José Luis Romero: una cierta idea de la Argentina

Un volumen colectivo, que editará próximamente la Universidad Nacional de San Martín, reúne ensayos sobre el gran historiador argentino. En el artículo que reproducimos, Tulio Halperin Donghi analiza la incidencia de Bartolomé Mitre en su pensamiento

Por Tulio Halperin Donghi | Para LA NACION

Es sabido que José Luis Romero se iba a resistir largamente a encerrar su proyecto historiográfico en lo que en 1929, apenas salido de la adolescencia, describió como "el marco reducido de la historia local" en el texto deliberadamente desafiante en que daba noticia de su ingreso en el campo de estudios al que había decidido consagrar su vida. Necesitarían pasar catorce años para que en 1943, cuando había publicado ya su primera obra mayor, La crisis de la República romana , consagrada a un tema de historia de la antigüedad clásica, de la que era entonces "un estudioso ferviente", ofreciera su primera contribución significativa a la historiografía de tema argentino con "Mitre: un historiador frente al destino nacional", una conferencia que, editada en folleto en ese mismo año, cubre hoy cuarenta y dos páginas de tupido texto en la recopilación de ensayos citada más arriba [La experiencia argentina y otros ensayos].

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La fecha es aquí significativa. En 1943 era el entero destino del mundo el que pendía del desenlace de una guerra destinada a dar respuesta final a los dilemas planteados por la inesperada crisis de civilización que, apenas comenzado el siglo XX, había interrumpido el avance triunfal de la liberal y capitalista, en cuyo marco había trascurrido hasta entonces el entero curso de la breve historia de la Argentina como nación. Es en la víspera de ese desenlace cuando Romero acude a la obra histórica de Mitre como a "un alegato irrebatible para la afirmación de nuestra existencia colectiva y de un proyecto madurado para la construcción de un país en cuya obra fue arquitecto primero, obrero luego, acaso ahora profeta que clama en el desierto", en el que busca y encuentra apoyo para perseverar en la opción que ha sido desde el comienzo la suya, frente a los dilemas que están ya cercanos a resolverse. Pero ocurre que al releer la Historia de Belgrano y de la independencia argentina , a la que ha acudido en busca del espaldarazo que sólo podrá conferirle quien encarnaba la figura de un padre de la patria, descubre que tiene frente a sí un monumento historiográfico de inesperada envergadura, en el cual Mitre -como Guizot, cuya influencia Romero sospecha predominante entre "las de los grandes historiadores que constituían sus lecturas predilectas"-, inspirado por los supuestos que lo guiaron también en su acción política, ha logrado repetir, en "el marco reducido de la historia local", la hazaña de aquel en el de la entera historia europea a partir de las invasiones bárbaras. Porque quien en esa hora decisiva lee a Mitre en busca de la guía e inspiración que sólo ese padre de la patria podría proporcionarle es también un historiador, que advierte muy bien que si ha encontrado en los textos de Mitre ese perfecto "ajuste entre el pasado y el presente para discriminar la línea del desarrollo futuro" que ha buscado en ellos es porque ese padre fundador de la Argentina moderna fue también un eximio practicante del oficio, que es también el suyo y que había logrado integrar de modo magistral en su relato las muy diversas facetas y dimensiones de un proceso a cuya complejidad hizo entera justicia mientras la hacía también a lo que en todas ellas contribuía a mantener a ese proceso en su unitaria línea de avance.

La admiración de colega por una obra en la que veía explicitada, antes aún que legitimada, la idea de la Argentina que no había necesitado articular para apoyarse en ella al definir su proyecto de vida, al revelarle que en él había encontrado a quien había ya realizado esa tarea, y por lo tanto le hacía aún menos necesario explorar un campo en que estaba seguro de saber ya lo necesario para entenderlo históricamente, vino a confirmar su compromiso con un proyecto historiográfico que seguía rechazando limitar al marco local, y lo impulsaba en ese mismo momento a internarse en la historia del Medioevo, de la que iba a hacer su principal campo de trabajo en las siguientes décadas. La convicción de que, en ese otro campo más reducido, Mitre había hecho ya lo esencial no lo había abandonado cuando aceptó la invitación para preparar la colección Tierra Firme, que acababa de lanzar el Fondo de Cultura Económica, el volumen consagrado a Las ideas políticas en Argentina , que vio la luz en 1946, en la estela del triunfo que la revolución peronista acababa de revalidar en la arena electoral, en febrero de ese año.

