Un dios Jano muy criollo

La política peruana se ha convertido en una competencia de audacias, que no en otra cosa. Una suerte de quien es el más osado, además de huérfano de amor propio, vergüenza o un mínimo de dignidad, con tal de sobrevivir en nuestra selva política, un medio donde los leones se extinguieron hace mucho o los pocos que todavía existen se encuentran en el circo, como diría el emperador Claudio, que en nuestro caso sería literalmente.

Es osado, por ejemplo, el político capaz de armar un escándalo estridente o una denuncia bullanguera con tal de ganar unos titulares, tal vez una primera plana, y lograr que hablen de él unos días. Audaz hasta la médula, el político que sin empacho cambia de piel y cuartel, y con ello de ideología y caudillo, si así asegura una curul en las próximas elecciones o al menos un cupo decente en la lista de candidatos al Congreso. Arrojado hasta el reconocimiento de propios y ajenos el que termina integrando un gabinete ministerial sabiendo que no hay puesto más inestable e inseguro en el aparato estatal que el de ministro de Estado, cuando no se tienen unas buenas rodilleras o no se ha aprendido como se debe la tradición de Palma del obispo Chicheñó. Y audaces son todos los y las cantantes sin éxito, futbolistas jubilados, voleibolistas campeonas, vedettes subidas de peso, comentaristas deportivos, comerciantes, ambulantes, boticarios, y toda la fauna de aspirantes (incluso lo que no tuvieron éxito) que coronaron sus esfuerzos con un asiento en el congreso, una alcaldía o una presidencia regional sin detenerse un instante a preguntarse si contaban con algún talento, habilidad o merecimiento para ese puesto que no sea el de su probada popularidad en las tribunas de los estadios o los coliseos y su servilismo.

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De toda esta galería de audaces me sorprende el político ingenuo y bobo que todavía cree que en este país (y en especial, en este gobierno) se puede hacer algo que no sea ser secretario o felpudo del poder de turno. Lanzarse, por ejemplo, a ser primer ministro de un ‘gobierno familiar’ es como querer construir una casa en patio ajeno: siempre te van a hacer saber que lo construido no es tuyo, que estás en casa ajena y que en cualquier momento te botan cuando tu presencia incomode al dueño de casa. O a la dueña, según el caso.

Pero como el dios Jano de la mitología romana, el político bobo e ingenuo no existiría sin su némesis: el político traicionero y sin escrúpulos que está listo a lanzarse contra la yugular de cualquiera que cometa la tontería de no seguir el libreto establecido. Villanueva tenía poco menos de cuatro meses al frente del gabinete, tiempo suficiente para saber y aprender quién manda, qué es lo que no se debe decir ni proponer y, mucho menos, pensar por sí mismo, por más que ostente el título de Primer Ministro, Presidente del Consejo de Ministros, Premier o lo que fuera. Miguel Castilla, empleado de la Confiep, es del tipo de esta última clase de políticos por más que muchos traten de presentarlo como un insensible y frío tecnócrata que solo sabe de cifras, pebeis y balanzas comerciales. Hoy ha demostrado fehacientemente, y todo parece indicar que con mucho gusto, que Villanueva era poco menos que un personaje decorativo en las fotos oficiales (y a veces, ni eso).

Con el desmentido del paje de la Confiep al jefe del Gabinete (“Estando en Medio Oriente me toma por sorpresa que el premier diga que ha coordinado conmigo [incrementar el salario mínimo vital], lo cual no es cierto”), a César Villanueva solo le queda empacar, comprar el pasaje de retorno y volver a su provincia. Y aprender que la política peruana, y en especial el estilo de los Humala, es el más artero y eficiente cuando de traiciones se trata. El país entero puede dar fe de ello.

Por supuesto, todavía falta el último acto de esta ópera bufa, la sacada de lengua oficial y con número de registro incluido: la resolución suprema aceptando su renuncia y dándole “las gracias por los servicios prestados a la nación”.

Sí, como no.


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