De ratas, tránsfugas y editoriales


Todavía convaleciente de una endemoniada bronquitis, y con el trabajo atrasado hasta el techo, durante todo el día de ayer estuve buscando unos minutos de tranquilidad para escribir algo, tal vez un breve comentario, sobre el editorial de El Comercio que, fiel y consecuente consigo mismo, se supera en cada nuevo que publica. Apenas si tengo tiempo de escribir estas pocas líneas para manifestar mi más completa repulsa a lo que ahí sostiene el diario que en algún momento llegó a representar la institucionalidad de la prensa con un título (“Decano de la prensa nacional”) que hoy, definitivamente, le queda grande.

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Las idas y venidas de un medio de comunicación, las concesiones al poder de turno o los convenientes reacomodos ante las coyunturas que siempre obligan a tomar partido o mirar hacia otro lado, no son exclusividad del diario de La Rifa. Son parte de la historia cotidiana de cualquier medio de comunicación en este país y en el mundo entero. Así que, en ese sentido, El Comercio no descubrió la pólvora ni inventó nada. Nació con el mismo pecado original con el que nace cualquier medio de comunicación que busca hacerse de un lugar entre la opinión pública y sobrevivir. Pero una cosa es esto y otra muy distinta promover lo que ayer criticaba acremente en ese mismo espacio editorial, lo que pontificaba rasgándose las vestiduras a seis columnas en nombre de la ‘institucionalidad’ del país. En otras palabras, llamar ayer negro a lo que hoy, cínicamente llaman blanco o medianamente gris.

¿Por qué El Comercio ha decidido claudicar en esta lucha por la institucionalidad del país que ayer fue bandera de sus fundadores? Pues porque para sus nuevos dueños y directores la ‘institucionalidad del mercado’ es mucho más importante que cualquier otra y está por encima de cualquier consideración. Es esta defensa del mercado y la inversión privada lo que obnubila a los jefazos y editorialistas de El Comercio al punto de llevarlos ahora a afirmar que, después de todo, el transfuguismo no es tan malo como parece. “No creemos que renunciar a una bancada sea algo en sí mismo negativo”, leemos y puedo adivinar cómo los huesos de tres generaciones de periodistas de la familia propietaria se sacuden en sus tumbas. Están tan convencidos de su nuevo catecismo ético y político que incluso recurren a Churchill (un tránsfuga redomado) para convencernos que cambiar de camiseta no es criticable si lo que está en juego es algo más grande e importante, algo como, por ejemplo, la hoja de ruta. “Nunca he traicionado a nadie que no se haya traicionado antes a sí mismo”, cita a Churchill el editorialista de El Comercio sin percatarse en lo más mínimo que esa frase, en sí misma, es un monumento al cinismo en política y un recordatorio de que, precisamente, otros fueron los primeros en traicionar al electorado peruano. Así que, vista en perspectiva las cosas, los tránsfugas, las ratas y el Gobierno del señor Humala salen bendecidos todos por el alcohólico y misógino Churchill.

Es este tipo de medianía, de tibieza moral con lo que ayer criticaban y hoy no parece tan malo lo que está arruinando al periodismo peruano, lo que le resta credibilidad en cada editorial como este que publican. Una claudicación que, sin embargo, tiene una explicación: abonar en todos la idea de que volver a la Gran Transformación puede ser poco menos que el Armagedón. Sí, ese cuco que cada vez que pueden convocan como Pedro al lobo tratando de convencernos de las bondades del mercado. Un mercado que no necesita de ética ni moral para que las cosas sigan funcionando. Lo prueba la columna que el martes firmó el editor de opinión del mismo diario, Enrique Pasquel. En un texto digno de figurar en una antología al lado de la frasecita de don Winston, a Pasquel poco le faltó azuzar a las masas para mandar a su casa a Humala y dejar que gobierne ese Gabinete que tantas simpatías y esperanzas despierta en el empresariado. Sí, el mismo Gabinete corroído por lobbystas y enemigo de la ‘permisología’. “Qué bueno sería que los mencionados ministros –que parecen estar en el gabinete por un accidente del destino– escogiesen al presidente y no al revés”, se lamentaba.

Yo de lo que me lamento es que todavía haya gente, periodistas y empresarios que estén convencidos que este país sigue siendo de su propiedad y no de los peruanos y que el Estado es poco menos que una de sus filiales u oficinas. Y que su santa voluntad y la de sus negocios e intereses es lo mejor que le puede ocurrir al resto. Ilusos.


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