"Solícitos empleados retiraban la corona que había enviado Cuba en postrero homenaje al valiente ministro de Relaciones Exteriores..."

Hoy los gobiernos de Cuba y Estados Unidos han anunciado el inicio de conversaciones para el restablecimeinto de relaciones diplomáticas entre ambos países. Un giro de timón histórico cuyas consecuencias y dimensiones aún están por verse, pero del cual yo podemos vislumbrar su importancia. Especialmente para la pequeña isla, víctima, desde hace casi seis décadas, de un inhumano bloqueo económico por parte del gigante del norte. En este día, no han faltado quienes, ante este anuncio, que de un modo u otro es una victoria del pueblo cubano, han recordado la hidalga y valiente posición de Raúl Porras Barrenchea en defensa de una Cuba revolucionaria y su derecho a elegir su propio destino en la reunión de cancilleres de Costa Rica el 23 de agosto de 1960, y por la cual recibió no solo el maltrato por parte del Gobierno de Prado, sino también el vejamen de una prensa afín a este y de los aliados del mismo. A las pocas semanas de este acto que dignificó la tradición americanista del Perú y Torre Tagle, Porras fallecía y sus restos sufrirían todavía, durante su velorio, la última afrenta de una clase política que no supo estar a la altura de este magnífico hombre. Este episodio lo refiere brevemente Ismael Pinto en su testimonio que compone el Libro Homenaje que publicó el Instituto Porras con ocasión de su centenario y que todos hoy debemos tener presente. Ahí leemos:

"[...] La muerte anunciada se cumplió, tal como lo temía el doctor Hercelles. Esto, después de su ida a la Asamblea de Cancilleres en Costa Rica, en la cual desoyendo la voz oficial del gobierno de Prado se negó a votar por la expulsión de la revolucionaria Cuba del sistema interamericano. Fue su último gesto de viejo liberal, a la antigua manera. Esa de la tolerancia, el respeto y la justicia. Seguía siendo un hombre altivo, libre, transparente, con su lección de tolerancia que no cesaba y comprometido sólo con su propia conciencia. Tenía, cuando se marchó, las alas y las manos limpias. Atravesó la política peruana sin mancharse, cosa de la que pocas biografías en el Perú pueden preciarse.

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Cuando se fue haciendo más fría la noche, y la gente que en un primer momento estuvo en el velorio se fue ausentando de Torre Tagle, en el salón que se le velaba, quedamos acompañándolo Ileana Vegas, la hija mayor de su amigo entrañable, Ricardo Vegas García, Baldomero Cáceres, Guillermo Nieto, Félix Nakamura, Hugo Neira, Rolando Andrade, Winston Orrillo y quien les habla. Fue una noche larga, de conversación sostenida, de recuerdos y evocaciones, en voz baja, acercándonos cada cierto tiempo al ataúd, como si en cada mirada hubiéramos querido retener una última imagen del maestro. Esa del reposo sin fin. Esa última y definitiva del morir habemos, que el recordó en su bella oración fúnebre cuando recibió los restos mortales de Gabriela Mistral, la maestra del pardo sayal, rumbo a Chile. Ahora, a él le había tocado ese descanso sin tiempo, con mucho polvo y silencio entre las manos. Esa noche, también, cada vez que solícitos empleados retiraban la gran corona que había enviado Cuba, en postrero homenaje al valiente Ministro de Relaciones Exteriores que dejó sentir su voz y profundo e histórico sentido americanista en Costa Rica, en un descuido la volvíamos a colocar en lugar visible, así hasta que se aburrieron, pero al otro día no estaba entre las ofrendas florales que rodeaban al féretro. Luego, en la mañana, temprano, aparecieron quienes debían fotografiarse para salir en los diarios, haciendo la guardia de honor al llorado Canciller. Lo de su entierro amanecido, como lo llamó Pablo Macera, es ya otra historia. La de la mezquina y sucia política criolla que aquí, esta noche, no tiene lugar. Como sí tiene lugar la voz del corazón, esa que, como lo dijo LAS, al referirse al doctor Porras, acalla la voz, quedando solamente palabras para pedirles a ustedes disculpas por el tiempo que les acabo de quitar".


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