Miguel Maticorena Estrada en el recuerdo...


Un día como hoy, 5 de julio, Miguel Maticorena Estrada habría cumplido 90 años. Lamentablemente, falleció el 28 de marzo de 2014 luego de una penosa enfermedad que palió, en parte, con las constantes muestras de cariño y solidaridad que le mostraron sus alumnos a lo largo de esta. Murió con la certeza de saberse un hombre querido, un maestro reconocido y, por encima de todo, el amigo entrañable que todos extrañamos hoy.

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Su muerte fue un duro golpe para muchos de nosotros que veíamos en su magisterio la razón de ser historiadores. En mi caso, por ejemplo, que nunca me dediqué a la investigación histórica propiamente, su impronta fue de una fuerza tan grande que pese a dedicarme el periodismo los últimos 30 años de mi vida, no he dudado nunca ni un minuto en haber estudiado historia, en gran parte a la amistad que entablé con él desde el primer día que pisé San Marcos. En una ocasión un amigo historiador de la PUCP, que no llegó a tratarlo ni a conocerlo personalmente, me preguntó si era el gran profesor que todos dicen que era. Yo le contesté con la única verdad que todos los que fuimos sus alumnos conocemos: No. Maticorena fue, la verdad sea dicha, el profesor mas impuntual de todos, el que nunca entregó un silabo (por ello mismo, nunca se ajustaba a un programa o contenido del curso) y, lo que es todavía más sorprendente, nunca tomaba exámenes y no encargaba trabajos. Jalar con él era tan improbable como llegar a ser astronauta. Entonces, ¿en qué consistía su magisterio, ese que lo ha hecho tan famoso, tan recordado por todos? Pues en que estimulaba vocaciones, fomentaba estudios y tenía siempre lista una palabra de aliento para lo que hacías, así fuese la mayor tontería del mundo (lo sabré yo, que iba con cada cosa en la que trabajaba a hacerle perder su valioso tiempo). Pero el verdadero magisterio de Maticorena era el que ejercía en su casita de Asisclo Villarán, en el centro de Lima, atiborrada de libros y papeles por todos lados y hasta el techo. La casita a la que uno llegaba para una visita de quince minutos y salía tres horas después cargado de libros que te prestaba desinteresadamente o con decenas de fotocopias que consideraba de utilidad para lo que investigabas y que él pagaba de su bolsillo. Cuando uno ya estaba en los últimos años de carrera, Maticorena se encargaba de hacer, de su puño y letra, las cartas de recomendación o presentación que necesitabas para buscar trabajo, postular a un empleo o simplemente acceder a alguna lumbrera de nuestro star system historiográfico. Nunca lo oí hablar mal de nadie, rajar de alguien a sus espaldas o incordiar a uno contra otro. Fue el hombre más desordenado, impuntual y bueno que he conocido y seguramente conoceré. Recordarlo hoy me hace estallar en risas porque no puedo evitar recordar todas las trastadas que me hizo, las situaciones embarazosas en las que me puso y los retos que me hizo afrontar sin sentirme yo preparado todavía para ellos. Pero él siempre supo que los salvaría. Hoy sigo acá y mientras contemplo su fotografía en mi biblioteca aún me sorprende saber cómo intuyó él que no me hundiría en el fracaso. Supongo que es una verdad revelada que conocen los padres sobre sus hijos cuando han ejercido sobre ellos el mejor y único magisterio que poseen: el de su propio ejemplo.


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