Silenciando el pasado: a propósito del 4 de noviembre

Por Cecilia Méndez G.
University of California, Santa Barbara

En esta parte del mundo es aún 4 de noviembre, día del inicio de la rebelión de Túpac Amaru II. Y constato que continúa el silencio sobre este acontecimiento histórico en los medios de la capital. Túpac Amaru no existe en las efemérides. Pero en cambio nos enteramos que Gisela le ganó el rating a Magaly Medina. La rebelión más importante de nuestra historia, nos guste o no, se ha silenciado tan hondamente que ese silencio se ha convertido en natural. Nadie reclama una reflexión alusiva a la fecha si no es para proponer una caricatura chauvinista, o justificar la violencia. Y a nadie parece importarle mucho ese silencio.

Por ello, más que adelantar lo que diré en un libro, o repetir lo que he dicho en incontables charlas, cursos y artículos, quisiera llamar la atención sobre algo que manifesté anteriormente desde esta tribuna: la relación de la historia con los medios, o la relación entre la historia académica y el discurso público sobre la historia. En ese sentido, vemos cómo para el sesquicentenario de la independencia nacional, el diario El Comercio ilustró su primera página con una imagen del cacique cuzqueño, tan grande que opacaba a las de San Martín y los otros llamados “precursores”, en una alegoría donde ni siquiera figuraba Bolívar. Quisiera recordar también que la imagen de Túpac Amaru seguía circulando en los billetes peruanos hasta fines de la década de los ochenta, como vemos en la ilustración que acompaña a esta nota. Y recordar, en suma, que este héroe oficial se convirtió en algún momento en héroe proscrito.

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Por ello, si escribo esta nota, que me sustrae de muchas obligaciones importantes, hoy 4 de noviembre, es para no hacerme cómplice del silencio. Especialmente, cuando veo que los mismos diarios que hace unas décadas y por voluntad propia ensalzaban a José Gabriel Túpac Amaru, hoy lo recuerdan para llamarlo “terrorista”.

No me cabe duda que los silencios en torno a Túpac Amaru se deben en parte a una memoria explosiva de la guerra reciente donde se mezcla el recuerdo de Sendero y el del MRTA. Hoy existe una autocensura muy fuerte, tanto en la historiografía limeña como en el discurso público, a hablar de rebeliones violentas. Y la de Túpac Amaru lo fue. Ello es en parte entendible porque la sangre de los muertos de nuestra guerra interna más reciente no se ha terminado de secar y hay mucho que reparar sobre este proceso. Por ello, sospecho que el silencio en torno a los hechos de la rebelión de Túpac Amaru tardará en ser superado en los medios, especialmente en la capital.

Pero otra cosa, muy distinta, es estigmatizar a Túpac Amaru vinculando su imagen con el gobierno de Velasco (1968-1975), el presidente que por primera vez convirtió a un personaje hasta entonces marginal en las narrativas oficiales de la independencia en héroe oficial. Cierto es que Velasco se hizo del poder con un golpe de Estado, pero fue un golpe sin sangre. Y si bien su gobierno fue autoritario en lo político, tuvo un fuerte componente de democratización social, como es evidente para cualquiera que vivió el periodo o que tenga ojos para ver y oídos para oír, tal como analizamos más detenidamente en un artículo del 2006 que quizá muchos ya conocen: "Las Paradojas del Autoritarismo: ejército, campesinado y etnicidad en el Perú”. ¿Acaso un cuadro de Túpac Amaru no se encuentra aún en Palacio de Gobierno? Por lo demás, quienes más critican a Velasco por su autoritarismo son quienes apoyaron un gobierno autoritario posterior que sí fomento el derramamiento de sangre como política de Estado. Ergo, lo que en realidad rechazan estos sectores no es el autoritarismo sino las reformas sociales que impulsó el Estado durante el velascato.

No puede pues meterse en un solo saco a Sendero, Velasco y el MRTA y con ese pretexto silenciar procesos históricos de importancia innegable: imagínense que Francia pretendiera silenciar la "Revolución Francesa". Pero eso es precisamente lo que hace hoy una corriente hegemónica de opinión que santifica el credo neoliberal y busca descalificar cualquier opinión discordante como "radical" -discordante con la llamada "economía de mercado" y su manifestación cultural e ideológica más exitosa: la "ciudadanía del emprendedurismo"-. Y esta descalificación opera activamente, con el silencio. Pues como bien dijo Michel-Rolph Trouillot, en su magistral Silencing the Past (1995), “silenciar es un proceso activo”.

Carlos Iván Degregori solía decir que “no podemos seguir bailando al ritmo que nos impone Sendero”. Hacerlo fue el error más grave que cometieron las Fuerzas Armadas en un comienzo: responder a la violencia con más violencia. El costo fue tremendo y lo seguimos pagando como sociedad que no puede reconciliarse con su pasado, ni consigo misma.

Pero pese a que Sendero fue derrotado, seguimos bailando, esta vez, al ritmo de los silencios que nos impone su memoria, mientras nos dejamos arrebatar la historia. No sólo la de Túpac Amaru, sino, sobre todo, la de los años de Velasco, cuyo nombre se ha convertido, desde los noventa, en anatema. Quisiera proponer, por ello, que silenciar a Túpac Amaru puede ser el mejor mecanismo para silenciar el periodo de 1968-1975, más que el de 1780-1781, en que ocurrió la rebelión. Y como en el río revuelto de la memoria todos pescan, ahora resulta que los simpatizantes del fenecido Sendero quieren "ganarse alguito" con Túpac Amaru, olvidando que los senderistas, para justificar su baño de sangre, jamás invocaron al cacique de Tungasuca -ni ninguna partícula de nuestra historia– sino sólo la palabra divina de su "Presidente Gonzalo", el genocida Abimael Guzmán.

Como historiadora, me identifico con los colegas que afirman que la historia cambia a ritmo del presente. Yo creo que a veces cambia tanto que constituye un espejo del presente, o una determinada lectura del presente. Por eso importa no sólo quién escribe la historia sino, sobre todo, para qué y para quién se escribe, como tan bien lo dijo el historiador indio Sudipta Kaviraj en un texto poco conocido sobre el nacionalismo.

En ese sentido insisto, y seguiré insistiendo: no podemos seguir bailando al ritmo de Sendero. No podemos dejarle el terreno de la historia como le dejamos alguna vez el terreno de la política. No podemos dejar que un grupo derrotado nos arrebate la posibilidad de narrar el pasado para transformar el presente. Máxime cuando justificar una narrativa violentista de la historia está a un paso de asentir al silencio que nos quiere imponer el credo neoliberal: ambas salidas son historicidas. A ambas les interesa una historia única e irrefutable –a veces tan irrefutable que se convierta en un silencio insondable– y no el debate constante sobre el pasado que, como sociedad, debemos tener. Pero para debatir hay que hacerlo con palabras. No con balas ni con silencio.

NOTA:

Este texto ha sido editado varias veces desde que lo lancé al ciberespacio un poco antes de las 12 de la noche del 4 de setiembre, hora de California. La última modificación ha sido el 5 de noviembre a las 12:45 am. El mismo es un adelanto a un artículo que será publicado en un volumen sobre la independencia, pronto a ser editado por historiador Alex Loayza con el sello del CEHRA de Ayacucho.




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