Historia, novela y conspiración

En los últimos años se ha producido un auge de la novela histórica como género literario tan impresionante (cada vez son más sus lectores y siempre están surgiendo autores nuevos), que resulta casi imposible seguirle el paso y estar atento a todo lo que se publica. Y es que son tantos los títulos que aparecen cada día que leerlos todos nos llevaría buena parte de nuestro tiempo y de nuestros ingresos.

Pero si hemos de ser sinceros, es un tipo de novela histórica muy distinta a la que creó Sir Walter Scott en el siglo XIX (y cuyo mejor ejemplo, como todos sabemos, es “Ivanhoe”). Este nuevo tipo de novela histórica incorpora tantos elementos de la novela policial y de detectives y de las de misterio, que resulta más apropiado hablar de un ‘thriller histórico’ que de una novela histórica propiamente dicha. “El código Da Vinci”, que estuvo de moda hace un par de años y desató tanta polémica como euforia, es, en ese sentido, el paradigma por excelencia de esta nueva forma de novelar el pasado: acción trepidante, intriga policial, endeble estructura literaria y, hay que decirlo, un mínimo de exigencia al lector que no sea el de darle vuelta a la página. Aunque, claro está, si quisiéramos ser indulgentes y escoger una excepción a la regla, una sola, me decantaría por la más seria, mejor acabada y, por supuesto, mucho mejor escrita de todas ellas que es “El nombre de la rosa”. Tan excepción a la regla que muchos se niegan a incluirla en este tipo de novelas, pero es la madre involuntaria de todas ellas.

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La consecuencia más inmediata de este auge de la novela histórica es que ha traído consigo un renovado interés por la Historia misma como no se veía desde hace mucho tiempo. Un interés que revela que las personas sienten verdadera necesidad por conocer un pasado que además les es urgente entender, pero entender y conocer de forma amena, breve y, sobre todo, bien escrita, sin tanto artificio académico que lo único que hace es espantar a sus potenciales lectores. Nosotros tuvimos dos historiadores, Raúl Porras Barrenechea y Alberto Flores Galindo, que escribían como el mejor de los novelistas y por ello no es extraño que sus libros, antes y ahora, tuvieran tanto éxito y tantos lectores. En ellos, la palabra escrita era arte e idea, o la idea expresada con arte si se quiere. Pero lamentablemente no tuvieron continuadores. Lo cual no quiere decir que nuestros historiadores de hoy escriban mal, sino que lo hacen en difícil como me suele repetir mi hijo. Ahora sólo es idea, y mucha rigurosidad, pero con poco arte. De ahí este auge del que hablamos y al que los propios historiadores también han contribuido con los notables estudios que en los últimos años nos han entregado y que han renovado la ciencia histórica y sus problemas por completo (y del que ya tendremos ocasión de comentar). Y, como en todo buen melodrama, colándose entre tanto autor, novela e historiador, está esa hija espuria que es la novela seudohistórica, que para desgracia nuestra es terriblemente abundante.

Porque si una consecuencia del interés por la novela histórica ha sido el interés por la historia misma, otra ha sido que busquemos en la historia, de manera frívola e inconsecuente, los orígenes de alguna remota conspiración de la que ahora somos víctimas, los entresijos de una mentira guardada por siglos a sangre y fuego, o un hecho fraudulento aceptado por todos como verdadero y fundador de nosotros como comunidad, grupo o nación, y que son el germen, argumento y sentido de todas ellas. Así, pretendiendo explicar el presente desde el pasado, muchas buscan en él el germen de una conspiración que jamás existió.

Nada hay de conspirativo en la historia y si algo se desconocía o se conocía mal era porque antes no se disponía de los elementos o fuentes necesarias para conocerlo. Hoy los historiadores, con su trabajo tenaz, paciente y de años de investigación, nos permiten saber aquello que hasta ayer era completamente ignoto. O mirar de un modo completamente distinto un problema, personaje o suceso que ayer veíamos con otros ojos. Así de sencillo. Así de renovadora y cuestionadora es la historia y el trabajo del historiador.

En resumidas cuentas, se nos ha querido contrabandear la mentira de que nuestra identidad está construida sobre engaños, lo cual es completamente falso. Y su inesperado éxito ha tenido como corolario final que ahora aparezcan también libros de seudohistoria que pretenden hacerle la competencia y robarle lectores. No en vano a esta banalización del arte y la cultura (y la historia) Vargas Llosa la ha llamado la “civilización del espectáculo” (con todas las distancias, por supuesto, que hay que guardar con las ideas de nuestro Nobel). Una ‘espectacularización’ de la historia es lo que han conseguido, por frivolidad, lucro e ignorancia, estas novelas seudohistóricas.

Si lo que quiere es pasar un buen rato con un buen libro, lea una novela o un libro de historia, pero nunca estos remedos de novela histórica y, mucho menos, un libro de seudohistoria. No ofenda su inteligencia.


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