Sobre plagios, candidatos y ser historiador en el Perú

El día de ayer la revista Caretas publicó un informe sobre la evidencia de más plagios académicos por parte de representantes y candidatos del partido que postula a la presidencia del país al campeón de ellos, César Acuña. El informe, que ya están rebotando varios medios de comunicación, aunque escueto, resulta no menos contundente sobre lo que parece una práctica extendida entre los miembros de esa agrupación política.

Aunque resulta escandaloso la denuncia que hace el mismo del plagio completo de una tesis, yo me quiero referir a otro caso que cita Caretas y que es el de la historiadora Maribel Arrelucea que fue víctima de plagio por parte de una conocida animadora de televisión, Zelmira Aguilar, que utilizó gran parte de sus investigaciones sobre el tema de la esclavitud (específicamente del libro “Replanteando la esclavitud. Estudios de etnicidad y género en Lima borbónica”) recurriendo al método preferido por los dueños de lo ajeno: el parafraseo. Si bien el informe utiliza el condicional (“tendría citas, ideas y fuentes mal citadas del libro Replanteando la esclavitud…”), y despacha el asunto en apenas un párrafo, lo cierto es que, para quienes conocen el caso, el asunto resulta mucho más grave. Un escándalo en el que la cereza del pastel radica en el hecho de que el ‘ensayo’ de Aguilar ganó un tercer puesto en un concurso promovido nada menos que por el ministerio de Educación y fue impreso por este con los trabajos ganadores para ser utilizado por los estudiantes peruanos como material de trabajo. De lo que se concluye que no hay profesión u ocupación que sea más ingrata, menospreciada y peor pagada que la de ser historiador o historiadora en el Perú.

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De todos los reveses o maltratos mencionados que sufre un historiador en nuestro país, el peor es, sin el menor resquicio de duda, el del plagio o el escamoteo descarado que los huérfanos de ideas propias hacen de investigaciones que han llevado años de duro trabajo y trajín por archivos y bibliotecas, desempolvando documentos antiquísimos como el tiempo, echando a perder su vista al descifrar la escritura endemoniada de papeles que acumulan polvo, humedad y hongos mucho antes de que todos nosotros naciéramos. Todo esto se puede comprobar revisando y comparando los libros de Arrelucea y Aguilar, “Mujer negra, esclava y resistencia” (la animadora publicó posteriormente su ensayo como libro) en el que las pruebas saltan como los conejos del sombreo de un mago.

Aguilar cita, por ejemplo, documentos del Archivo Arzobispal que, obviamente, ella nunca consultó y mucho menos leyó; documentos que sí constan en el libro de Arrelucea con la nomenclatura correcta que Aguilar equivoca al fechar su ensayo en 2012, cuando la nomenclatura de estos había cambiado muchos años antes, prueba de que utilizó los documentos que figuran en el libro “Replanteando la esclavitud…” y que no son de una cosecha propia en el caso de la primera. Y como si quisiera dejar constancia impresa de que jamás leyó documento alguno y solo utilizó lo ajeno, parafrasea de estos la misma información que figura en la investigación de Arrelucea, pero sin mencionarla y mucho menos sin hacer referencia archivística alguna de dónde proceden los datos que enumera. Como este, son muchos los casos o causas sobre esclavos a los que se refiere Aguilar pero sin citar los documentos en los cuales se basa para ‘construir’ su texto por el sencillo hecho de que son documentos extraídos del libro de Arrelucea que ni siquiera la ‘autora’ se toma la molestia de mencionar en su texto.

Y por si esto fuera poco, tratándose de un ‘ensayo’, Aguilar comete la tontería de introducir diálogos imaginarios que pasa por reales, lo que en buena cuenta significa que convierte un documento histórico y el trabajo serio y escrupuloso de una historiadora en el capricho de su imaginación.

Como ya mencioné, este es el tipo de trabajo que el ministerio de Educación premió y reconoció, con lo que a los reveses que sufre el trabajo intelectual de los historiadores por parte de alumnos, editores o periodistas inescrupulosos se suma ahora el de nuestras autoridades, lo cual termina siendo muy desalentador. Tanto que tal vez a este empeño casi de locos en su profesión se deba la tremenda admiración que me inspiran muchos amigos y amigas que se dedican a hurgar en nuestro pasado pese a que lo traten peor que a hijo de vecino, como decía mi madre.

¿Debe sorprendernos que esta misma persona postule al Parlamento Andino por el partido que lidera quien tiene ahora mismo tantas acusaciones de plagio que hacen tambalear su candidatura? Creo que no. Lo que sí debe es preocuparnos que gente con esta ligereza por el trabajo ajeno pretenda convertirse en funcionarios públicos. Sentaría tan mal precedente. Uno realmente nefasto.


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