'La' novela de la violencia peruana

Por Luis Dapelo

Una historia que sacude la imaginación y la conciencia, denuncia la impunidad, revela lo escamoteado y restituye la voz a aquellos a los que no se permite expresarse.

Como todo evento histórico, la violencia que sumergió al Perú de los últimos veinte años del siglo XX produjo una narrativa, lo que es normal. Lamentablemente, gran parte de la escritura ficcional que generó el fenómeno obedeció al “mainstream” ideológico hegemónico: el neoliberal.

El “pensamiento único” trató de este modo de clausurar la indagación que un género con tantas posibilidades como la novela podía llevar a cabo sobre esa crucial etapa. Esta producción estuvo marcada sobre todo por obras fallidas, inconsistentes, “light”, que pretendieron “zanjar” la cuestión y sus desarrollos ulteriores.

Algunos escritores proclives o dóciles ante el pensamiento domesticado relativizaron el problema de la violencia, declarando con poco pudor que el ciclo de indagación estaba concluido con sus propias novelas.

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De más está decir que ese “diktat” correspondía a un dispositivo de ataque a la Memoria y a la Historia, que son dos aspectos en los cuales se perpetra el accionar de la ideología dominante.

Alfredo Pita (Celendín, 1948) es un escritor que, afortunadamente, no forma parte del “mainstream” y bien conocidas son sus posiciones políticas y su espíritu ciudadano en defensa de temas tan importantes como irresueltos en áreas como los derechos humanos, o la lucha contra la devastación del hábitat humano en su región, Cajamarca.

Pita, autor de una nutrida obra cuentística, muy apreciada por los buenos catadores, y de la novela El cazador ausente (Barcelona, Seix Barral, 2000, galardonada con el Premio Internacional de Novela « Las dos orillas » del Salón Iberoamericano del Libro de Gijón, España), ha escrito El rincón de los muertos, una novela en la que se evidencia una voluntad de homenajear a la memoria de las víctimas de los dos terrorismos: el terrorismo de Estado y el terrorismo senderista, así como un empeño de releer la Historia reciente para desmontar la torpe mitología del relato oficial, según la cual los hechos sólo deben ser narrados por los vencedores y sus adláteres.

La propuesta de Pita es una narración que combate la omisión y el olvido, un dramático empeño de ir siempre en búsqueda de la verdad, valiéndose de los materiales que ofrece la realidad.

La novela cuenta la historia del reportero freelance español Vicente Blanco, especialista en zonas de guerra, quien traba amistad con Rafael Pereyra, periodista peruano residente en París.

Pereyra había cubierto la masacre de Uchuraccay en 1983 y tuvo que emigrar a Francia. En abril de 1991, Blanco viaja al Perú, a Ayacucho (topónimo quechua que quiere decir precisamente “rincón de los muertos”).

Rafael lo recomienda a dos colegas que viven allí: Luis Morelos y Máximo “Max” Souza. Junto a ellos, Vicente inicia una delicada y compleja investigación sobre la guerra sucia que asola la región, en la cual los dos terrorismos actúan sembrando muerte, destrucción y una masiva desaparición de personas.

La maquinaria de muerte devorará a Margarita, joven informante, quien les proporcionará las pruebas necesarias para confirmar lo que ya sospechaban: la existencia de un importante centro de tortura y muerte, el cuartel Los Cabitos.

También se cebará con Luis Morelos, cuya denuncia del centro de exterminio será su sentencia de muerte. El relato de su fin es una de las páginas más intensas y conmovedoras de la novela.

Los principales personajes de la obra están muy bien calibrados. Los resortes que los mueven son la fidelidad a sí mismos, el compromiso con la realidad y con el sufrimiento de la gente en el caso de Vicente y sus amigos, y la eficacia sangrienta al servicio del statu quo, de la conservación y mantenimiento de los mecanismos del poder, en el caso de sus adversarios, el general Sifuentes Moral, el obispo Crispín, el teniente Melíes, el sicario Garabito o el delirante doctor Oblitas.

El autor logra retratos precisos y matizados en la galería de personajes que habitan su extensa, honda, proliferante y, a la vez, ligera, narración, galería humana que luego permanece en la conciencia del lector.

Desde el punto de vista estilístico, Alfredo Pita ha construido esta novela con una prosa límpida, fluida y extremadamente legible, lo que en un primer momento puede dar una impresión de levedad que, pese a que no tiene nada que ver con lo “light” que hemos señalado, tampoco tiene nada que ver con la facilidad.

En efecto, nada más lejano a lo “light” que el complejo trabajo, el entramado sutil que a lo largo de casi quinientas páginas realiza el autor, valiéndose de diálogos ocultos, de monólogos, del estilo indirecto libre, recurriendo a la memoria histórica e individual de los personajes, creando atmósferas con pinceladas rápidas y precisas; haciendo gala, en suma, de una habilidad técnica que logra atrapar al lector de principio a fin.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que El rincón de los muertos es “la” novela de la violencia peruana de los años 80 y 90. Es una suerte de “J’accuse”, sin ninguna complacencia ni concesión a la versión preconfeccionada del relato oficial y del “mainstream” casi hegemónico en el Perú.

El autor no solo nos cuenta una historia que sacude la imaginación y la conciencia, sino que lleva a cabo un proceso a los excesos de la Historia y a sus responsables, denuncia la impunidad, revela lo escamoteado y restituye la voz a aquellos a los que no se permite expresarse.

Este libro tampoco cierra un ciclo, como pretendían con gran soberbia y miopía los novelistas obedientes ante el pensamiento único; todo lo contrario, abre nuevas vías para seguir explorando con la palabra y la imaginación la violencia secular y estructural de la sociedad peruana.

La novela de Alfredo Pita aspira a hermanarse con las grandes novelas latinoamericanas que han trabajado armoniosamente y con arte los materiales históricos y sociales.

Publicado en el Diario Uno, el domingo 5 de octubre de 2014.


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