“¿Qué es la Historia?”, de Azorín

Hubo una época en que José Martínez Ruiz, Azorín, el célebre escritor de la Generación española del ’98, fue un autor de cabecera para muchos escritores. Leído con asiduidad, reverenciado por los estilistas, admirado por los cultores de la sencillez, Azorín gozó en vida de tal fama y aprecio que hasta el mismísimo dictador Francisco Franco se declaró un devoto lector suyo (nada mal tratándose del hombrecito cuyo enorme ego levantó, con la sangre y sudor de miles de presos políticos, la pirámide donde se hizo enterrar). Y entre nosotros, Mario Vargas Llosa, que lo tiene en mucha estima, lo escogió como tema de su discurso cuando tomó posesión de su asiento en la Real Academia Española en 1996. Sin embargo, hoy en día Azorín es casi un desconocido para una generación de lectores a quienes los clásicos les parecen aburridos. Y no hay autor más clásico y más castizo que el autor de las «Confesiones de un pequeño filósofo».

>>> Seguir Leyendo... >>>

Meses atrás, el 26 de octubre pasado, se conmemoró los 90 años del ingreso de Azorín a la Real Academia Española, ocasión en la que pronunció su famoso discurso, Una hora de España, que es, sino el más bello, uno de los mejores que se haya escuchado en los salones de la tricentenaria Academia. Este discurso, que por su extensión ha sido el más largo que se haya leído en la historia de esa institución, condensa no solo lo mejor del pensamiento y la estética de Azorín, sino también una visión de la historia de España en que el campo, lo rural y la gente sencilla y humilde de las ciudades de España adquieren una dimensión cósmica. Por primera vez entraban estos, de la mano de este cultor de lo sencillo (como ‘primores de lo vulgar’, definía Ortega y Gasset los libros y temas de Azorín), a los ambientes de la docta Academia. Para conmemorar tan significativa fecha, la RAE inicio una colección, “Biblioteca Nueva”, que incluye una selección de doce discursos de ingreso, y sus respectivas respuestas, tanto del siglo XIX como del XX, que constituyen, en sí mismos, una historia de esa institución. En ese sentido, existe un consenso en afirmar que el discurso de Azorín no solo es el mejor de todos ellos sino también el más representativo de su obra y estilo. Un acierto mayúsculo de la Academia el recuperarlo para las generaciones que no lo han leído.

Todas estas disquisiciones vienen a cuento ahora que he podido revisar la edición que Francisco Fuster ha hecho de los textos que sobre la historia y el oficio de historiador escribió el escritor alicantino a lo largo de su carrera, y que son auténticas joyas periodísticas (precedidas, por cierto, de un excepcional estudio del propio Fuster). Exponentes de ese arte periodístico ya perdido que consistía en escribir primorosamente sencillo sobre aquellos temas, autores o libros aparentemente difíciles y sin la pretenciosa manía de querer aparecer inteligente o culto. Azorín tenía la virtud de escribir de un modo que le bastaba apenas una imagen o una frase para transmitir el espíritu, la esencia misma de un lugar, un objeto o el carácter de una persona y que a otros para lograrlo necesitan de un sesudo artículo, cuando no de un tratado de varias cientos de páginas.

De entre los artículos que Fuster recoge en «¿Qué es la Historia? Reflexiones sobre el oficio de historiador» (Madrid: Fórcola Ediciones, 2012), hay uno del que guardo especial recuerdo. Me refiero a “La historia incidental”, publicado por primera vez en ABC el 10 de junio de 1952 (con el que se cierra esta magnífica edición), y que aquí el suplemento El Dominical del diario El Comercio publicó el 27 de setiembre de 1953. Su comienzo no puede ser más directo y cautivador del asunto que trata: “La historia la escriben los historiadores; la escriben también los poetas”, para luego empezar unas observaciones literarias sobre la poesía de Jorge Manrique y la ‘pequeña historia’ que encierran cada una de sus coplas, y la de algunos contemporáneos suyos.

De todos los autores que conocí y leí en mi adolescencia, Azorín es el único al que releo con la misma emoción y deslumbramiento de esos años juveniles. Una época remota y feliz de la que dan testimonio los numerosos apuntes y notas que hice en las clásicas ediciones de bolsillo de la Editorial Losada de Buenos Aires que aún hoy ocupan su lugar en mis estantes.

Un acierto mayúsculo que Fuster y Fórcola Ediciones pongan ahora estos textos al alcance de las nuevas generaciones, entre ellos los jóvenes historiadores. Tal vez así el maestro de Monóvar gane los lectores que en estos tiempos merece.


0 comentarios:

Publicar un comentario