Y no lo había abandonado tampoco en 1975, cuando le tocó celebrar la aparición de la quinta edición de ese mismo libro ante un reducido público integrado por sus amigos más cercanos, en un país que vivía la sangrienta agonía de la primera restauración peronista, cercana ya a su trágico desenlace, en que hubiera sido inoportuno encarar otra celebración menos discreta. Eso explica el tono confidencial con que se refirió a su deuda con la visión histórica de Mitre, donde partiendo de la premisa de que "la historia argentina la inventó Mitre, digamos la verdad" agregaba a ello que éste había cumplido esa tarea de modo tan eficaz que no sólo "durante mucho tiempo la Argentina no ha tenido más que esa visión" de su propio pasado, sino que aún en el presente "el período al que llegó Mitre sigue signado por la mirada de Mitre", para concluir invitando a buscar la contribución original del libro, cuya reedición se celebraba en su tercera parte, dedicada a la etapa que no sólo no había sido alcanzada por la mirada histórica de Mitre, sino que no había sido aún incorporada al territorio de la historia, al que había hallado en estado "absolutamente informe". Necesitado de introducirla plenamente en ese territorio, se puso a la tarea de "sistematizar el período que comienza en 1880, y ponerle una designación [´La Argentina aluvial'] que aludía al fenómeno que le parecía decisivo y fundamental de ahí en adelante, tal la metamorfosis que en la sociedad argentina opera la inmigración". Es en esa empresa sistematizadora que no sabe si atreverse a decir que "ha constituido un marco de referencia para mucha gente", cuando sabe perfectamente que está en la base misma de la visión retrospectiva de la experiencia argentina en que se apoyan las ciencias sociales, entonces en pleno desarrollo en el país. Esto es lo que recuerda con más orgullo de esa su breve incursión en el campo de la historia patria, luego de su retorno al campo de la historia medieval, en el que sigue concentrando sus indagaciones tres décadas más tarde.

No había pasado más de un año desde que reiterara así su identificación sin reservas con la visión histórica de Mitre cuando, en una carta a Javier Fernández, le confesaba "he estado pensando dónde y cómo dar una conferencia sobre Sarmiento historiador , estableciendo su calidad de cabeza de una línea historiográfica distinta de la de Mitre, pero paralela; estableciendo su filiación hacia atrás, quizá pensando -esto es un secreto- en su posteridad, a la que me honro en pertenecer". Pero si sólo en 1976 había tomado conciencia de esa filiación alternativa, ya en el libro publicado treinta años antes, su visión se había apartado en más de un punto central de la de Mitre, y si sólo ahora lo descubría era porque sólo cuando el desenlace, que estaba en el horizonte el año anterior, había ya inaugurado una etapa en que el horror alcanzó extremos no sólo desconocidos, sino inimaginables hasta sus mismas vísperas, terminó de disiparse el imperio que sobre él había ejercido esa informulada idea de la Argentina, que desde el momento mismo de su ingreso en el mundo había ofrecido el aval para el programa de vida que ya entonces se había trazado.

Parece aquí llegado el momento de preguntarse por las razones que hicieron que esa idea de la Argentina siguiera gravitando tan largamente sobre Romero, pese a todo lo que en su experiencia de vivir en ella hubiera podido invitarlo a poner en duda su validez. Creo que aquí se hace necesario plantear esa pregunta en dos niveles distintos, considerando en primer lugar la idea de la Argentina inscripta en el compartido sentido común de quienes debían convivir en ella (que tenía mil maneras de grabarse en quienes, desde el momento mismo de ingresar en el mundo, comenzaban el aprendizaje de las pautas de convivencia que ese sentido común había inspirado) para luego examinar lo que de ella estaba presente en la que Romero había hecho suya cuando creyó encontrarla explícitamente formulada en la obra histórica de Mitre.

Decir que el motivo central en ella era una fe sin fisuras en el destino nacional es usar términos demasiado solemnes para designar lo que se acercaba, más bien, a una serena confianza en que en la Argentina, ni aun las peores adversidades, lograban detener por mucho tiempo a la fuerza incontenible que empujaba su economía y su sociedad hacia arriba y hacia adelante. Fue ése el descubrimiento de Sarmiento, quien -tal como comentó luego ácidamente Juan María Gutiérrez- en Facundo ofreció el retrato de un país del que sólo conocía uno de sus patios interiores, cuando se estableció en Buenos Aires, y lo que allí vio le bastó para persuadirse de que "con la guerra, la paz, la dislocación o la unión este país marcha, marchará". Pero mientras Sarmiento había temido que ese descubrimiento desconcertante lo estuviera llevando a conclusiones que a él mismo lo espantaban, Mitre había construido sobre él su entera narrativa histórica, y le había agregado más de un corolario, cuyo eco es fácilmente reconocible en la idea de la Argentina que estaba destinado a hacer suya, quien allí hubiera nacido en 1909. Convencido Mitre de que la economía capitalista en avance, desde su foco inicial en el Atlántico Norte estaba preparada para apoyarse cada vez más en las tierras templadas de ultramar para satisfacer las necesidades de alimentos de ese foco originario, y de que ello ofrecía a la Argentina la oportunidad de crear en sus tierras litorales (que encierran una de las más extensas praderas naturales del planeta) el núcleo de un país que aún carecía de él en lo que hasta la víspera no había sido mucho más que un desierto. El ritmo vertiginoso con que fue preciso llevar adelante esa construcción de las estructuras no sólo económicas, sino también sociales, políticas, administrativas y culturales, que harían por fin de la Argentina un país a la altura de los tiempos, aseguraba de antemano que los resultados serían -demasiado a menudo- defectuosos, pero experiencias pasadas permitían esperar con firme confianza que esos defectos, por otra parte inevitables, fueran corregidos cuando a pesar de ellos la Argentina continuara avanzado en su marcha hacia objetivos cada vez más ambiciosos (de nuevo Sarmiento había encontrado una fórmula más contundente para decir lo mismo, cuando dictaminó que en ese momento argentino las cosas había que hacerlas, mal si eso era necesario, pero aun así hacerlas).

