Viaje a Tombuctú: memorias del despojo

Por Bruno Rivas Frías

Desde su primera imagen,” Viaje a Tombuctú”, la opera prima de Rossana Díaz Costa, se presenta como una película demoledora e introspectiva. En ella podemos ver a Ana (Andrea Patriau) mirando hacia la pista de aterrizaje del aeropuerto Jorge Chávez. Esa imagen, que también veremos al final de la cinta, nos adelanta el destino de la protagonista. Uno que implica un proceso de despojo y de pérdida de lo idílico. Es la historia de un viaje que nunca se dio. La promesa del paraíso infantil se verá truncada por la dura realidad del Perú de los ochenta.

Para entender a Tombuctú, Díaz Costa empieza presentándonos el universo de ensueño de la protagonista. Las primeras escenas nos muestran a Anita como centro del hogar familiar. Sin hermanos o primos que le quiten protagonismo, la pequeña es la única receptora de los mimos de sus padres y abuelos. Luego veremos que el barrio también colabora en la construcción del mundo idílico. Es en las playas de La Punta donde Anita conocerá a Lucho (Jair García), un niño del que se enamorará y que instalará en ella los principios del deseo. Su pequeño amor será el que ofrecerá el “viaje a Tombuctú”, una salida del hogar familiar, un escape del narcisismo pero que trae consigo una felicidad similar a la de casa. Sin embargo, la segunda parte de la película irá demoliendo esa posibilidad.

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Esta cinta recibió apoyo del Gobierno Argentino y puede verse en ella paralelos con la celebrada cinta gaucha “Infancia Clandestina” (2011). En dicha película también se retrata la historia de un niño que vive en el colegio un universo idílico que contrasta con una realidad atemorizante (sus padres son montoneros perseguidos por la dictadura). Siguiendo esa línea, Díaz Costa va mostrándonos de a pocos un proceso en el que el universo idílico va sufriendo preocupantes transformaciones. La mudanza de un grupo de vecinas, el visionado de los primeros atentados, los encuentros con las fuerzas del orden, van rompiendo con la idea de paraíso. El mundo idílico familiar empieza a verse penetrado por la crudeza de la situación social. El paso propuesto por Lacan de lo imaginario (la familia) a lo simbólico (la sociedad) está repleto de sombras. No obstante hay aún esperanza: Tombuctú. Una esperanza que irá desapareciendo con la llegada a la adolescencia.

Un tercer tiempo de la cinta nos presenta a una Anita adolescente ya integrada a lo simbólico. En ella la protagonista ya no solo nos ayuda a entender a su familia sino que representa a una clase social. Desde la protagonista comprendemos los procesos de la clase media. Un grupo social apegado al sueño del ascenso y que encuentra en los referentesextranjeros el modelo a seguir. La felicidad está en vestirse como The Cure, escuchar Soda Stereo o enamorarse de Charly García. Sin embargo, al mismo tiempo Anita está sumamente apegada al Perú. Es aquí donde Lucho cumple un papel importante. Es este personaje el cable a tierra de la protagonista y del grupo de amigos del barrio. Es la referencia a la música subte, la poesía de Lucho Hernández y la realidad del interior del país. Es la consciencia social de la clase media y el que mantiene la esperanza de llegar al paraíso llamado Tombuctú. A la utopía social. Veremos que su destino influye fuertemente en el desenlace final.

En este tercer momento también se profundiza en el retrato de la época. Siguiendo la herencia del neorrealismo italiano veremos como el sentimiento de desesperanza va extendiéndose en el ambiente. Ante la terrible situación económica vivida durante el primer gobierno aprista y el recrudecimiento de la guerra interna, uno a uno los amigos del barrio de Anita empiezan a abandonar el país. Las fiestas juveniles se convierten en despedidas. Asimismo, es en la perfomance de los actores donde también se puede reconocerla influencia del neorrealismo italiano. El amateurismo de muchos de los intérpretes lleva a romper la barrera de la pantalla y hace sentir que uno está más cerca de un documental que de una cinta de ficción. Díaz Costa propone la ruptura final con un viaje al interior en donde se produce un evento casi anunciado. Lucho, la consciencia social de la clase media, es detenido por las fuerzas armadas que lo acusan de terrorista y lo destruyen psicológicamente. Tombuctú muere con él. La esperanza de un Perú mejor desaparece en el momento en que es sacado a rastras del bus que lo llevaba a la sierra.

Las últimas escenas hacen efectivo el proceso de despojo. Luis ya no es capaz de responder y la protagonista decide irse del país. Anita entiende que Luis es lo que queda de su país, uno que ha quedado traumatizado por la violencia de ambos bandos y que no es capaz de hablar de lo que le pasó. Ya no hay nada que hacer en el Perú. El paso de lo imaginario a lo simbólico ha sido demasiado traumático. No hay un Tumbuctú que preserve los sueños infantiles, solo un país que solo transmite dolor. La clase media debe emigrar si es que quiere tener algún futuro. La nación la ha traicionado. El despojo se ha consumado. Para una muestra, la furibunda mirada de Anita con la que cierra la película. Una mirada casi tan destructiva como la de los niños olvidados de Buñuel.


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