“La navaja suiza del reportero", de David Hidalgo y Fabiola Torres

La mejor prueba de que el periodismo ha cambiado de un modo irreversible y que, como todo en esta vida, se resiste a ese cambio son los manuales de periodismo con los que se forma a los futuros periodistas y comunicadores en nuestras escuelas o facultades de periodismo. El otro día, por ejemplo, revisando las mesas de exhibición en la feria de libro viejo que visitó San Marcos fui testigo de la enconada lucha entre un joven y un vendedor por el precio de un libro. Luego de la victoria del primero sobre el segundo (veinte soles por un ejemplar de la “Introducción al periodismo” de Fraser Bond), no pude contener mi curiosidad y me animé a preguntarle al joven porque tanto interés por un libro que tiene décadas de escrito. Su respuesta no pudo dejarme más estupefacto: “Nos lo ha mandado a leer el profesor del curso para e control de esta semana”. Cuando yo estudié brevemente periodismo en la escuela Bausate y Mesa (hoy universidad) hace casi treinta años, las lecturas obligatorias en los primeros años eran, precisamente, los libros de Frazer Bond y Carl Warren y ya entonces nos parecía a muchos de nosotros lecturas, además de ajenas, con cierto tufillo a antiguallas. Hoy hay que seguir leyéndolos, sí, pero más como un deber atávico y curiosidad arqueológica antes que con interés práctico o académico. Mucho menos como la manera de introducir a un joven estudiante en los vericuetos de una profesión u oficio que, tal como la describen esos libros, pareciera que uno va a cubrir las noticias en Suiza o Nueva York.

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Por supuesto que en los últimos años han aparecido títulos (como el de Bastenier, por ejemplo, o entre nosotros el magnífico Manual de Juan Gargurevich) que suplen bastante mejor a esos autores, pero son la excepción. El periodismo ha cambiado tanto en estos últimos diez años (cinco tal vez) les decía, que los manuales destinados a los alumnos de primeros ciclos van a tener que reformularse de un modo radical, profundo y, lo que es más evidente, con la certeza de que apenas durarán lo que duran los propios estudios de periodismo. Esa es la conclusión inevitable a la que uno llega luego de leer “La navaja suiza del reportero. Herramientas de investigación en la época de los datos masivos”, de David Hidalgo y Fabiola Torres del equipo de OjoPúblico, con lo que nos queda claro que en esta reformulación de la literatura introductoria a nuestro oficio este libro será la primera piedra de un edificio que muy probablemente ni siquiera sus propios autores proyectaron edificar. O tal vez sí.

Otra conclusión a la que se llega luego de su lectura es que no se trata de un manual para periodistas de investigación, como erróneamente algunos creen o se han apresurado a catalogar (hay que ser bastante miope para afirmar esto si desde el título mismo el libro se dirige al reportero y no al periodista de investigación). Lo que en buena cuenta significa que este libro, proponiéndoselo o no, devuelve al periodismo y al trabajo del periodista a la esencia misma de su razón de ser: la búsqueda de información que el público, la ciudadanía, necesita conocer para entender porqué está sucediendo lo que está sucediendo. Esto es el periodismo y no el trasiego habitual de las notas de prensa en que se ha convertido la cobertura noticiosa o la cháchara opinativa que algunos llaman periodismo ciudadano. Esto, que parece un baladí juego de palabras no lo es tanto si entendemos que descubrir una red de corrupción es tan importante como la consulta pública y libre de la declaración jurada de un funcionario público, por modesto que sea su puesto. Así, ambos, la exhibición de una bien montada red de corrupción y clientelaje y el acceso o no a la información pública sensible, echa luces sobre el verdadero estado moral de nuestra sociedad y del papel que el periodismo juega en ella.

Estoy convencido que “La navaja suiza del reportero…” debería ser el primer manual, libro o guía instructiva que los profesores deberían mandar a leer a sus alumnos de primer año de periodismo para que entiendan de una vez por todas, o se enteren a tiempo, que el periodismo es una cosa muy distinta en la que se ha convertido gracias a los holdings de medios poderosos, los empresarios inescrupulosos y los políticos de siempre tan ansiosos de pagar favores como de pedirlos. Que para aspirar a trabajar en uno de los muchos noticieros televisivos de la noche no hay necesidad de estudiar periodismo sino de disponer de un buen par de rodilleras y de una memoria medianamente aceptable para aprender el guion que les alcanzan y que repiten con la habilidad de una bien amaestrada mascota. De este modo nuestros futuros periodistas sabrán que el periodismo, el auténtico periodismo, es, ante todo, una combinación de arduo trabajo, mucha paciencia y más trabajo. Y que el éxito en este oficio no se mide por el número de seguidores en Facebook sino por una credibilidad que precede a tu propio nombre por toda carta de presentación.

Ojalá que esta edición, corta en números impresos pero generosamente en acceso libre gracias a sus autores y editores en una versión digital, trascienda los bits y se haga una edición comercial que permita a muchos contar con su ejemplar respectivo en sus bibliotecas. Muchos quedaríamos agradecidos.


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