Santero y caminante del Perú profundo

Por Manuel Burga | Historiador y docente universitario

Santoruraj-ñampurej es la traducción al quechua de la frase Santero y caminante, título de un libro testimonial de Jesús Urbano Rojas (1925) y Pablo Macera (1930), el artesano y el historiador.

Publicado en 1992 y para mí, como para muchos, este libro pasó algo desapercibido en los medios académicos limeños. Un artista popular andino contando sus historias, contando su vida en realidad.

Es un libro muy original, atípico, que cuestiona la autoría de los autores, ya que ellos dos parecen dialogar. Macera pregunta, no con una exigencia de etnógrafo o sociólogo, sino que más bien aviva su memoria, lo deja hablar, divagar, repetirse, rectificarse. Lo deja ser como es.

He regresado a leer este libro y me ha cautivado hacerlo, recordar esos años en que se desarrolla la vida de este personaje y constatar la pasión con la que habla, comprometido con el mundo en que vivió, lleno de misterios, valores, caminos y memorias. Como si el inca estuviera a la vuelta del camino y como si los cerros miraran.

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Pablo Macera, entonces, tenía una voz muy escuchada en el país. Ahora, al igual que Jesús Urbano, que vive instalado en Chaclacayo, exiliado por la guerra reciente, a poca distancia uno de otro, ambos llevan una vida recatada y silenciosa, después de haber contribuido, como muchos, a la invención de la nación peruana.

Avanzado el libro, Jesús Urbano dice: “Soy mortal y todos somos de tierra y debo morir y no puedo mentir. Lo que voy a contar es verdad”. Esa es la sensación que se tiene cuando habla de su infancia en Huanta, en contacto directo con las plantas, animales, a los que había que sembrar, alimentar y cuidar.

Manejar la chaquitaclla a los 10 años, conducir la yunta a los 12, lo empujó a la aventura, a dejar la casa, caminar muchas horas y llegar a Huamanga.

Se convirtió en un niño que quería caminar, ver el mundo, conocer la ciudad y probar suerte. Sus padres dijeron “se fue el Jesús” y la vida continuó. En Huamanga tuvo que trabajar en lo que pudo, hasta que conoció a un señor que apreciaba las flores que como niño jardinero le regalaba: don Joaquín López Antay (1897-1981), Premio Nacional de Cultura (1975), quien le contó lo que hacía y Jesús recordó que su padre también era ceramista.

Poco a poco, ganó su amistad, se acercó a los secretos del artesano, de fabricante de cajones San Marcos, hasta que prácticamente don Joaquín lo adoptó y le enseñó sus secretos, pero todo eso después de que el maestro le exigió conocer a sus padres.

Pero también fue caminante. Pasada su adolescencia, conoce una mujer, hija de arrieros y caminantes, se juntan y lo incorporan como uno más en los largos viajes, de meses, hacia diversas direcciones, costa, sierras vecinas, selvas lejanas, para intercambiar productos, hacer negocios, trocando lo que tenían, con lo que otros necesitaban.

Toda tierra tiene su fuerza y su especialidad, dice Jesús. No hay que pedirle papa a la quechua ni maíz a las punas. Hay que saber pedirles y hacerle siempre su pagapu, su rito o pago.

Pero Jesús Urbano llevaba en la sangre y el alma los Cajones San Marcos, por todo lo que ellos significaban, pero se preguntaba cómo vivir de ello, cómo venderlos, a quién. De nuevo don Joaquín lo ayudó, ahora su experiencia de caminante le sirvió, ya que sabía dónde compraban y por qué compraban, qué santos preferían, qué representar en los cajones, porque ellos servían para hacer los pagos.

Agricultores y ganaderos, hacendados y campesinos, en la medida de sus posibilidades, pedían cajones San Marcos, grandes o pequeños, con los santos cristianos que servían para proteger sus ganados y sus cosechas.

No contento con conocer el oficio, decide enseñar lo que sabe, para que ese arte no muera, organiza una escuela informal, pide ayuda a la municipalidad, reúne a artesanos de las diversas especialidades y comienza a formalizar una escuela de artesanos.

No tuvo mucha ayuda al inicio, la pide a Lima cuando se hace conocido en la gran ciudad, cuando sus retablos eran solicitados incluso en el extranjero y comienza a preguntarse –sin encontrar una clara explicación– por qué esos cajones San Marcos, artefactos mágicos que hacen florecer la vida en las regiones andinas, también los solicitaban fuera de esas altas tierras.

¿Era un gran artista o el Perú era una nueva nación que apreciaba lo que a la gente de las serranías les gustaba?

Me parece que el Perú actual, su sistema educativo, las actitudes ciudadanas, las políticas públicas, se encaminan por búsquedas interculturales, por encuentros con el otro, los otros, que se han convertido en ciudadanos políticos y culturales.

Por eso me parece pertinente recordar este libro, que nos muestra un itinerario para unir esos mundos que Pablo Macera y Jesús Urbano Rojas supieron hacer.

Publicado en el diario El Peruano (Publicado: 16/11/2013)


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