Franquistas

La primera vez que estuve en España (en realidad, la única), tenía por costumbre ir cada domingo en la tarde, después del mediodía, al Museo Reina Sofía o al Museo del Prado en que la entrada era gratuita para el público hasta la hora de salida. Un domingo de esos, como hoy, cayó 20 de noviembre y mientras caminaba de un museo para dirigirme al otro pasaron dos camionetas repletas de jóvenes en su tolva con banderas españolas y brazaletes con un inconfundible 20-N en sus brazos. Me les quedé mirando verdaderamente sorprendido de esa exhibición pública, notoria y orgullosa de algo tan vergonzoso como ser franquista hasta que el grito de uno de esos jóvenes me sacó de mi ensimismamiento: "¡Largaos a casa, sudaca!". Cuando le comenté a un amable funcionario del ministerio de Cultura que me sorprendía que todavía hubiera franquistas, me contestó de la manera más natural y sincera que pudo haberlo hecho: "Amigo mío, hijos de puta hay en todos lados y siempre". Hace casi veinte años de eso y todavía me sigo sorprendiendo de que no solo haya franquistas, sino que lo sigan reivindicando orgullosos. Como aquellos integrantes peruanos de una lista de Historia con los que tuve un amago de polémica hace un buen tiempo cuando, a raíz de una nota que compartí, uno no tuvo mejor respuesta que esta: "¡Viva España Única, Grande, Libre!". Recordé entonces lo que me dijo aquel amable funcionario español y, con casi veinte años de retraso, no pude menos que estar de acuerdo con él.


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