Barro con ventilador

Trabajé en el diario El Comercio durante 17 años, trece de los cuales los pasé en el Centro de Documentación (o Archivo, simplemente) leyendo miles de páginas de su centenaria colección y revisando y fichando cientos de rollos de microfilm de su no menos valiosa colección de más de dos mil de ellos. Fueron los mejores años de mi vida en el Decano y agradezco a la buena fortuna por ello. Luego pasé a la redacción y pude comprobar la certeza de aquella frase de Pierre Vilar que he convertido casi en un emblema personal: “Lo primero que enseña la Historia es a leer un periódico”. A partir del año 2008, tras el cambio de dirección y un golpe de timón en el directorio de El Comercio, el sueño de trabajar en un diario serio, respetable, una ‘institución nacional’ como gustan decir sus dueños y directivos, fue diluyéndose como la luz del día. Desde aquella fecha hasta mayo del año pasado en que salí del diario, fui testigo de cómo los intereses privados, la mentira grosera o la manipulación más burda, cuando no los asuntos más intrascendentes o baladís (por decirlo de un modo amable), fueron imponiéndose poco a poco hasta convertirse en la marca distintiva de sus páginas.

>>> Seguir Leyendo... >>>

El diario ha terminado, así, y tal como deseaban sus nuevos amos, convertido en el buque insignia de los intereses corporativos y las apetencias partidarias de quienes lo dirigen ahora. Habrá quienes crean, y entre ellos viajes amigos y colegas con los que compartí labores durante tantos años, que miento o exagero, pero lo cierto es que hoy el Decano de la prensa nacional es apenas una pálida sombra de lo que alguna vez fue. El editorial que publicó ayer El Comercio es la prueba más fehaciente de lo dicho. Nunca, en todos los años de larga historia que tiene ese periódico, se había publicado uno que concentrara tal cúmulo de mentiras, inexactitudes y tergiversaciones. Si algún mérito tiene ese texto y quien lo redactó es que logró tal proeza con tan solo 786 palabras. Ni siquiera los editoriales de los años treinta, cuando celebraba a Hitler y Mussolini y se entusiasmaba hasta el delirio con el fascista de Franco, compiten en ignominia con este editorial que es un monumento a la mentira y la desinformación. Es la clase de texto que los historiadores y los profesores de periodismo deberían utilizar en sus clases para enseñar, los primeros, cómo pretenden algunos reescribir la historia y, los segundos, lo que el periodismo puede ser en manos de improvisados para quienes la palabra ética solo existe en el diccionario. Y a veces ni eso.

Por supuesto, para perpetrar este tipo de mentiras impresas (y me excluyo de esta lista), el diario despidió de mala manera a buenos periodistas, pasó a mejor vida a su Unidad de Investigación y se deshizo de los que todavía les resultaban incómodos incomodándolos hasta el punto de obtener sus renuncias. Extraña paradoja del nuevo capitalismo que el diario que se precia de ser el mejor del país y que en esa excelencia justifica la concentración de medios (la ‘elección del lector’ que tanto argumenta y machaca), lo ha logrado deshaciéndose de los mejores. Una lección de excelencia empresarial que esperemos no se le ocurra registrar en Indecopi.

¿Qué ha hecho o hizo la Defensoría del Pueblo para ganarse la animadversión de El Comercio? Pues, simplemente nada. Absolutamente nada. Y lo prueba el “Informe de la Defensora del Pueblo a la Comisión del Congreso de la República que investiga los sucesos de Bagua, aledaños y otros” de marzo de 2010. Entonces, ¿por qué el artero ataque? ¿Por qué tanta mentira burda y desfachatada? Lo explica el propio El Comercio en su última línea: “Falta, entre los acusados, una simbólica, pero enormemente importante, silla vacía”.

Quien haya seguido siquiera mínimamente los pormenores del juicio por el Baguazo sabrá que, desde todos lados y en todos los sentidos, se ha reclamado que en ese proceso se incluya a los responsables políticos, a los mandos policiales que ordenaron y ejecutaron el operativo y que, como dice El Comercio, son una “enormemente importante” (¡qué estilo!) silla vacía.

Un delirante afán de proteger y escudar a los políticos que ahora son sus aliados y la apuesta más segura de que el status quo continúe más allá del 2016, ha llevado a El Comercio a buscar quien ocupe esa silla vacía, a quien culpar de lo sucedido y a distraer la atención de los lectores sobre los verdaderos responsables. Un blindaje a ultranza que no repara, para conseguirlo, en lanzar lodo con ventilador a quien, precisamente, intentó evitar el desenlace que finalmente se dio.

De este modo, o El Comercio miente de manera descarada y toma por débiles mentales a sus lectores o quien está llamado a escribir los editoriales no ha pasado de quinto secundaria por la ignorancia flagrante que ha demostrado al escribir y argumentar sobre los responsables del Baguazo.

Luego de leer este vergonzoso editorial me he acordado de mis clases de Física en el colegio, aquellas que tratan de la inercia y el movimiento. ¿Por qué la gente sigue creyendo y leyendo El Comercio? ¿Por qué gente decente y a la que admiro sigue escribiendo para él? ¿Por qué tantos se deshacen por aparecer en sus páginas y no dicen esta boca es mía ante estos despropósitos periodísticos? ¿Por qué, yo mismo, sigo comprándolo los domingos?

Como decía mi profesora, por pura inercia.


0 comentarios:

Publicar un comentario