Sobre los Felipillos de nuestro periodismo

De todas las personas que conocí y admiré durante el tiempo que trabajé en El Comercio (y conocí y admiré a muchas), tengo en primer lugar en mi lista a Alonso Núñez Rebaza, quien, por cierto, me honró con el mismo aprecio y respeto que su persona y obra me merecen y que se reflejan en las decenas de conversaciones que teníamos y en las que yo aprendí tanto de arte como de política, periodismo y la vida misma, porque si algo hay que defina a Alonso es ese amor por la vida que, supongo yo, lo hace ser el artista que es. Uno puede enorgullecerse de muchas cosas en la vida y sacar lustre de los amigos que tiene, pero con Alonso me sucede algo muy parecido a lo que nos sucede con los triunfos de nuestros hijos: los hacemos propios. Cada vez que leía o comprobaba el éxito que tenía alguna de sus caricaturas, me sentía tan feliz como si yo la hubiera dibujado. Un sentimiento que se explica en el hecho de que Alonso transmite con precisión y justeza en cada obra que realiza (que eso es lo que son sus caricaturas, auténticas obras de arte) un sentimiento o idea que nos carcome por dentro y que no sabemos cómo expresar, y que él liquida con una imagen que deja mudo (o muerto de risa) incluso al más elocuente. A lo largo de todos los años que lo conozco, Alonso ha tenido la valentía y honestidad de decir con su lápiz, sin ambages ni rodeos, lo que a muchos de nosotros nos cuesta trabajo decir con las palabras o decimos tímidamente; de colocar la punta del rotulador en el ego de muchos políticos para que, como no podía ser de otro modo, salte la pus; y de hacer todo esto con una naturalidad y sencillez sorprendentes, sin darse aires ni ínfulas de ningún tipo porque así es como se comportan a diario los verdaderamente grandes, los artistas de su genio. Que El Comercio haya decidido prescindir de sus servicios ad portas de un proceso electoral solo puede dar la medida exacta de la clase de periodismo (y campaña) que podemos esperar de un medio de comunicación que ahora no se toma ni siquiera la molestia de disimular sus preferencias e intereses, que ha mandado al carajo la independencia periodística; o lo que es peor aún, un periodismo con vocación de felpudo. Porque un periodismo que teme importunar a los políticos ya no es periodismo, sino la versión más antediluviana y revejida de los Felipillos de siempre. Esos que tanto abundan en nuestra historia y que hoy El Comercio ha elevado a la categoría de Decano.


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