Gabo, el periodista

Llevo varios días intentando escribir una nota u obituario sobre Gabriel García Márquez que, debido a lo que él siempre recomendó sobre el periodismo y el arte de la escritura, terminan todas en la papelera de la computadora. Ayer en la noche lo intenté una vez más y en busca de inspiración divina leí, por enésima vez, “Crónica de una muerte anunciada”, subrayando en el libro lo que ya antes había sido subrayado innumerables veces. Y fue este inútil ejercicio de relevar lo importante en un libro donde hasta las comas son relevantes, lo que me reveló porque hasta ahora no lograba redondear un párrafo. Ni siquiera la entradilla. ¿Por qué escogí del estante y casi por instinto“Crónica…” y no “Cien años de soledad”?

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Una vez leí una entrevista a GGM en la que él contaba que alguien le reclamaba, en cierta ocasión que no recuerdo, que no diera opiniones políticas. “Lea ‘Cien años de soledad’”, replicó, “Ahí hay 300 páginas de opiniones políticas”. De “Crónica…” se puede decir que en poco más de cien encontramos el mejor tratado de escritura periodística que uno pueda leer. Aunque se trata de una obra literaria, está escrita con las armas y herramientas del mejor periodismo, con una economía de recursos sabiamente utilizados que es una demostración de cómo y qué debe hacer el periodista con el material que tiene, y donde demuestra que una noticia o historia bien contada (como él mismo enseñaba) es mil veces mejor que una noticia dada en primicia pero desnuda de todo. Incluso de aquello que la hace ‘noticiable’.

Es un libro que acaba con muchos mitos de cómo se cuenta o debería contar una historia. Para empezar, como todos sabemos, desde la primera línea el autor nos revela que el protagonista muere: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo…”. ¿Para qué seguir leyendo una historia de la que se nos adelanta el desenlace fatal? ¿Algo podrá evitar que Santiago Nasar muera? Aunque dos líneas más abajo el autor nos confirma el destino aciago del protagonista, este dosifica tan bien cada dato, declaración, testimonio o recuerdo de las personas que entrevista para su ‘crónica’ que, sin darnos cuenta, hemos sido arrastrados a la última página sin aliento y sin esperanza alguna de que el sino trágico de la víctima cambié. Si un periodista logra que el lector vaya, en su crónica o nota informativa, de la primera a la última línea sin pestañear o detenerse siquiera a pensar porque lo hace, es que aprendió bien las lecciones de este maravilloso libro. Después de “Crónica…”, solo “Hiroshima”, de John Hersey, me ha enseñado todo lo que todos deberíamos saber sobre el arte de contar historias ‘reales’. Quien haya leído este sobrecogedor reportaje sabrá porque me eximo ahora de toda explicación de un libro que se explica por sí mismo.

A raíz de su muerte, las notas aparecidas en la prensa mundial han ido de lo mejor a lo peor, y en donde los lugares comunes se han llevado el premio y las confesiones de amor de los lectores de última hora han competido con la estupidez de los oportunistas que nunca fallan en estos momentos. Todo esto habría enojado enormemente a GGM, con la fobia que le tenía a la huachafería y el texto mal escrito o trillado. Pero sobre todo se habría enojado sobremanera con la noticia vieja que dieron todos de que el más grande escritor en lengua castellana de nuestro tiempo había fallecido. Podría haberse muerto hace veinte o dentro de diez años, pero no había necesidad de recordarle a nadie y a seis columnas una verdad que sabíamos enteramente nuestra desde hace mucho. Y menos que todos lo querían como a alguien de la familia, porque eso era todavía más sabido.

El que se murió en realidad fue alguien mucho más importante todavía para todos, sean periodistas o no, escritores con poco o nada de talento, o simples mortales en búsqueda de instantes de felicidad que solo los buenos libros proporcionan. Fue el maestro que nos enseñó que escribir bien una novela, un cuento, una crónica o una simple carta de amor es tan primordial y esencial en la vida misma como hacer el amor, engreír a los amigos y cuidar a la familia. Si hacemos mal todo esto, mejor dedicarse a otra cosa.

Publicado en Noticias SER.pe (23/4/2014)



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