El Diccionario de la RAE y el Perú

El nuevo diccionario de la Real Academia Española recoge peruanismos, pero, en muchos casos, no señala que son del Perú sino los generaliza como andinos.

Por Carlos Villanes Cairo | Madrid

En esto de los diccionarios, nunca llueve para el gusto de todos. Mucho más cuando se trata de ser normativo y de meter en un mismo pozo gran cantidad de variantes de una lengua en extraordinario crecimiento, con más de 500 millones de hablantes, distribuidos en 21 países que, a su vez, esgrimen derivaciones de lenguas poderosas y ancestrales como el quechua, el mexica, el maya, el guaraní, etc.

Nuestro amigo y maestro, presidente por dos décadas de la Real Academia de la Lengua, don Manuel Alvar, decía que no existe un diccionario perfecto y a ello debe juntarse la constante evolución léxica del español. Hace 30 años nos contaba el lingüista sanmarquino Julio Díaz Falconí, que una tarde, un moreno le paró los pies a Oswaldo Reynoso, autor de En octubre no hay milagros, y le echó en cara de que la mayoría de sus vocablos en jerga criolla ya estaban pasados de moda. “Oiga”, le dijo, entre los reproches, “eso de ñorse milagrero, si no es invento suyo ya es carnaval de antaño”.

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Después de 13 años de trabajo, y a marchas forzadas durante los últimos 3, aparece la 23 edición del Diccionario de la Lengua Española, editado por Espasa. Tiene 2.376 páginas, de las cuales 93.111 son entradas con 195,439 acepciones; se han introducido 140 mil enmiendas que afectan a 49 mil artículos. Registra 49.650 etimologías, 21.466 palabras de alguna especialidad técnica, 18.712 americanismos, 435 términos netamente españoles, 102 significados de Filipinas, 30 de Guinea Ecuatorial, 333 extranjerismos crudos, 1.637 verbos con los mecanismos de su conjugación.

Se añade información etimológica, ortográfica y morfológica. La técnica lexicográfica está tan depurada que a veces se omite información, por ejemplo en “parafilia” (p.1.630) se dice que es una “desviación sexual” y nada más, todos querrán saber en qué consiste, hay algunos otros términos por el estilo. Pero, como peruanos, nos importa mucho el trato asignado a nuestras palabras: quechuismos, criollismos, préstamos lingüísticos, derivaciones y su procedencia. Llamémosles así “peruanismos”. En gran mayoría vienen de la lengua quechua, pero lo grave es que por lo general no se dice que son del Perú, en muchos casos se les generaliza como “andinos”, y en otros, simplemente, se atribuye su origen a Bolivia, Chile, y principalmente a Ecuador.

En la edición del Diccionario de Americanismos de 2010 de 2,333 páginas ya se advertía este defecto y algunos más con respecto a nuestro país, tanto que el lingüista Rodolfo Cerrón Palomino, miembro de la Academia Peruana de la Lengua, advirtió y censuró con gran severidad. Los viejos desencuentros entre la RAE y su filial peruana devinieron nefastos.

En cuanto a la contribución de los señores académicos de la lengua del Perú, su trabajo ha sido nulo con la excepción de 3 esforzados: Marco Martos, Cerrón Palomino y Camilo Fernández Cozman. Ellos contaron con 9 colaboradores ajenos a la institución. Martha Hildebrandt, especialista en peruanismos y en la “lengua culta”, no figura ni por asomo.

Pero no se piense que se está navegando entre tinieblas, el nuevo diccionario de la Real Academia tiene hartas bondades como la incorporación de nuevas palabras, el mayor orden en las entradas, las prolijas revisiones y el haber servido para finalizar las celebraciones del tricentenario de la Academia que hizo publicaciones, congresos y encuentros en “ambos lados de la Mar Océana” como decía el polémico navegante Cristóbal Colón, que buscaba oro pero por un chiripazo, se le pegaron palabras tainas como butaca, hamaca, bohío, guayaba, canoa, huracán, ya in illo tempore.

Publicado en el diario La República, el domingo 26 de octubre de 2014.


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