Ben Bradlee (1921-2014)

Hechas las sumas y las restas, puedo considerarme un hombre afortunado. En la universidad, por ejemplo, adonde ingresé cuando ya los grandes maestros se estaban jubilando, llegué a alcanzar a algunos de ellos y a escucharlos dictar cátedra como un privilegio de esos que uno solo conoce en los libros. Y a los que no pude alcanzar, los leí con la misma atención y devoción conque escuchaba a los primeros en el aula. En el caso del periodismo, al que me dedicaba mientras finalizaba mi carrera de Historia, uno de esos maestros fue Ben Bradlee, el mítico director del The Washington Post por décadas que hoy murió a la edad de 93 años. Antes de conocerlo a él y a su libro de memorias, “La vida de un periodista”, el periodismo era para mí solo una forma de ganarme la vida, un empleo que no merecía mi más mínima atención, más un medio que un fin en sí mismo. Fue mi amiga Regina García, un día que fue a revisar las ‘novedades’ sosas que siempre llegaban a la biblioteca del diario El Comercio (que yo atendía por las noches), quien me puso sobre la pista de ambos. “¿Por qué no compran el libro de Ben Bradlee para la biblioteca?”, fue su recomendación mientras le mostraba las inútiles publicaciones de ministerios y organismos del Estado que llegaban (y supongo siguen llegando) por montones al diario.

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Me tomó mucho tiempo y trabajo conseguir el libro. Y leerlo una revelación. Fue una de las lecturas más importantes en mi formación intelectual. Más incluso que la propia lectura de "Todos los hombres del presidente". Porque fue en este libro y no en otro o en un salón de clases donde descubrí la importancia y valor del periodismo, del mejor periodismo, del auténtico periodismo. Y que ejercido de un modo inteligente, responsable y divertido, puede ser una forma de vida que aún hoy me sigue cautivando y asombrando como si fuera la primera vez. Hoy, que leo la noticia de su muerte me convenzo de lo que dije: fui afortunado. Porque lo leí en el mejor momento de mi vida, cuando descubría al periodismo de un modo como hasta entonces no había sabido ver y descubrir. La noticia de su muerte es la peor que uno puede leer en estos tiempos porque es la confirmación de que toda una época del periodismo ha llegado a su fin, por más que suene a lugar común decirlo.

Los obituarios que leerán mañana en todos los diarios del mundo con toda seguridad recordarán que Bradlee, junto con la propietaria del Washington Post, Katharine Graham, y Bob Woodward y Carl Bernstein, los reporteros que tuvieron a su cargo la investigación, conformaron el equipo que destapó el escándalo Watergate que le costó la presidencia a Richard Nixon. Porque si algo nos enseñó Watergate es que ningún reportero del mundo, así tenga la noticia más importante de la historia en sus manos, no tiene en realidad nada si no cuenta con un director que lo apoye, confíe en su trabajo y, sobre todo, anteponga este a cualquier consideración política, económica o partidaria. O accionaria, como Bradlee supo entender cuando escribió que sin el apoyo de Graham, que era presionada por la Casa Blanca, socios y amigos, Watergate jamás hubiese visto la luz. Pero, en honor a la verdad, Watergate apenas si es un capítulo en la historia de Ben Bradlee, una vida dedicada al oficio de informar de un modo como pocos lo han hecho. Lamentó su muerte como lamentaría la muerte de un maestro que guío mi aprendizaje con la mejor y más auténtica y formidable herramienta que tuvo a su alcance: los actos de su vida.


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