¿La democracia en peligro?

Me dedico al periodismo desde hace más de veinticinco años, tiempo en el cual he leído miles de noticias, editoriales, entrevistas, reportajes, columnas de opinión, artículos y hasta simples sueltos de todas las especies y pelambres. Los ha habido memorables, adefesieros, mal escritos, brillantes, de prosa soporífera y los que me han hecho levantar la mirada hacia el mundo que me rodea y los que, los menos, me han provocado envidia sana, fe en mi oficio y el deseo de guardar el recorte en alguna gaveta de mi escritorio para disfrutar su lectura en momentos de desasosiego. Pero nunca hasta ahora me había topado con un texto que me provocara, al mismo tiempo, risa, asco, más risa, vergüenza ajena (por eso de ‘el más vil de los oficios’), nauseas, cólera y mucha más risa.

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¿En qué momento este país se echó a perder al punto de poner como referentes de la gobernabilidad, la democracia, la alternancia en el poder a individuos como Alan García y Castañeda Lossio? ¿De verdad estamos tan mal, digo yo, que tenemos que recurrir a ellos para advertir a todos que viene el lobo del autoritarismo? ¿Qué pudo pasar entre nosotros para que estos señores (de algún modo hay que llamarlos) se convirtieran en el símbolo de la democracia en peligro: un felón que puso de patitas en la calle a cinco mil sujetos condenados por narcotráfico (entre cientos de perlas más) o a uno que sustituyó la transparencia en la administración pública por entrevistas en las que, muy suelto de huesos, acusa a los pobres de ser potenciales terroristas (también entre cientos de perlas más)? ¿Realmente en este ‘día negro para la democracia’ es Keiko la que nos va a salvar? ¿Es broma, verdad? Sea lo que sea lo que fuman en El Montonero, ya caducó. ¿O lo leí en El Panfleto?

Se suele decir que la mentira tiene patas cortas, pero más corto todavía es la capacidad de algunos para no ver lo que todos ven con meridiana claridad: la torpeza de sus maniobras, el peligro de sus conclusiones apresuradas y, lo que es peor, la forma insidiosa en cómo ejercen el periodismo. Por supuesto si nos creemos el cuento de que esto es periodismo y no un simple ejercicio panfletario y alharaquiento. Una burda y obvia manera de llevar agua (muy espesa y sucia) para su propio molino (si no algo mucho más turbio).

Con estos defensores y esos abanderados de la institucionalidad, ¿con quién realmente está en peligro la democracia?

(Ah, y por cierto, a ese titular le falta un artículo ¡Y encima hay que corregirlos!)


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