La historia de siempre: Archivo de García Márquez va a dar a una universidad estadounidense

Con todo el derecho que les asiste a los herederos de GGM de disponer como mejor les parezca del archivo personal del escritor, hay que lamentar, por un lado, que este excepcional patrimonio de la cultura colombiana (y latinoamericana) vaya a parar a una institución del extranjero y no se quede en Colombia, como debería ser. Y por otro, comprobar cómo materiales y objetos estrictamente culturales, patrimonio de una nación, son pasibles de ser comercializados al mejor postor como si se tratara de un utensilio de cocina o la bagatela del momento. Se podrá argumentar que si no fuera por esta inveterada costumbre de vender archivos y bibliotecas personales de intelectuales destacados a instituciones (generalmente universidades estadounidenses), que cuentan con ingentes recursos para ello, estos terminarían perdiéndose, estropeándose o, en el peor de los casos, víctimas del mercado negro de antigüedades y coleccionistas inescrupulosos. Y hay mucho de cierto en ello, salvo por un detalle (dos en realidad): que en este caso se trata de la Biblioteca Nacional de Colombia, una institución con una sólida reputación y un trabajo de conservación y difusión, al igual que el que cumple su Archivo General de la Nación, que ha merecido el reconocimiento de propios y extraños. Dicho de la manera más clara: de terminar el archivo de GGM en la BNC como debió ser es muy poco probable que este hubiera acabado en el mercado negro o en manos de coleccionistas folio a folio, libro a libro, como sucedería aquí, lastimosamente. (Si la memoria no me falla, creo que fue Luis Alberto Sánchez quien dijo, al preguntársele porqué vendía su biblioteca a una universidad estadounidense y no la donaba a la Biblioteca Nacional como lo hizo Porras, que no lo hacía porque esta acabaría, finalmente, víctima de ladrones y del expolio. Por desgracia, más de 1,000 libros valiosísimos sustraídos de la BNP en los últimos años le dieron, a la larga, la razón).

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Pero por más contundente que parezca este argumento irrebatible esgrimido por LAS, sí lo es. Argüir “mejor conservación”, “estudio”, “difusión” y “digitalización” de los fondos como pretextos para venderlos a quien esté dispuesto a soltar la mayor cantidad de dólares por ellos queda en evidencia cuando pensamos, por ejemplo, en la Biblioteca Denegri Luna, que a mí se me antoja catalogar, salvando las obvias diferencias, sumamente más valiosa que el archivo de GGM. Por un acuerdo entre la familia y la Pontificia Universidad Católica del Perú, este maravilloso repositorio bibliográfico y documental se quedó en el Perú, en el Instituto Riva Agüero, y no fue a parar a una universidad estadounidense. Y así como este, el de Martín Adán o el de tantos otros que conserva esa casa de estudios. Así, ante la inoperancia e ineficiencia de las instituciones del Estado, una universidad privada peruana viene a tutelar y a conservar para las generaciones de peruanos que vendrán un patrimonio que les pertenece, que nos pertenece a todos. (Yo, que no pertenezco a esa casa de estudios, apenas he tenido que gestionar un carné de biblioteca que me costó sesenta soles para poder consultar periódicos del siglo XIX que no existen ni por asomo en la BNP, colecciones de revistas que me ocupan largas horas en sus salas de lectura, o folletos antiquísimos que me relatan tantas historias como me inspiran otras, sin mencionar el hecho de que no la andan cerrando inopinadamente cada vez que alguna cita internacional ocurre en Lima).

Pero lo que más me extraña de esta nota periodística es aquello de que las negociaciones para la venta del archivo ya estaban en marcha en vida del propio GGM. Algo sorprendente para quien, a través de muchas biografías (como la voluminosa de Gerald Martin, por ejemplo) y anécdotas que hemos leído todos, dio sobradas muestras de que el dinero era lo que menos le importaba, salvo que estas fueran otra historia del nobel. (Según la nota periodística, la familia aplazó toda negociación con el Estado colombiano sobre el archivo cuando este manifestó su interés en él. Ahora sabemos por qué).

Además, deja un mal sabor de boca aquello que aduce la familia en el sentido de que el Gobierno colombiano nunca “hizo ninguna oferta”. ¿Cuánto debía ‘ofertar’ el Estado que representa a todos los colombianos para que la familia de GGM decida que ese patrimonio documental se quede en Colombia? Y si este hubiese ofrecido ‘poco’, ¿habrían estado obligados a venderlo a una universidad extranjera? En su derecho, sí. Pero ¿obligados también?

Así que seamos claros. El capitalismo, además de salvaje, también pretende ser omnívoro culturalmente. Impone, cada vez con mayor fuerza y recurrencia, además de eficiencia, la lógica del mercado por encima del valor patrimonial de las cosas. Subvierte cualquier orden natural cultural, como el del lugar adónde pertenece un legado bibliográfico y documental, con el irresistible ‘quién da más’. Y son tan pocos, y dignos, los que no responden a esos cantos de sirena.

Ya saben. La próxima vez que oigan o lean sobre un escritor como un “patrimonio nacional”, pregúntenle a él o a su familia por su biblioteca o archivo. Así sabrán cuán nuestro o suyo es.


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