa, que fatigaba jornadas enteras en cálidas conversaciones, sazonadas siempre con divertidas anécdotas sobre escritores y que conoció todo tipo de pruebas, pero que en el postrero instante no supo salvar la última de ellas. La noticia de su deceso, que me sacudió de un modo como supongo yo sacude a un hijo la muerte de un padre, me llegó a través de Facebook y esa es una manera de decir que fue de la peor forma y una medida exacta de esa distancia que habíamos puesto ambos en nuestra relación.

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Cuando lo conocí era todavía estudiante de Historia en San Marcos, casi un cachimbo, lo que no evitó que el prestigioso ex decano de su Facultad de Letras mostrara interés en conocerme. Tal vez animado más por lo que Miguel Maticorena, quien fue el que me llevó a la casa de la calle Colina, su búnker durante más de medio siglo, le había exagerado de mí que por méritos reales. Cuando llegué estaba más entusiasmado por conocer a quien había sido alumno, discípulo, colega, amigo y finalmente albacea del gran Raúl Porras Barrenechea que por la perspectiva de encontrar trabajo. No fue tarea ardua entender rápidamente que en ese franciscano instituto de investigación que posee y desdeña San Marcos trabajo no había, pero que era mucho más lo que podía ofrecer y que finalmente encontré.

Luego de una amable conversación, en la que entreví que Puccinelli medía mis conocimientos literarios e históricos, me pidió que lo ayudará con unas pesquisas en bibliotecas y archivos de algunos datos que le faltaban para una investigación que realizaba y cuyo título no podía ser más sintomático de lo que leería, escucharía y conocería los próximos años: “José León Barandiarán, crítico literario”. Luego lo ayudaría, con algunas fichas, en otras investigaciones pero guardo especial recuerdo de una que me marcaría para siempre: “Epítome cronológico del Periodismo Peruano”.

Ese era el tipo de investigaciones y estudios que Puccinelli realizaba y cuyo interés contagiaba a los demás: eruditas, interdisciplinarias, sesudas hasta agotar la última página y el último folio. Yo, que me creía un experto en hacer fichas, aprendí a hacerlas mejor y más provechosas con él. Cuando en una ocasión, ya trabajando en la biblioteca del Instituto Porras, le mostré la estructura de una base de datos bibliográfica que había elaborado, no pude evitar ver en su rostro una mirada de satisfacción cuando se percató que esta era casi una copia fiel de las fichas que me había enseñado a hacer.

Con Puccinelli aprendí, también, el arte de la corrección de textos. Hasta antes de conocerlo había hecho correcciones de un modo brutal y salvaje, y más salvaje todavía era la forma que tenía de hacer mis anotaciones. Mis pinitos en la simbología de la edición y corrección de galeras, los hice con él y no me avergüenza decir que todo lo que sé lo aprendí exclusivamente con él. Hoy, con la irrupción de las computadoras en nuestras vidas, ese es un arte casi olvidado, pero a mí me alegra saber que fui un privilegiado al tener por maestro, en la edición de textos, al mejor de todos. Porque si algo fue Jorge Puccinelli, fue Maestro antes que todo y por encima de todo.

Pero todo esto que menciono es apenas una pequeña muestra del universo de cosas que aprendí bajo su magisterio y que nunca supe agradecer adecuadamente. Hoy, que ya no está con nosotros (y el plural no es gratuito, porque somos legión los deudores de Puccinelli), me ufano de decir que, en lo que respecta a mi vida intelectual o académica o como quiera llamársele, he tratado de honrar a mi maestro. De ser fiel a su recuerdo y de no embarrar su magisterio siendo lo más pulcro posible cada vez que escribo, menos torpe cuando investigo o laxo en la escrupulosidad que él siempre me enseñó a perseguir y alcanzar.

¿Cuál fue el motivo de la disputa que nos alejó irremediablemente? Creo haberlo contado antes y no viene al caso hacerlo hoy. Solo diré que mi amigo Gabriel García Higueras, historiador de San Marcos y también uno de los muchos historiadores a los que Puccinelli promovió y ayudó desinteresadamente, animado solo por el talento que algunos de ellos mostraba (como fue el caso de Gabriel), estuvo a punto, en una ocasión, de convencerme de buscar a mi maestro y restablecer la amistad perdida. Pero eso no ocurrió y al momento de escribir estas líneas no puedo evitar recordar a Stephen Dedalus, el personaje de James Joyce de “Retrato del artista adolescente”, rumiando su frustración de no haber complacido a su madre moribunda de pedir perdón a Dios de rodillas por puro orgullo. Porque cuando sobreviene la muerte intempestivamente, no hay arrepentimiento que valga o lamento que funcione.

A mí, cuando hablo de mi viejo maestro, me gusta contar siempre que, literalmente y sin exageración alguna, gracias a él no me morí de hambre en España cuando viaje becado. Mi esposa había dado a luz poco antes de mi viaje y por complicaciones con el parto hubo que practicarle una cesárea en una clínica privada. Casi todo el dinero que habíamos ahorrado para mi viaje se fue en la operación. Y al llegar allá, tardaron cerca de un mes en entregarnos la subvención para nuestra estadía. Puccinelli (que además me proporcionó una elogiosa carta de presentación que siempre he creído fue la que determinó que obtuviera la beca), me dio 200 dólares para que le trajera unos libros. “Pero si en algún momento tienes problemas o los necesitas, dispón de ellos con toda confianza”, me dijo el día anterior a mi partida. Hasta hoy, en cada acto de mi vida, procuro honrar ese gesto de generosidad que cambió mi vida.


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