Amos y siervos en El Comercio, reloaded

Hace unos días me llamó un amigo, que al igual que yo trabajó más de una década en el Diario El Comercio, para conversar conmigo y contarme algunas novedades de la institución donde trabaja (como saben, me dedico al periodismo cultural en mi tiempo libre). Además de los habituales temas de siempre, inevitablemente conversamos sobre los cambios, reacomodos y despidos que siguen dándose en la que fue nuestra casa editora y en donde dejamos buenos amigos. Cambios que parecen destinados más a acabar con el diario que a cimentarlo. Fue él el primero que me comentó sobre el método policíaco (que luego confirmé con varias personas que todavía trabajan ahí) que tiene el nuevo director de vigilar los contenidos de las secciones más sensibles del Decano, como son Política y Locales.

Un método que consiste en ir de redactor en redactor, escudriñar detrás de estos lo que escriben y empezar a sugerir cambios, desde el titular hasta el lado por donde deben ‘levantar’ la noticia. Por supuesto no faltará quien diga y afirme que es un director muy dedicado a su trabajo, pero viendo la importancia que le dan a algunos temas y la forma de titular otros (como ese lamentable y todo falto a la ética periodística que le dedicó en su primera plana a las declaraciones de Humala luego de la inauguración del Año Judicial), lo que me queda claro, a mí y a muchas personas, que más que el director de un diario de la importancia de El Comercio, el señor Fritz Dubois está ahí para hacer cumplir, como un mastín fiel y obcecado, la decisión de los señores accionistas de convertir el diario más antiguo del país en una publicación sosa, manipuladora y completamente inocuo. Un diario donde las fotitos sean más importantes que las ideas.

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Tampoco no faltarán quienes afirmen, con el señor Fritz Dubois a la cabeza, que los dueños están en todo su derecho de hacer lo que quieren con su diario y ponerlo al servicio del candidato que más les convenga o plazca, aunque eso signifique defender la libertad de expresión a seis columnas y motejar de velasquistas a todo el mundo por un lado, y por otro apoyar la candidatura de quienes ayer compraron, en contante y sonante, las líneas editoriales –conciencias, para decirlo en buen cristiano- de los directores y propietarios de medios de comunicación. O servir de sucursal de prensa de quien presume no temer nada, pero que recurre a la prescripción para eludir la justicia o a amparos para torcerle el brazo cuando esta se le acerca. Y tal vez tengan razón, pero como ellos mismos se autoproclaman una institución nacional y decano de la prensa de este país, nos dan tela para cortar a todos y razones para meter nuestra cuchara.

Así, lo primero que hay que reclamarle a El Comercio es un poco de consecuencia, sobre todo si después de tanto vociferar su secular brega por los intereses nacionales y los derechos de sus lectores, maltrata a sus propios periodistas como en los viejos tiempos de nuestra más rancia oligarquía, tiempos que creíamos habían pasado a mejor vida. Quien haya leído “Amos y siervos en El Comercio”, del periodista José Pardo Castro, encontrará que todo lo que se lee ahí es, hoy por hoy, historia cotidiana en los pasillos de su casi centenario local. El trato que estos vástagos de nuestros viejos oligarcas les dispensan a mis ex compañeros de trabajo es casi el mismo que les daban a sus empleadas de servicio en sus mejores épocas. Literalmente. Y para terminar de dibujar la comparación, los botan a la calle con las mismas excusas y palabras vagas conque botan a la nana que dejó caer al piso o ensuciar su traje nuevo al nene de la casa. Como dije, literalmente tal como contaba Pardo Castro hace más de cincuenta años. ¿La razón? Pues, aunque parezca paradójico, una sola: Hacer bien su trabajo.

El jueves por la mañana fue despedido de la manera más burda e incomprensible el editor de la sección Mundo, el periodista Jaime Cordero. Las explicaciones y ‘las razones de fuerza’ que esgrimió el director para justificar su despido son dignas de figurar en una Historia Universal del desparpajo o, mejor aún, de los absurdos periodísticos. Según Dubois, el diario piensa fusionar las secciones Política, Mundo y Ciencia en una sola ‘megasección’ (sic) y para lo cual están pensando contratar un nuevo ‘megaeditor’ (recontra sic), por lo cual él, Cordero, un periodista sobrecalificado para los puestos disponibles en el diario, sale sobrando así que la solución más inteligente es prescindir de sus servicios. Casi lo mismo que me dijeron a mí que, a mis 48 años, no iba a “soportar el cambio tecnológico que iba a atravesar el diario”, así que también prescindieron de mis servicios.

¿Cuál fue el error que cometió Cordero para recibir semejante trato? Pues, como dije, uno solo: hacer bien su trabajo. El mismo que cometieron los editores anteriores y por el cual fueron expectorados: pretender hacer pensar a los lectores, ofrecerles un producto de calidad y con ideas. La prueba de ello es el suplemento de noticias y comentarios internacionales I que dirigió durante más de dos años y que hace apenas una semana fue reemplazado por un suplemento femenino donde el columnista estrella es Paulo Coelho (otra brillante idea de la nueva dirección).

A estas alturas hay que decir que Cordero (con quien, por cierto, siempre tuve mis desacuerdos y disputas por el tipo de periodismo que hacíamos en la sección y que, a la distancia de aquellos días, debo reconocer que él tenía razón porque lo que yo pretendía era hacer periodismo cultural en un suplemento de noticias internacionales), Cordero, les decía, es quien, de todos los que quedaban en el diario, era quien tenía la prosa más elegante y fina en la redacción. Todavía recuerdo, cuando era corresponsal en Lima del diario El País de España (lo cual dice mucho de sus cualidades periodísticas), en los días turbulentos de la segunda vuelta electoral del 2011, los retortijones de envidia que me causó la lectura de su despacho sobre la disputa entre Keiko y Humala por la presidencia. Una envidia y disputa que no me impidió tuitear su nota con la única frase que se me ocurrió: “Lo mejor que ha escrito @ovejanegra78 hasta ahora” (gesto que tuvo la elegancia de agradecer también con otro tuit).

Tal vez tan bueno y certero haya sido ese despacho y los otros que escribió por aquella memorable época que por eso ahora, resentimientos de ayer y temores de hoy, pidieron su cabeza. O, simplemente, una envidia de la mala (no como la mía), ese tipo de envidia que destilan los espíritus mediocres que no soportan a quien les hace sombra y que, para colmo de males, causa problemas al poseer las cualidades que deberían enorgullecer a cualquier periódico y periodista y que motivaron el despido de Jaime: independencia y buena prosa. O sea, por hacer un periodismo con ideas y bien escrito, algo proscrito en El Comercio por su nuevo director.

En qué irá a acabar todo esto, lo sabemos todos bastante bien. O en todo caso, lo veremos más clara y enfáticamente el 2016, cuando el mismo diario que ayer denunciaba los actos de corrupción del fujimorismo y del alanismo, sirva de caja de resonancia a los afanes electorales de estos. Mientras tanto solo queda esperar que el maltrato a más periodistas no siga siendo la tónica de la nueva administración del viejo diario de La Rifa. O habrá que organizar de una vez por todas el abundante material del que disponemos tantos de nosotros para escribir la continuación del libro de Pardo Castro. Tarea nada grata ni difícil.

Así que, si de algo sirve decirlo, desde aquí te expreso mi solidaridad, Jaime.

¡Un abrazo!


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