Falacias

No termino de entender el punto de vista de la doctora Mariana Mould de Pease, quien me merece no solo el mayor de los respetos sino también el mayor de los reconocimientos por la labor de defensa de nuestro patrimonio cultural que despliega desde hace años. Y no termino de entender porque si algo ha quedado fuera de toda duda es que hay una manifiesta práctica discriminatoria en el acceso a las playas de ese balneario limeño, y que todo indica que es de índole racial. Una práctica que ha sido comprobada no solo por diversos medios de comunicación, sino ahora por la propia Defensoría del Pueblo.

Se insiste en que el Ministerio de Cultura debe preocuparse más por los restos arqueológicos de Ancón en estado de abandono antes que de prácticas discriminatorias supuestamente inexistentes. Y para probarlo, la doctora cita la carta de un anconero residente que, precisamente, incide en aquello que denuncia Gustavo Faverón en su columna de hoy: la visión clasista y sesgada con la que los protagonistas de esta historia enfocan el problema. Y es precisamente esta visión la que se denuncia, la que está en el ojo de la tormenta. La mentalidad colonial de “la población estable de bajos recursos” está tan arraigada en ellos que ven como algo natural su distinción de la de “los veraneantes propietarios”, como si ellos no fueran propietarios o fueran anconeros de otro tipo solo por provenir de otra clase social menos pudiente y que es la que determina el uso de las playas en Ancón, la ‘sana convivencia’.

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La propia carta que cita la doctora es un testimonio irrefutable de esa manera de entender y ver una realidad que ha llevado a prácticas que creíamos propias del siglo XIX, pero que en pleno siglo XXI subsisten: "La apertura del malecón Ferreyros con el malecón de Miramar y su ampliación a la zona denominada Las Conchitas, descongestionaría varias playas, colocando en este último lugar, restaurantes, piscinas, zonas de parqueo, y servicios varios a bajos precios para veraneantes de bajos recursos, que tienen los mismos derechos del disfrute del mar, pero sin incomodar a otros" [el énfasis es nuestro]. Esto es casi como pedir que el Estado disponga playas para pobres para que no molesten o irrumpan en las playas de los ricos. Y hasta donde sé no existen playas ni de un tipo ni de otro, solo playas públicas en extenso.

Que visitantes temporales hagan mal uso de ellas (las ensucien) y que el municipio no responda al problema como le corresponde hacerlo tampoco es excusa para que la respuesta de los anconeros (en general) sea la de suplantar al Estado y a la autoridad municipal impidiendo el libre acceso a ellas. Es exactamente el mismo problema que representó el enrejado de las calles de Lima que estuvo tan extendido hace años y que fue un dolor de cabeza para conductores y viandantes, felizmente ahora un mal recuerdo del pasado.

No minimizo el tema, pero si todos los problemas de desigualdad social del país pasan por el de resolver primero el del abandono de los restos arqueológicos en el país, pues estamos condenados al fracaso en la resolución del primero. Porque si algo ha demostrado la historia es que la cultura y el patrimonio son la última preocupación para los sucesivos gobiernos que hemos tenido los últimos 35 años. Sin embargo, yo pienso lo contario.

Aquí nada tiene que ver el descuido que pueda o no haber cometido el Ministerio de Cultura de los restos arqueológicos de Ancón con el uso de las playas. Nada en el sentido de que no es justificación ni para lo uno, ni para lo otro. Ni para discriminar a nadie en el uso de lugares públicos, ni para hacer uso y abuso de ellos. No podemos demandar que el Mincul se ocupe exclusivamente de ese problema porque el otro, simplemente, no existe. Yo lamento mucho que un diario como El Comercio, que enarboló la bandera de la emancipación de los esclavos en el siglo XIX, y que al conocer el triunfo de Castilla en La Palma, mandó empapelar las calles de la capital entera con cárteles que decían “Ya no hay más esclavos en el Perú”, haya acogido una columna de opinión tan lamentable como la de la señora Martha Meier que desluce todas las batallas que ese diario ha librado por la igualdad social en el país. Pese a que los tiempos cambian y los dueños también, yo creía que lo que se mantenía impertérrito eran los principios que lo animaban.

Si algún remanente queda de estos todavía en el decano, el directorio, el director periodístico o los propietarios deberían hacer uso de la prerrogativa del editor y no permitir otra vez la publicación de una columna de opinión que defiende tales prácticas discriminatorias con el falaz argumento de que “los anconeros propietarios” y la “población estable” (¿por qué esa separación, esa aclaración sobre los tipos de anconeros que hay? ¿por qué no simplemente los anconeros?) tienen el derecho de prohibir el uso de playas públicas porque terceros se las ensucian. Un argumento que choca directamente contra lo que predican sus principios rectores.


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