Antitaurinos

Tengo por una de las personas más inteligentes y cultas (tal vez la más culta) de este país al doctor Fernando de Trazegnies Granda, autor de uno de los libros más importantes que haya leído durante mis años de formación universitaria ("En el país de las colinas de arena") y del que tal vez sea el libro más influyente en nuestra historiografía jurídica, "La idea del derecho en el Perú republicano del siglo XIX", libros que por sí solos bastarían para asegurarle un lugar destacado en nuestra historia intelectual. Pero como a muchos, yo incluido, el primer zarpazo de la vejez lo sorprende de un modo inmisericorde. No de otro modo se explica la columna que ayer publicó en el diario El Comercio y que rebosa en argumentos tan pueriles como absurdos. No hay uno solo que se sostenga por sí solo (además de tener el mal gusto de deslizar sibilinamente que los antitaurinos son poco menos que gente sin educación a la hora de sentarse a la mesa, por lo que somos una suerte de palurdos a los que no vale la pena prestar demasiada atención).

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Pero lo sorprendente de su nota, les decía, son los argumentos que utiliza. Según escribe, comer pollo o un asado nos descalifica para despotricar contra las corridas de toros, lo que en buena cuenta significa que para este ilustre señor solo los vegetarianos tienen derecho a reclamar contra estas. (Y supongo que los veganos a exigir la pena de muerte para los toreros). Para él, si entendí bien, para comerme un buen bistec debo enfrentar 'valientemente' al animal y, tal vez, torturarlo salvajemente durante media hora antes de disfrutar su sabor.

Luego arremete contra la supuesta altura moral e intelectual de quienes son catalogados como salvajes por quienes protestan contra el maltrato de un animal. Según él, entre los defensores de la tauromaquia se cuentan hombres de luces y filósofos que la justifican, en modo alguno se trata de masoquistas o idiotas. Me sorprende que esto lo diga un hombre que ha escrito grandes libros de historia. Y me sorprende porque el doctor Trazegnies sabe sobradamente que los carniceros nazis masacraban a sus víctimas con la misma delectación y entrega con que se dedicaban a interpretar a Bach o a Mozart al piano, y a veces haciendo ambas cosas a la vez. Lo que significa que la educación y la cultura no libra absolutamente a nadie, ni siquiera a un filósofo, de cometer salvajadas.

Pero la cereza del pastel, y que le hace un flaco favor a la misma, es el de afirmar que “no existe ninguna discordia entre la religión (cuando menos la católica) y la fiesta taurina”. Pues claro, cómo la iba a ver si ayer nomás los obispos ruandeses reconocían el papel de la Iglesia católica y sus representantes en el genocidio de 1994 que costó la vida de 800,000 personas. Entre esto y que masacren toros antes miles de personas enfervorizadas no media ni medio palmo. Así de simple, doctor Trazegnies.


1 comentario:

  1. Bueno, olvidó mencionar el deleite de las tribunas romanas celebrando a los leones comerse a los cristianos a la brasa (todo un "gourmet a lo Trazegnies"), y a los cristianos inquisidores poner a la brasa a los que poseían hereje oro incaico. Se que posteo un contrafáctico adrede, para compartir la cereza. Entre otras locuras humanas acomodadas a los intereses.

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