Luego de que esa seguridad de que, aunque había mucho en la Argentina que no era lo que hubiera debido ser, no había motivo para dudar de que el país seguía avanzando en el buen camino se viera cruelmente desmentida por el súbito cambio de fortuna que trajo consigo la crisis económica mundial abierta en 1929, Eduardo Mallea le reprocharía el haber incitado a los herederos ingratos de un esfuerzo de construcción de un nuevo país, que no había aún alcanzado su meta a concluir, que había llegado la hora de gozar de lo que otros habían ya construido con su esfuerzo, en la seguridad de que ese impulso, que a lo largo de más de medio siglo se había reflejado en avances cada vez más amplios, se encargaría por sí solo de asegurar el éxito final de ese gigantesco proyecto de ingeniería social. Mallea celebraba en cambio a los ciudadanos de un "país invisible", que se apartaban de esa improvisada elite de gozadores y, que al encarar con una seriedad casi sacerdotal las tareas a las que en los más diversos campos su vocación los había atraído, proseguían en el silencio y la oscuridad la de construcción nacional de la que esa elite había desertado. Entre ellos hubiera ubicado sin duda a Romero, si sus exploraciones de la Argentina profunda le hubieran dado la ocasión de encontrarlo, y eso hace pertinente reflexionar aquí, por un momento, sobre un rasgo en la actitud de esos ciudadanos de la Argentina invisible, que Mallea no había encontrado en absoluto problemático. Era ésta su decisión de elegir la marginación más bien que el desafío a quienes, desde la cumbre de las jerarquías políticas, sociales, económicas y culturales de la Argentina, fingían seguir guiándola en el esfuerzo por realizar un proyecto de nación, que traicionaban minuciosamente todos los días, convencidos como estaban de que la habilidad con que éstos habían sabido arrastrar a un país entero a aceptar como válida una grosera impostura que condenaba de antemano al fracaso cualquier intento de trabar un combate político (o quizá sólo ideológico) contra quienes habían logrado imponer, en ambas arenas de conflicto, unas reglas del juego que hacían del todo imposible derrotarlos. Pero si la renuncia a una lucha frontal se acompañaba de la opción por una alternativa, que exigía esfuerzos y sacrificios no menos extremos que el combate al que se había renunciado, era porque al desaliento ante ese presente argentino lo acompañaba la implícita confianza en que las taras que descubrían en él no iban a impedir el acceso a un futuro en el que, tanto ellos como la Argentina, cosecharían los frutos de esos esfuerzos silenciosos y solitarios.

Esa convicción de que las imperfecciones propias de una construcción nacional que había avanzado a ritmo vertiginoso no impedirían a la Argentina coronarla exitosamente, que ofrecía la premisa informulada pero indispensable para dotar de sentido a los proyectos de vida que ambicionaban realizar esos ciudadanos del país invisible, la ofrecía también para la idea de la Argentina que Romero había hecho suya, y que en 1943 iba a descubrir explícitamente articulada en la narrativa histórica de Mitre. Pero, puesto que Romero se apoyaba en ella para llevar adelante un proyecto historiográfico que abarcaba la entera historia occidental (y en que la historia nacional y aun la hispanoamericana no tenían lugar alguno) no necesitaba incluir mucho más que esa premisa en esa implícita idea de la Argentina, en la que sin advertirlo siquiera, se apoyaba al decidir jugar su destino en una apuesta que sabía extremadamente riesgosa.

José Luis Romero. Vida histórica, ciudad y cultura
José Emilio Burucúa, Fernando Devoto y Adrián Gorelik (Editores)
Unsam

Publicado en el diario La Nación, de Argentina, el 15 de marzo de 2013.


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