Aldo Mariátegui o el Arte de escribir muletillas

"Escribir puede ser más tedioso que placentero, y el periodismo más una degradación que un deber. Pero escribir una columna regular sobre cualquier tema que se nos ocurra es uno de los grandes privilegios de la vida". De este modo empieza Paul Johnson su clásico texto sobre “el arte de escribir columnas”. Un breve ensayo que no solo todo estudiante de periodismo o aspirante a serlo debería leer, sino también todo aquel que, periodista o no, goza de ese gran privilegio del que nos habla Johnson.

Johnson, que es un periodista inglés metido a historiador (o un historiador metido a periodista, según como quieran verlo ustedes), no es muy popular entre los miembros de la tribu de Clío. Y no lo es por la sencilla razón de que estos niegan que sus libros sean investigaciones históricas propiamente dichas. Hay quienes señalan que su método de trabajo y redacción obvia las más elementales reglas del quehacer historiográfico y que su manía por el detalle curioso o poco conocido y las anécdotas, en las que es un campeón consumado, poco contribuyen a explicar los fenómenos sociales, períodos históricos o biografías de las que se ocupa. Lo suyo es, sentencian, periodismo del bueno, en la mejor tradición inglesa del mismo, y nada más; como si con ello dieran por zanjada la polémica.

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En tanto que en la otra orilla se encuentran los periodistas, para quienes toda esa erudición con la que deslumbra Johnson a sus lectores es una prueba categórica de que lo suyo es historia y no periodismo, con lo que terminan resintiendo a este con la erudición (y, de paso y tal vez sin proponérselo, a Manuel Atanasio Fuentes, Adán Felipe Mejía y Federico More, por mencionar solo a tres periodistas tan eruditos como excelentes prosistas, los mejores que haya yo leído). Si a esto le sumamos sus posiciones ultraconservadoras y católicas, solo apreciamos al Johnson historiador quienes lo leemos con la devoción de los feligreses asiduos al templo de la sabiduría y la erudición. Sin embargo, sus columnas han tenido mejor suerte entre ambos, historiadores y periodistas, y el público no especializado, que es de donde proviene la gran legión de sus lectores. Reunidas las mejores de ellas en un libro, “Al diablo con Picasso y otros ensayos”, las releo bastante seguido para recordarme a mí mismo que escribir una columna, como dice Johnson, puede ser más “una degradación que un deber”.

Lo he recordado especialmente leyendo la columna que publica hoy Aldo Mariátegui en Perú 21 y la que publicó ayer en El Comercio, con lo que ha quedado poco menos que demostrado que quienes dirigen esos diarios (o por lo menos, a quienes se les ha encargado hacerlo y escogen a sus columnistas) saben tan poco de periodismo y nada del arte de escribir que seguramente jamás han oído hablar de Johnson, mucho menos leído. El propio Mariátegui es el perfecto ejemplo contrario de lo que este inglés define como un buen columnista y la cansina comprobación de que no solo escribe con anteojeras, el hígado y una lista al lado de “a quien maleteo hoy”, sino que además lo hace muy mal. Es decir, escribe como si lo hiciera con dos manos, o pies, izquierdos, esos que tanto aborrece.

En el nombre de la sacrosanta libertad de expresión no se le puede permitir a Mariátegui perpetrar en las páginas del decano, o en las del no menos importante Perú 21, las cosas propias de un ganapán en plan de “tengo mi columna y escribo lo que quiero” (para felicidad y complacencia de sus patrones de turno), pero, por favor, al menos que lo haga con un mínimo de decoro estético o de buen gusto, ¿no? Después de todo, en las mismas páginas que ahora lo cobijan los domingos desplegaron su arte Ricardo Palma, César Vallejo y Federico Mould Távara, por citar solo tres plumas emblemáticas en la historia de nuestro periodismo y de esa casa editora.

Su columna de hoy en Perú 21 adolece, además de los muchos defectos de siempre, de la insufrible y disforzada repetición de argumentos resabidos y relamidos de todas sus columnas, con lo que pone en evidencia que la originalidad de ideas en su familia se saltó su generación. Peor aún, raya en ese racismo y desprecio por los demás que nunca se ha molestado en ocultar o disimular y que parece más propio y digno de un panfleto de Goebbels que de un diario como Perú 21: “Campesino gemebundo, tía bacán, curita verde, político radical, caviar sofisticado, ecologista preocupado, juez sabihondo, artista posera o llorona oenegera”.

Pero donde yerra más Mariátegui al escribir es en su texto de ayer en El Comercio. La utilización que hace, por ejemplo, de la figura retórica de la reiteración no solo es torpe y burda sino además huachafa. Su reiterativa “Que hubiese pasado si…” poco contribuye a reafirmar y remarcar lo que seguramente era su principal objetivo, y que en sus manos se convierte en una oda a la muletilla (“Que hubiese pasado si se hubiera…”).

¿Qué ha sucedido en nuestro periodismo y en el diario más antiguo del país para que una columna tan mal escrita y soberanamente huachafa se publique con tantas infracciones al buen gusto, la correcta escritura y la ponderación que se le reclama a cualquier articulista? ¿Es que acaso ya a nadie le interesa hacer, y escribir, buen periodismo abocados como están a su agenda ideológica y electoral? Una necesidad o interés que no debiera ser óbice para buscar mejores columnistas.

Don Manuel D’Ornellas, por ejemplo, que se hallaba en las antípodas de mi pensamiento, fue uno de los columnistas que leí y releí asiduamente cuando empecé mi trajinar en el periodismo, obsesionado como estaba por desentrañar el mecanismo de funcionamiento de una prosa que destilaba elegancia e ideas en iguales dosis. Incluso hasta un personaje tan peculiar como Enrique Chirinos Soto, que hipotecó, al final de sus días, su primogenitura al fujimontesinismo por algo más que un plato de lentejas, engalanó las páginas de El Comercio con sesudos artículos de corte histórico que utilizó luego para ampliar de uno a dos volúmenes su “Historia de la República” de la que estaba especialmente orgulloso. Podría seguir enumerando más ejemplos, pero no quiero abrumarlos con más nombres porque, como dice Johnson, “la actitud del sabihondo es insoportable”.

Leo y colecciono columnas desde que estaba en el colegio y usaba pantalón corto, costumbre que luego convertí en coleccionar las revistas y suplementos completos de los diarios que compraba mi padre y que, a la vista de tantos años, me han causado más de un problema cada vez que me he cambiado de domicilio. Pero hay días en que, al repasar sus páginas, pienso sino habrá llegado ya el día de dar por concluido todo esto, de ponerle punto final a estas colecciones convencido como estoy de que ahí ya no hay nada que leer y mucho menos que atesorar. Una pena.

Publicado en La Mula, el lunes 17 de febrero de 2014.

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