El centenario de la Gran Guerra

Por Nelson Manrique | Historiador

El 26 de junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austro-húngaro, y su esposa Sofía se encontraban realizando una visita oficial en Sarajevo, la capital de Bosnia Herzegovina, que había sido anexada al imperio austrohúngaro apenas seis años atrás provocando un fuerte descontento de la mayoría de los serbios, que querían anexarse a la vecina Serbia. Una facción nacionalista extremista, la Mano Negra, organizó un atentado.

Un ataque con una bomba al coche en que recorrían la ciudad Francisco Fernando y Sofía fracasó. Pero en un segundo intento, pocas horas después, el nacionalista serbio Gavrilo Princip logró asesinarlos a balazos. Ese fue el detonante de la Primera Guerra Mundial.

Alemania deseaba fervientemente la guerra e incitó a Austria-Hungría a declarar la guerra a Serbia, desentendiéndose de la amenaza de la Rusia imperial de salir en defensa de Serbia si esta era atacada. Los austro-húngaros declararon la guerra, Rusia entró en el conflicto y esto puso en marcha un diabólico mecanismo de alianzas que involucraron durante los días siguientes a Francia, Italia, Gran Bretaña y en apenas un mes a casi toda Europa. Luego se involucró Japón y finalmente entró los Estados Unidos. Las potencias coloniales metieron a sus colonias en el conflicto y la guerra se hizo planetaria.

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Un siglo después sigue siendo materia de controversia explicar cómo un atentado terrorista desencadenó una de las mayores carnicerías de la historia de la humanidad. La clave está en la expansión imperialista. Las grandes potencias europeas tradicionales, como Francia e Inglaterra, tenían posesiones coloniales por todo el mundo. Pero la expansión económica provocada por la segunda revolución industrial de fines del siglo XIX (la de la energía eléctrica y los combustibles fósiles) hizo nacer nuevas potencias, como Alemania, Italia y Japón, muy dinámicas, sobre una base tecnológica más nueva y productiva. Estas demandaban tener sus propias colonias, pero el mundo ya estaba repartido. Presionaron por un nuevo reparto y la guerra fue la consecuencia inevitable.

Las bajas de la “Gran Guerra” se estiman en cifras que van desde 8 hasta 65 millones, según se considere o no las muertes provocadas por la “gripe española”, la epidemia de influenza que regó la movilización bélica planetaria.

Con la producción industrial masiva nacieron la producción masiva de armamento y los ejércitos de masas. Ya no bastaba acabar con los ejércitos: era necesario destruir el poderío industrial del enemigo y eso borró la distinción entre blancos civiles y militares. Con la artillería de largo alcance y la aviación se generalizaron los bombardeos contra las ciudades. La matanza se hizo masiva. Nació la “guerra total”, teorizada por el estratega prusiano Erich von Ludendorff.

La guerra provocó el hundimiento de cuatro imperios: el alemán, el austrohúngaro, el turco y el zarista, redefinió profundamente el mapa geopolítico europeo, haciendo nacer varias nuevas naciones, y el del mundo colonial, con el traspaso de las colonias de los derrotados a los vencedores, especialmente Inglaterra y Francia.

¿Alguien intuyó lo que se venía? En 1887, luego de la guerra franco-prusiana, Federico Engels escribió: “Para Prusia-Alemania, en la actualidad no es posible ya ninguna otra guerra que la guerra mundial. Y esta será una guerra mundial de escala y ferocidad sin precedente. De ocho a diez millones de soldados se aniquilarán mutuamente y, al hacerlo, devastarán toda Europa, hasta tal punto como nunca lo han hecho las nubes de langosta. La devastación causada por la Guerra de los Treinta Años, comprimida en un plazo de tres o cuatro años y extendida a todo el continente; el hambre, las epidemias, el embrutecimiento general, tanto de las tropas como de las masas populares, provocado por la extrema miseria, el desorden irremediable de nuestro mecanismo artificial en el comercio, en la industria y en el crédito; todo esto terminará con la bancarrota general; el derrumbamiento de los viejos Estados y de su sabiduría estatal rutinaria, derrumbamiento tan grande que las coronas se verán tiradas por decenas en las calles y no habrá nadie que quiera recogerlas; es absolutamente imposible prever cómo terminará todo esto y quién será el vencedor en esta contienda; pero un solo resultado es absolutamente indudable: el agotamiento general y la creación de las condiciones para la victoria definitiva de la clase obrera”. La guerra abrió el camino, también, a la revolución rusa.

Fuente: Diario La República (1/7/2014).


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