¿Una Lima de saya y manto?

Hace unos años, el diario donde trabajé tuvo en cierta ocasión la feliz idea de organizar un concurso por el aniversario de Lima. La particular visión que algunos, alcaldes, artistas o medios de comunicación, tienen de la ciudad y de su historia se reflejó bastante bien en el nombre y objetivos del concurso: Escríbele una carta a Pizarro y cuéntale cómo ha cambiado Lima desde que la fundó (o algo por el estilo). Demás está decirles que ese fue un disparo a los pies.

De cada diez cartas recibidas, once despotricaban del viejo extremeño (yo no llegué a leer ninguna, pero me contaron que habían muchas subidas de tono). La solución que encontraron fue premiar a tres de ellas de un puñado amigable que no pasaba de la decena. Y para hacer un control de daños, me eligieron a mí. Me explicaron lo sucedido (lo que acabo de contar), y que había que escribir algo defendiendo al pobre Pizarro (“el fundador de Lima, aunque a muchos no les guste”), resaltar la condición ‘mestiza’ de la ciudad y su historia y todo lo que viene aparejado con aquello del ‘mestizaje cultural’. La nota que escribí en los términos y argumentos que tanto querían explicar sobre el concurso creo que quedó bastante bien (para ellos): le dieron una página completa a un texto que no valía nada la pena. Tanto que, como hacen algunos autores, la desterré de mi magra bibliografía y casi ni me acordaba de ella. Pero como será la vida que siempre está dispuesta a recordarte tus deslices, esos pecadillos venales que escondes bajo la alfombra y que esperas que nadie encuentre. Pero lo hacen.

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Andando en el tiempo, animado por una plana de profesores que eran un lujo en aquel entonces, en algún momento me matriculé en la Maestría de Historia de San Marcos, mi vieja y querida universidad. No lo pensé dos veces y cambié horarios, troqué días de descanso por otros y pedí favores a cuenta de futuros. Así que, para mi pesar, pude asistir a dos cursos de ella. Y digo para mi pesar porque el primer día de clase, al final de la misma, nos repartieron las lecturas de la semana siguiente. Alguien pregunto algo, no recuerdo exactamente qué sobre las lecturas que versaban sobre temas subalternos, que el profesor se vio obligado a explicarlo. Todavía puedo recordar cómo se me iba poniendo la carne de gallina cuando, a medida que avanzaba en su explicación sobre la literatura que en modo alguno se refería a la subalternidad de los pueblos colonizados, citaba la nota que había decidido negar para siempre. ¿Recuerdan esa expresión ‘trágame tierra’? Pues ese día descubrí exactamente a qué se refiere. Literalmente.

Muchos años después de esto, yo, que en los últimos tiempos había tomado la ociosa decisión de no asistir más a las fiestas y celebraciones de la empresa, me perdí la apoteosis final, el corolario perfecto de esta historia que les cuento. Durante la festividad por el aniversario del diario, alguien tuvo la peregrina idea de elegir a Lima colonial para la ‘fiesta temática’ de celebración. Por las fotos que vi de la reunión y lo que me contaron, los ambientes del Museo de la Nación se vieron invadidos de virreyes, tapadas, caballeros de levita y bastón, pregoneros y todo los personajes que uno puede imaginar salidos de las tradiciones de Ricardo Palma (si mal no recuerdo, el propio tradicionista también caminaba entre el público). Como dije, la apoteosis total y final.

Todo esto viene a recordación ahora que por la terca y absurda decisión del alcalde Lima, Luis Castañeda, se han borrado los murales del Centro de Lima, una muestra de arte urbano que exhiben y fomentan muchas ciudades del mundo. No voy a entrar en más detalles sobre el asunto porque este ha generado ríos de tinta en medios de comunicación y aluviones de comentarios en las redes sociales. Pero sí me gustaría incidir en algo a lo que ya se ha referido la historiadora Maribel Arrelucea: la visión que de Lima tienen algunos dista mucho de ser la de una ciudad inclusiva y democrática. Es una visión que queda muy bonita en las palabras pero que en los hechos es un brochazo de pintura amarilla. Lo ha comprobado la decisión del mismo alcalde de no borrar el mural de Chabuca Granda y sí el de Lucha Reyes. Dicho más claramente y de manera descarnada: saquen a la negra y dejen en paz a la blanca. Así de simple.

Lo que está tratando de imponer a todos el alcalde es la idea de que el Centro Histórico de Lima tiene dueño y no son precisamente los pobres, indios o afrodescendientes, sino una aristocrática clase media empresarial y emprendedora a la que estos le afean el paisaje con sus expresiones artísticas, que como toda expresión artística su nutre de la vida, de la experiencia cotidiana de estos. Y, por supuesto, esto es, para gente como Castañeda o Szyszlo, inimaginable para la Lima de Chabuca y Palma. O lo que ellos creen que era la Lima de Chabuca y Palma porque no tienen la menor idea de con quien se juntaba una y de que raza era el otro.

Es esta visión ahistórica de Lima la que debemos rechazar todos, en especial y primerísimo lugar el artista que pintó el mural de Chabuca Granda. A él le recuerdo que cuando las hordas nazis quemaban libros, un escritor se acercó a la pila humeante a ver de qué libros se trataban, quiénes eran los autores. Quedó espantado. Regresó presuroso a su casa a traer sus propios libros y él mismo los lanzo al fuego. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, respondió:

“Es lo justo, mis libros también deben arder. ¡Ellos también hablan de libertad!”.


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